Por Javier Arias
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Carmen y Atilio Lampeduzza cumplen 25 años de casados y el sueño de Carmen fue siempre festejar sus Bodas de Plata en París, y están en el Viejo Continente, pero esta vez solos, Albina y Ramiro se quedaron en la casa de los abuelos en Buenos Aires. Ya pasaron una semana en París, durmieron en Bélgica y hoy amanecen en Amsterdam.

Después de desayunar unas extrañas galletas en forma de waffles que le había dejado el bueno de Gerard, se dirigieron a la primera parada holandesa, el Museo Casa de Rembrandt; el cual, sorprendentemente, salvo algunos grabados y pequeñas aguasfuertes, descubrieron que no tenía muchas obras de Rembrandt, las cuales están dispersas por todos los museos del mundo.
Recorrieron el atelier, el salón donde vendía sus cuadros, el aula donde enseñaba a sus discípulos y el dormitorio y la cocina. Y hasta los pormenores, tal vez demasiados, sobre su relación con un tal Jan Six, que los holandeses conocerán mucho, pero los Lampeduzza, ni jota.
Salieron del museo y se encontraron, justo a la vuelta, con un gran mercado de pulgas, de ahí caminaron hasta la Oude Kerk.
– ¿Qué quiere decir Oude Kerk?
– Acá dice, antigua iglesia.
– O sea que eso es una iglesia…
– Sí, Ati, y antigua.
– Y está en frente justo de ese callejón…
– Sí, obviamente.
– ¿Y esa señorita, con portaligas y baby doll?
– No es un monaguillo, Atilio, dejá de mirarla.
De la Oude Kerk siguieron hacia otra, la iglesia clandestina Amstelkring, en castellano, la iglesia de Nuestro Señor en el Ático. En el camino, de la mano, se cruzaron con nuevas vidrieras con señoritas escasas de ropa, y cada vez que Carmen pescaba a Atilio babeando le clavaba las uñas impiadosamente.
– ¿Vamos a entrar también acá?
– Sí, Atilio –le respondió su mujer con un brillo imperceptiblemente asesino en los ojos.
– ¿Podríamos preguntar si tienen botiquín? –acotó Atilio mientras se mesaba suavemente el dorso de la mano izquierda.
Tras la Reforma, en 1663, Amsterdam se convirtió en una capital protestante en la que se prohibió el culto católico en público. Pero los holandeses serán prolijos, pero no tontos, y como no estaba prohibida la práctica privada construyeron una parva de iglesias católicas secretas. Amstelkring fue la segunda iglesia clandestina de la ciudad y la única que queda para visitarla. Uno entra a una casa típica de familia, pero al subir por una angosta escalera caracol, de las cuales Amsterdam tiene más que canales y bicicletas, de repente se sale a una parroquia enorme con gradas, altar, púlpito y dos galerías.
Al salir de ahí, almorzaron en un restaurante de comida tibetana y a las 15:15 se pusieron, con un acto de paciencia infinita, en la cola para comprar las entradas a la Casa de Ana Frank.
Paciencia infinita que Atilio, a la hora y media, ya había perdido definitivamente.
– ¿Es realmente necesario ver esto?
– Sí, Atilio, no podemos cruzar todo el Atlántico, recorrer media Europa, venir a Amsterdam y no ver la casa de Ana Frank.
– Ya la vimos, es esa.
– No, Atilio, tenemos que entrar.
– ¿Tan importante es esa Ana?
– ¿Nunca leíste el Diario de Ana Frank?
– Sabés que no leo los diarios, Carmen.
– Es un libro, Atilio, un libro –le respondió su esposa y ante la perenne cara de desconcierto que aún reinaba en la cara de su peor es nada, continuó: “Ana Frank era una nena que tuvo que estar escondida en esta casa por casi tres años, con su toda su familia y otra más, en un ático escondido en una fábrica, sin hacer ruidos ni usar el baño en todo el día, encerrada en un cuarto diminuto, donde sólo podía dibujar en las paredes y al final fueron todos capturados y murieron en un campo de concentración nazi”.
– ¿Vos decís que no debería protestar por dos horas de espera? –al momento de decir esto, Atilio rápidamente y bajo la mirada homicida de Carmen, se arrepintió de hacerlo, y hasta de haber nacido.
Luego siguieron paseando por las calles de Amsterdam, se maravillaron de un tipo en calzones y remera de básquet tomando sol en la escalera de una iglesia, de un grupo de amigos que habían sacado el sillón al medio de la calle para tomar cerveza y de un barco, atracado en uno de los cientos de canales, donde sólo vivían gatos.
Compraron unas ensaladas en un supermercado y cenaron en el departamento. Terminadas las ensaladas y aún relativamente temprano, Atilio vio la oportunidad, era una maniobra perfecta, la había pensado todo el día, no podía fallar.
– Carmen, ¿viste que acá a la vuelta hay un coffeeshop?
– Atilio, por décima vez, no voy a ir a un coffeeshop.
– Carmen, no podemos cruzar todo el Atlántico, recorrer media Europa, venir a Amsterdam y no ir a un coffeshop.
– Sos un idiota, Atilio –dijo Carmen, se metió en la cama y se durmió.
Hasta los mejores planes pueden fallar.