Javier Arias
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No estoy de humor. Y así me siento frente a la computadora para escribir esta columna. Lo siento, fiel lector, pero usted sabe que no siempre nos embarga la alegría de vivir, y hoy, hoy definitivamente no es así por estos lares. Lo que pasa es que me tiene loco una muela de juicio. Abro la boca y veo las estrellas, la cierro y vuelvo a verlas, mastico y siento deseos de acogotar a alguien, me duermo y me despierto al grito de “¡maldita la lenta evolución!”. Es que uno cree que es el último modelo de esta serie llamada homo sapiens sapiens, pero termina sufriendo los achaques de la carencia de los últimos avances evolutivos. Porque esto de andar pariendo una muela a los cuarenta años es, diga si no, algo completamente anacrónico.
Anacrónico y doloroso, porque la muy desgraciada no sale como todas la demás, derechita y apuntando al cielo, sino que se desplaza en posición oblicua, inclinada hacia delante, o sea, jodidamente incómoda. Y así empieza a empujar al resto, como ese chico con la mochila repleta de libros de la escuela, que cuando sube al colectivo lleno va haciéndose lugar a los golpes.
Es que yo puedo entender que a nuestros antepasados, esos tipos de taparrabos y cavernas, las muelas de juicio les ayudaban a masticar las raíces, la carne cruda y otros alimentos tan duros como alejados de nuestros almuerzos macrobióticos. Pero con el paso del tiempo, mucho tiempo, nuestra dieta cambió y pasamos a ingerir comidas más blandas. O sea, ¿para qué queremos esas malditas muelas, eh, para qué? ¿Dónde está Darwin cuando lo necesito? Porque según los especialistas esas mal nacidas –nunca mejor dicho-, también llamadas terceros molares, están programadas para salir entre los 17 y los 20 años de edad -que en mi caso se demoraron más de la cuenta- y que como los dientes humanos todavía están evolucionando, creen que desaparecerán a medida que los alimentos se vayan refinando y se reduzca el tamaño de nuestro maxilar. ¿Pero mientras tanto? ¿Qué hacemos mientras tanto? Porque si bien dicen que cerca del 30% de la población carece de todas las muelas de juicio o de algunas de ellas, a mí me las encajaron a todas, soy parte de ese sufriente 70%.
Por otra parte a mí nadie me explicó este defecto de fábrica, como tampoco lo del apéndice, que también se me inflamó y me tuvieron que extirpar. Y así me voy dando cuenta que esto es una verdadera estafa, el problema ahora va a ser encontrar un tribunal con jurisdicción para enjuiciar a la bendita evolución.
Y si no es posible llevar a juicio a nadie, por lo menos me gustaría mandarle mis saludos cordiales a quien corresponda. Una carta, un mail o aunque sea un mensajito de texto.
Y mientras maldigo a todos los eslabones perdidos vengo justamente a encontrar una extraña página web australiana que me deja enviar un mensaje de texto al espacio exterior. Sí, estimado lector, como ha leído, un mensaje de texto al mismo espacio exterior, específicamente a Glliese 581d, el planeta exterior al sistema solar más cercano y más parecido a la Tierra y, por tanto, según los científicos, con más posibilidad de albergar vida. Eso sí, la extensión no debe superar los 160 caracteres y el tiempo previsto de llegada es de unos 20 años.
Los mensajes serán transmitidos desde el complejo de comunicaciones Canberra Deep Space, con la cooperación de la agencia espacial estadounidense, o sea la NASA. El primero en colgar un texto, como para inaugurar el spam sideral, fue el ministro australiano de Ciencia, quien escribió: “Hola desde Australia, en el planeta que llamamos Tierra. Estos mensajes expresan los sueños de nuestro pueblo por el futuro. Queremos compartir estos sueños con vosotros”.
Hay tiempo hasta el 24 de agosto, la página es http://www.hellofromearth.net/ y ya mismo estoy escribiendo, en una de esas estos tipos ya tengan la solución a mi padecimiento; que como dicen, no hay mal que dure cien años, por lo que veinte es casi un vuelto, ¿no?