Por Carlos Alberto Nacher
cnacher1@hotmail.com

“Vea Albert, vamos al grano. Supongo que ya estará enterado de la detención de esta mañana.”
“Si se refiere a la pareja que encontraron infraganti en el Distrito Panqueque, sí, lo leí en el diario esta mañana.”
“Bien, me ahorraré una parte de la explicación entonces. Esa mujer y su pareja seguramente serán procesados el lunes, pero el Mayor no quiere que eso ocurra. Se trata de una mujer muy especial para el Mayor.”
En eso se abrió la puerta y entró Teté sin golpear, traía los dos yogures en una bandeja. Ahora que podía verla de pie y de frente, pude corroborar y verificar la magnitud de su inmensidad corpórea, un todo macroorgánico. Estiró sus 20 kilos de brazo derecho por encima de mi hombro y apoyó los yogures en la mesa.
“Esta tarde van a trasladarla a la prisión Jamón. Albert, tiene que hacerse pasar por un guardia de seguridad y esconderla por un tiempo, hasta que todo se olvide. Usted sabe que en este país todo se olvida rápidamente. No me pregunte nada más, no puedo darle más datos. Aquí está su identificación falsa. Buenos días.”
El trabajo era sencillo, y el precio por hacerlo me iba a permitir pagar los tres meses atrasados de alquiler, así que acepté. Y, por otra parte, iba a ser bueno pasar unos días en compañía de Marlene, después de tantos años de soledad. Hacía tiempo que no alquilaba una esposa, o una novia al menos. En realidad, lo último que había alquilado era un amigo, pero tuve que devolverlo pronto, me estaba quedando sin dinero.
Tetildo me había adelantado 500 tronchos por la misión que me había encomendado, no recordaba haber tenido tanto dinero en años. Salí del edificio, allí estaba todavía el Fetrulán 3CV abollado por el impacto del cuerpo de la mujer arrojada por Tetildo, a pocos metros de mi automóvil, un Crapulac del 58.
Subí, arranqué, me quedaban unas horas antes de retirar a Marlene de la sala de detención municipal. Una idea me rondó por la mente: ¿y si me alquilaba una esposa? Hacía tiempo que no lo hacía, pero este no era el momento propicio. Sin embargo, las mejores decisiones son las que se toman en los momentos más inesperados, como decidir estudiar arquitectura mientras nos zambullimos en el mar.
Entonces me fui directamente a la agencia de alquileres de subciviles “El Zorzal”, que estaba muy cerca de mi departamento, a pocos metros del taller de operaciones de hemorroides en seco.
Hacía mucho frío, encendí la calefacción, prendí un eléctrico y salí fumando. En la esquina, la cuadrilla de francotiradores voluntarios todavía incendiaba la nieve acumulada durante la mañana. Casi ni me vieron pasar.
La ciudad estaba gris, encendí la radio, tocaban una música nueva, monocorde, sin alteraciones ni de la melodía ni del ritmo. Era una música de mierda, pero al menos hacía vibrar el esófago esa falta absoluta de modulación.
Llegué a “El Zorzal” y me tendió un vendedor con cara de frasco. No viene al caso explicar ese tipo de rostro, pero se trata de un rostro inerte con un agujero en el cuero cabelludo, que el vendedor adornaba con un crisantemo recién cortado.
“Buenos días estimado señor, estamos a sus órdenes”
“Buenos días. Quiero alquilar una esposa.”
“Correcto, llegó usted al lugar indicado. Acompáñeme al salón de exposición por favor. Tenemos una infinidad de modelos que se adaptan a los gustos más raros y exigentes. Vea, por ejemplo, allá está el salón de esposos, mire qué variedad.” En aquel salón había de todo, profesionales, artistas, obreros, camioneros, desocupados, en fin, realmente el vendedor tenía razón, había de todo. En la multitud de esposos en alquiler pude reconocer a Tito, un hombre de 60 años, que leía el diario y eructaba en la mesa, lo sabía porque hace un tiempo lo había alquilado mi vecina del 2J, Doña Bromura. Recuerdo la alegría de aquella mujer mientras lo tuvo en su departamento, fueron unos dos o tres meses de alquiler espléndidos para ella.
El vendedor interrumpió mis cavilaciones.
“Allí están las esposas, todas en alquileres irrisorios, y con opción a compra.”

Continuará…