Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Carmen y Atilio Lampeduzza cumplen 25 años de casados y el sueño de Carmen fue siempre festejar sus Bodas de Plata en París, y están en el Viejo Continente, pero esta vez solos, Albina y Ramiro se quedaron en la casa de los abuelos en Buenos Aires. Ya pasaron una semana en París, durmieron en Bélgica y hoy parten hacia Holanda.

El sol se asomaba entre las rendijas de las pesadas cortinas. Tenían que dejar la habitación a las 10 de la mañana, pero la noche anterior, antes de acostarse, habían visto en uno de los folletos que el hotel tenía spa, y no pensaban dejar de usarlo aunque tuvieran que despertarse con las gallinas. Así que a las 8 de la mañana ya estaban, en bata y chinelas, enfrente de la recepción. Una familia de daneses, más altos que la defensa de los Globertrotters, los miraban de costado.
– Dale, Carmen, preguntale si ya está abierta la pileta.
– No hay pileta, Atilio, ya te dije, es un spa.
– ¿Tiene agua? Es una pileta.
– Que no, Ati.
– Vos preguntale…
Haciendo una pequeña finta entre las dos columnas danesas, Carmen se acercó hasta el mostrador, donde la chica, en un perfecto inglés, aunque un tanto sorprendida por su atuendo matinal, le respondió que sí, que desde las 8 estaba abierto y accesible.
– Dice que sí, que es por ahí –anunció Carmen y empujó a su marido hacia una escalera que daba a un largo pasillo desierto.
– No hay mucha gente…
– A esta hora la gente duerme, Atilio.
Finalmente llegaron a un salón enorme, onda mini estadio, con cabinas de masaje, duchas, sauna y varias puertas más.
– Hamman… ¿Qué será un hamman?
– No sé, Carmen, entrá…
– Mirá si llega a ser algo peligroso, Ati.
– ¿Cómo va a ser algo peligroso en medio de un spa?
– No sé, los belgas son gente rara -Pero igual se metió y cerró la puerta atrás suyo. A los minutos asomó la cabeza: “¡Es un baño turco, Ati! ¡Vení que está bárbaro!” –Y volvió a cerrar la puerta sin esperar.
Al rato comenzó a preocuparse, volvió a asomar la cabeza: “Ati… Atilio…”.
Se envolvió en la bata y comenzó a desandar el camino, pero Atilio no estaba en ninguno de los cuartos de masajes y el pasillo seguía tan desierto como cuando llegaron.
Volvió hacia el salón, pasó junto a las duchas, también vacías y llegó de nuevo al hamman.
– ¡Atilio! –Volvió a preguntar al aire, ya comenzando a preocuparse.
-Al fondo había una escalera, se acercó y vio que había una flecha hacia arriba. Subió y encontró otras cabinas, unas de rayos UV y rogó que Atilio no estuviera jugando con eso, pero también estaban tan vacías como la de masajes. Pero al fondo había otra, la del muro de piedras de sal del Himalaya…
Sospechando lo peor se asomó y ahí estaba, justo con la lengua en la pared: “¡Atilio, la presión!”.
Más tarde atracaron el desayuno alimentándose como si la vida les fuera en eso y pasadas las 10 estaban saliendo con las valijas hacia la estación de trenes.
– ¿Cómo que no vamos a Bruselas? ¿No era que íbamos a Bruselas y de ahí a Amsterdam? Vos me querés volver loco, Carmen.
– Sí, vamos a Bruselas, pero este tren pasa por Gante, y me dijeron que Gante es re lindo.
– Carmen, seguramente vamos a pasar por mil lugares lindos, pero no podemos ir parando en cada pueblo que se te ocurra, porque de esa forma…
La estación de tren de Gante tenía un lugar muy simple para guardar las valijas por un par de horas. Y a la vuelta nomás, había un lugar que alquilaban bicicletas.
Pero, está visto, los daneses no son los únicos de tallas extra grandes de la zona y las bicicletas acompañan naturalmente las tallas XXL generalizadas del lugar. Así que por más que les bajaron los asientos a su mínima expresión, ahí salieron los Lampeduzza, tratando de maniobrar dos armatostes tamaño medieval. Y hasta que les agarraron medianamente la mano fueron un verdadero espectáculo para toda la audiencia belga en la plaza frente a la estación central.
Recorrieron la Catedral Sint-Baafskathedral, pasaron junto al Castillo de Gerard, el Diablo de Gante, se maravillaron con el estrambótico edificio del Ayuntamiento y con las fantásticas veletas del edificio del gremio de los Albañiles, también vieron la Iglesia de San Nicolás y el hermoso puente de San Miguel.
Y finalmente, volvieron a la estación, devolvieron las bicicletas, recuperaron las valijas y tomaron el tren de las 15:45 a Bruselas, a la que llegaron una hora exacta después. Sin salir nunca de la estación, sólo vieron la ciudad desde las ventanillas del tren de Thalys, que a las 17:45 partió para Amsterdam.
Durmieron la hora de viaje y llegaron a la primera parada holandesa, que los recibió chispeando unas gotas que rebotaban en los adoquines de las calles y en las aguas de sus canales. De todas formas siguieron el plan de continuar a pie y peléandose con el GPS del celular y la carencia de conexión a internet llegaron caminando hasta el departamento de Gerard, que no era Diablo, sino quien los alojaría en sus días de Amsterdam.
Dejaron las valijas y casi sin perder un minuto ya estaban caminando por el Barrio Rojo hasta la plaza Damm. Cenaron en un puesto de comida rápida chino y volvieron a eso de las once de la noche a descansar.
Casi no se escuchaban sonidos desde el canal que daba justo al frente del departamento. Las luces estaban apagadas. Carmen caía lentamente en el reino de Morfeo.
– XXXX, ¿viste que acá a la vuelta hay un coffeshop?