Por Javier Arias
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Carmen y Atilio Lampeduzza cumplen 25 años de casados y el sueño de Carmen fue siempre festejar sus Bodas de Plata en París, y están en el Viejo Continente, pero esta vez solos, Albina y Ramiro se quedaron en la casa de los abuelos en Buenos Aires. Ya pasaron una semana en París y hoy amanecieron en la medieval ciudad belga de Brujas…

Carmen dormía aún el sueño de los justos cuando Atilio se despertó con unas ganas acuciantes de utilizar las instalaciones sanitarias del establecimiento.
La noche anterior habían llegado muy tarde, muy cansados y apenas con la voluntad suficiente para dejar las valijas, abrir la cama y desmayarse entre las sábanas. Así que Atilio, tratando de no despertar a su esposa, comenzó a tantear las paredes en busca de la puerta del baño.
Primero encontró una pesada cortina de satén que apenas corrió unos centímetros y se encontró frente a un jardín parquizado propio de un rey. Hecho que no pasó por alto, pero siguió trastabillando por la habitación. A los metros se dio la base de la rodilla contra una mesa baja, que hacía juego, dedujo por el tacto, con dos grandes sillones de pana y un escritorio de madera maciza contra la pared.
Siempre con sus dos brazos en alto encontró primero una puerta que daba a un armario, luego otra puerta que daba a un segundo armario y un tercero y un cuarto. A esta altura, Atilio comenzó a preocuparse. Finalmente, y en lo que le pareció media mañana para su cabeza y su vejiga, encontró la puerta del baño. La abrió y cerró suavemente y recién ahí prendió la luz.
Atilio de repente olvidó su urgencia urinaria. Al darse vuelta se encontró en un salón más grande que el living de su propia casa. A la derecha tenía un sector con el inodoro y demás enseres, a la izquierda una bañera donde calculó que podría hacer un par de largos y al frente un espejo de pared a pared terminado en un mármol de media cuadra, repleto de luces y frasquitos de todos los tamaños.
– ¡Atilio! ¡Apagá esa luz!
Atilio tanteó primero la puerta comprobando que seguía cerrada y avanzó unos pasos sin entender por qué su mujercita berreaba de esa manera en el dormitorio. Hasta que alcanzó la piscina olímpica que oficiaba de bañera y descubrió que la misma estaba rematada con un terrible ventanal que daba a ¡la pieza!
Vio que había una cortina y medio a los apurones se apuró a correrla y luego, sí, recordó a qué había venido.
Al salir del baño, se encontró que Carmen ya estaba levantada, había abierto las ventanas y, con la luz que entraba al cuarto, confirmó acabadamente que había un error en algún lado.
– Buen día… -dijo con media voz.
– Buen día, amor, ¿dormiste bien? –le respondió Carmen mientras se apoyaba en el alfeizar y respiraba hondo hacia ese jardín sacado de una película de Disney.
– Eh… Sí, sí…
– Perfecto, ¿bajamos a desayunar?
Atilio se había quedado en la puerta del baño y la miraba desde lejos, desde muy lejos, desde una distancia completamente fuera de escala para un hotel.
– Carmen… Me parece que estamos en un problema…
– ¿Qué macana hiciste en el baño esta vez, Atilio?
– ¿Yo? No, yo no hice ninguna macana, bueno, tal vez, pero ya limpié, no, no, yo te digo por todo esto…
– ¿Todo qué, Ati?
– ¿Todo qué? ¿Cómo todo qué? Esto, Carmen, parece un castillo…
– Es un castillo, Atilio, bueno, casi, es un palacio, se llama Dukes’ Palace Hotel, es un viejo castillo transformado en hotel, tiene una parte nueva, pero no quería dormir de ese lado, y esta parte antigua…
– Y ¿a quién mataste para poder pagarlo, Carmen? Decime que por lo menos fue al optometrista que nos engrampó con esos dos anteojos para Ramiro que…
– Lo saqué con los puntos de la tarjeta, Ati, no nos costó un peso
– ¿Puntos? ¿Qué puntos? ¿Tenés fiolos ahora?
– Los puntos que vas juntando cuando gastás con la tarjeta, Atilio, no seas prehistórico, ¿querés? Y el desayuno está incluido.
– ¿Gratis? ¿Este palacio? ¿Y con desayuno?
– Con desayuno con champagne y todo, Atilio.
Se vistieron en dos minutos y bajaron a desayunar como nunca en su vida lo habían hecho, luego salieron a pasear por Brujas.
– ¿Qué tenés en los bolsillos, Atilio?
– Nada…
– ¿Cómo nada? Te abultan como si tuvieras una docena de frasquitos de mermelada del desayuno.
– Bueno, tampoco son una docena…
Primero fueron hasta la Catedral, donde se encontraron con una misa en pleno desarrollo, y por una foto casi se ganan la excomunión. Después llegaron a la plaza Mark, donde los carillones de todos los campanarios de la ciudad, por ser domingo, sonaron durante todo el día. Hecho que al principio fue muy pintoresco y divertido y a las tres horas daban ganas de replicar el cisma religioso de Lutero al tiempo de aniquilar sangrientamente a cuanto carillonero se cruzara.
Viendo que el centro se les acababa, les sobraba día y el resto era mucho para recorrerlo a pie, alquilaron dos bicicletas y emprendieron camino hacia la ruta de los molinos, luego por el lago de los cisnes para terminar dándole toda la vuelta a Brujas.
Al atardecer devolvieron las bicicletas y cenaron comida tradicional en un lugarcito cerca del hotel.
Volvieron caminando y antes de entrar se detuvieron frente al imponente edificio.
– ¿Vos estás segura que esto está todo pago, no, Carmen?
– Completamente, Ati –le respondió mientras un lacayo les abría la puerta y los saludaba en inglés.
– Digame licenciado –le contestó Atilio y encaró al ascensor del brazo de su esposa al paso marcial de la nobleza europea, mientras en los bolsillos le sonaba el entrechocar de los frasquitos.