En las curvas de la economía, se desdobla la solidaridad: aparecen distintos espacios para asistir a los carenciados. Ya no alcanza la ayuda del Estado, regresa la experiencia esencial, abrir espacios para dar de comer. El surgimiento de merenderos en las urbes.


La crisis golpea con datos estadísticos, pero el hambre no es sólo número… Es la realidad de cada vez más personas que no pueden llevar a sus mesas el alimento necesario para sus familias. Y, siempre en el medio, los más desprotegidos, que son los chicos. Rebrotan espacios que asisten en los barrios marginales, allí, donde el Estado no llega. El centro comunitario “Decir y Hacer” se ha instalado con un impulso esperanzador en el asentamiento de Madryn.

Al compartir la mesa

El 2017 arrancó con una conflictividad social con su epicentro en el rol de los docentes. Las escuelas en estado de alerta, muchos días no abrían sus puertas, por los reclamos de un salario digno, y paros consecuentes de adhesión masiva… El dictado de clases estaba en la mira y de costado, también, la función de contención que cumplen las escuelas públicas a través de la copa de leche. Encima, la emergencia hídrica, acentuando los días sin clase.

Aquel reclamo salarial aún no se resolvió y los casos de empresas que cierran o reducen sus plantas de trabajadores son noticia corriente.

Se une la manada

En medio de este panorama, de una desolación tan creciente como el hambre, se empezó a gestar una idea: Gladys, docente de plástica ella, empezó a buscar colores, Yolanda tomó el hilo y como modista creativa, sumó sus manos… Teo abrió las puertas de su casa… El tapiz que se estaba formando era el de un comedor que pudiera servir la merienda a los chicos del barrio, y cuando de ayudar se trata el calor de esos hogares lo encienden las madres, como Fátima y Rocío, quienes aun siendo muy jovencitas pusieron el hombro a lo grande. También se sumaron Camila y Lucía, mamás múltiples, de esas que se hacen el tiempo para ayudar y, además, Claudio, yendo de un lado al otro de la ciudad para buscar las donaciones.

Así nació el merendero “Decir y hacer”, y sus impulsoras contaron, como buenas madres, que lo fundaron para buscar saciar la necesidad, calmar el hambre, porque “si no se lo para, no se puede pensar en otra cosa”.

Sirvieron la mesa ahí, en la entradita del asentamiento, en el Pujol II, en una casa generosa sobre la calle Tecka. Para alimentar a los chicos, y sin fondos de ningún lado ni recursos para comprar los insumos, se les ocurrió hacer empanadas. Con lo que recaudaron les alcanzó para comprar unas tazas de colores, muy divertidas, algo de leche y algo de galletitas, y cada cual cocinó lo que se podía. Desde el principio se dijeron a sí mismas que se puede hacer una tarta con poco, con ingenio es posible llegar a “inventar” una torta. Así fundaron el espacio que comenzó a funcionar en abril, un sábado por la tarde. Aunque claro, todo lo que habían juntado se gastó para el primer encuentro, y no sabían bien qué iban a hacer al sábado siguiente. La llama de la solidaridad empezó a inflamarse, apareció una persona que donó para la taza de leche del sábado siguiente y así, en el vaivén, el merendero comenzó a habitarse cada vez más de chicos de todas las edades.

 La receta de la creatividad

Una realidad compleja requiere respuestas creativas, muchas de las personas que colaboran en el merendero viven en situación muy crítica, son parte de esa población en riesgo, hay casos de familias enteras sin trabajo. La mayoría se sostiene con trabajo informal, changuitas, como se puede… Sin subsidios para la actividad del merendero, se pusieron de acuerdo para ver las habilidades de cada una e ir generando talleres, manualidades y actividades para obtener fondos que solventaran el funcionamiento: “no tenemos dinero, pero tenemos lo que sabemos hacer”, se dijeron. Por ejemplo, hicieron una campaña para juntar ropa y recibieron tanta que, una vez que pudieron “abrigar” a sus chicos, con todo lo que sobró, organizaron una feria americana. Y la rueda del hacer comenzó a girar más y más.

Y el eco llegó a oídos generosos, y comerciantes del barrio fueron donando alimentos tan precisos y se multiplicó la ayuda con la llegada de Roberto Bubas, quien cuando se enteró, difundió a través de su cuenta en la red social Facebook y juntó una ayuda inmensa. Y tanto se involucró, que organizó una función social de “El faro de las orcas”, a fin de recaudar más elementos para el merendero (ver en recuadro aparte).

Cada vez más

Los sábados a las 14 comienzan a reunirse, se dividen en dos grupos para la merienda, por razones de espacio. Reciben alrededor de treinta chicos, desde bebitos y hasta algún adolescente. Son del barrio, aunque la voz se ha corrido y ya se acercan desde otros rincones marginales de la ciudad.

Lo pensaron los sábados, en función de que, durante la semana, los chicos reciben la taza de leche en la escuela. Sin embargo, es tanta la demanda (y como ahora sí han recibido donaciones que lo posibilitan) que ya están arrancando con los martes de merienda, que será en dos turnos, a las 4 y a las 5, para que puedan asistir tanto los chicos que van a la mañana, como quienes lo hacen a la tarde.

Por cómo está creciendo la presencia del comedor en el barrio, se imaginan que en un plazo mediano, la merienda se pueda servir todos los días.

Y si de soñar se trata, con el tiempo, quieren ver si pueden conseguir un lugar propio, para tener un espacio en el cual enseñar.

No sólo de bizcochuelo…

Justamente, las organizadoras cuentan que, más allá de que lo fundamental es combatir el hambre (porque “quien no se alimentó no puede pensar”), el merendero es un medio para compartir, para poner en práctica valores que hacen a reconocerse como personas. Por eso es que promueven actividades educativas, que buscan concientizar desde una perspectiva más cercana y personalizada, llegar ahí a donde la escuela no alcanza. Complementar el trabajo escolar desde experiencias cotidianas y profundas, que atraviesan a las familias del barrio. Lo hacen a través de charlas, invitan a participar a especialistas.

“Buscamos relacionarnos de otra manera, una sociedad que tenga otros valores, donde las personas no respondan a un molde publicitario, comiencen a vincularse con el entorno desde sí mismos”, reflexionan desde la organización.

Charlan mucho sobre la violencia, como se va generando de a poco, y va bajando desde el más poderoso al más débil. “Vemos mucha violencia intra familiar, donde se golpea a los niños, a las mujeres”, observa Gladys y detalla que lo que buscan es tomar conciencia entre todos. En ese sentido, han recibido a una psicóloga de la Casa de la Mujer para que pudiera profundizar y cuidar así a las mamás “que las hay muchas y jovencitas”.

Más allá de la merienda, se juntan porque las delicadas realidades cercanas reclaman respuesta. Las reuniones son organizativas, aunque la vida urge, emergen situaciones que requieren contención y el despertar la conciencia: una chica que se separa, otra que perdió un embarazo…

Y mañana

“Nuestro objetivo es que en el centro comunitario sea un espacio donde puedan charlar sobre lo que les pasa”, manifiesta la encargada. Es que el compartir la mesa abre a otras vivencias, es parte de la naturaleza humana. Una vez que se resuelve la primera necesidad, hay tantas cuestiones latentes que se tornan manifiestas… “Hay mucha gente que vive precariamente, tiene que saber que merece otra cosa, que pueda tener un lugar con espacio para recibir en la urgencia. Cuando una mujer es golpeada, en ese contexto, ¿a dónde va?, ¿cómo le da de comer a sus hijos…?”, se pregunta en voz alta Gladys.
Y más allá de enfrentar la situación de la coyuntura actual, vislumbra el futuro: “Me imagino un lugar bello donde las personas quieran estar, se sientan cómodas”. Y sí, sueña con una casa grande, un hogar para aprender por el propio impulso, para poder respirar y sentirse a resguardo.

Dicho y hecho

Es difícil conocer el germen de una buena idea, no obstante, la historia personal siempre es raíz: “Las personas que sufrimos ciertas situaciones nos sentimos sensibilizados por estas realidades, queremos consolar, dar una mano. Que sepan que estamos ahí, que comprendemos el dolor, se trata de empatizar”. Este es el pensamiento de la persona que tiró el “y si…”, quien resultó la iniciadora.

En medio del dolor, se juntó la manada y creó: “Decir y Hacer”. Gladys Aguirre es quien se hace cargo de contar por qué eligieron, en una votación, ese nombre: “Veíamos que no alcanza sólo con decir, que es realmente importante el hacer. Hacer lo que se dice, eso es llevar la palabra a los hechos”. Y reafirma: “hoy en día es muy fácil llenarse la boca de palabras y no concretarlas. Lo que buscamos es una unidad entre lo que pensás, lo que decís y lo que hacés, la palabra es un compromiso”.