Por Ignacio Zuleta*

Entre las previsiones y explicaciones para las elecciones del domingo es necesario comprender que se trata de un enfrentamiento de dos minorías donde Cambiemos, que en octubre de 2015 tuvo el 34,15 % de los votos legislativos y es segunda minoría en las dos cámaras del Congreso, se enfrenta con el peronismo, que perdió el balotaje de noviembre de ese año y es primera minoría en el Poder Legislativo. Que se enfrenten dos minorías que perdieron en uno y otro turno, hace comprensible la estrategia de los dos sectores.
Cambiemos busca consolidar el tercio del apoyo que tiene sobre el total del electorado, y explotar la división crónica del peronismo, que no tiene jefe desde que se evaporó la conducción de Carlos Menem.
Aferrando el apoyo de ese tercio en el turno legislativo, Cambiemos – que está en cabeza del voto no peronista, mayoritario en la Argentina – se asegura el poder de veto ante leyes del Congreso, bloquea las posibilidades de juicio político – y le permite aumentar ligeramente su representación legislativa.

Las movidas oficialistas

Hacia adentro de la alianza es la última posibilidad que tiene el Pro de retener el poder en Cambiemos que le asegura el liderazgo indiscutido de Mauricio Macri. En la discusión de listas para las PASO, el Pro peleó con la UCR y otros aliados las candidaturas que le pueden permitir ampliarse de un partido vecinal de la CABA hacia un territorio más amplio, que hoy no tiene. La restricción para esa expansión es la UCR. Por eso el Pro afeitó al radicalismo en algunos distritos, y benefició las candidaturas de la Coalición Cívica.
Como consecuencia de esas pulseadas, el Pro pude aumentar sus legisladores, la UCR mantendrá los que tiene y el partido de Elisa Carrió puede llegar a duplicarlos.
El radicalismo, por su extensión territorial, resiste hacia adelante porque va a ganar con sus dirigentes distritos importantes que le permitirá imponer candidatos a gobernadores en 2019, con chance de ganar, en más de seis distritos.
Para el Pro estas elecciones son vitales porque debe ampliar el territorio para seguir mandando dentro de Cambiemos. Si no logra avanzar dentro de esa alianza, se demostrará que ha sido un capítulo episódico de la historia de formaciones preexistentes como la UCR y la CC. Macri gobierno abrazado a esos partidos, pero comprende la necesidad de que el Pro alcance vuelo propio hacia adelante. Por eso apoya todas las acciones del grupo “sucesión” que integran Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal y Marcos Peña. (…) En tanto, la Capital Federal sigue siendo un laboratorio en sí mismo. El jueves los radicales que pelean contra el Pro hicieron actos de campaña en favor de sus candidatos, con Martín Lousteau de abanderado.

Los desvelos opositores

El peronismo está condenado a la división porque tiene discutidos los tres ingredientes clave de una formación política: el liderazgo, el programa y el territorio. Cristina de Kirchner parece la candidata más notable, pero representa un sector de la provincia de Buenos Aires. No tiene tampoco un programa único: en Diputados el vocero es Axel Kiciloff, y en el Senado Miguel Picheto. Difícil imaginar mayor contradicción. En cuanto al territorio, el peronismo domina más de 15 distritos, pero no responden a ningún liderazgo unificado. Han aislado a Cristina, se referencia más en Pichetto que en Kiccilof, los reúne Juan Schiaretti cuando hay que hablar con la Nación.
Juan Schiaretti y la liga de gobernadores peronistas, que se sindica hoy en él para negociar con la Nación. También para aislarla a Cristina de Kirchner
Esas divisiones afloran en estas elecciones, que son 24 elecciones distritales. En la superficie de la dialéctica, el enfrentamiento simbólico se identifica en Elisa Carrió vs. Cristina de Kirchner, pero pelean categorías diferentes en distritos distintos. Cambiemos busca consolidar el voto de apoyo a la gestión de Macri en todos los distritos y el peronismo, en cada uno de ellos, tiene un formato distinto de diferenciación. En Buenos Aires la táctica es quitarle protagonismo a Cristina, que fue protagonistas durante una década, y restarle legitimidad al gobierno nacional y su gestión.
Atento a experiencias viejas, el peronismo de la provincia trata de esconder a Cristina. Cuanto menos se muestre, mejor, y ella acata. Se habla de esto en una mesa de cuatro patas que sesiona por whatsapp, y que integra la ex presidente, Daniel Scioli, Martín Insaurralde y Fernando Espinosa. El resto mira con la ñata contra el vidrio, en particular los veteranos del cristinismo que son señalados como los causantes de la derrota del peronismo en 2015. Por eso los tienen en el segundo cordón a Oscar Parrilli y a Wado de Pedro. A diferencia de 2015, hay un comando unificado de la campaña, que manejan los cuatro sin asesores externos, más allá de alguna pincelada ecuatoriana o catalana. La experiencia de la derrota de 2015 es contundente; en aquella oportunidad cada candidato tenía su librito y actuaba por las suyas. Ahora hay coordinación, un oxímoron para el peronismo. Una empresa “amiga” les acerca una muestra diaria de 600 casos con imagen de candidatos e intención de voto.
Con esa planilla desde una oficina del microcentro, que intentan mantener en secreto, se planifican las acciones de los candidatos que se resuelven en uno solo, Scioli, a quien pasean por las comarcas donde está mejor de imagen, por encima del promedio, como Mar del Plata, La Plata, y algunos partidos del conurbano. Intentan explotar el sciolismo sociológico, que compite con el peronismo de Massa o Randazzo y que puede aspirar votos que nunca irán para Bullrich.
En este último fin de semana, la candidatura de Unidad Ciudadana tuvo el auxilio de dirigentes de otros distritos. Jorge Capitanich estuvo en Pilar el viernes y hoy estará en el conurbano. En Pilar acompañó al candidato cristinista Federico de Achával. Hoy presentará junto a la candidata a diputada Fernanda Vallejos su libro “Economía Peronista” en la Universidad de Avellaneda. (…)” Así las cosas, todos en la recta final que dará paso a la previa del próximo domingo. Habrá que ver…

Fuente: *Zuleta Sin techo