Por Carlos Alberto Nacher
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Cuando entré a la recepción de la oficina de Tetildo Ménez, lo primero que me llamó la atención fue el olor, una mezcla de leche chocolatada recién preparada, tinta de impresora, y el rancio característica del encierro. La ventana estaba cerrada y afuera se veían las terrazas de los edificios vecinos. Desde este octavo piso se distinguía claramente el verde musgoso de las paredes de los consorcios.
Me recibió la secretaria de Tetildo, una mujer obesa, muy entrada en carnes. Detrás de su escritorio, apretada en la silla, entre la madera del escritorio y la pared, con un vestido azul brillante a punto de reventar y sobrecargada de maquillaje, sombras, rouge, era lo más parecido a un manatí con tiroides.
Estaba convencido de que Tetildo había elegido como secretaria a Teté (así se llamaba ella) justamente por su apariencia física, grotesca e intimidante a la vez, poco agradable pero con un extraño atractivo al mismo tiempo, un atractivo difícil de describir, mezcla de deseo obsceno y maternal. Sin embargo, a mi no me provocaba rechazo. Al contrario, aquel colgajo de grasa con la mirada perdida en papeles ajados, con sus brazos flameando como una gelatina de frutilla mientras castigaba con vehemencia al teclado de la computadora, en primer lugar me causaba ternura.
“Hola Teté, tu jefe me llamó esta mañana, vengo a verlo.”
De la cafetera con leche chocolatada salía un vapor espeso que retorcía de humedad a los papeles pegados en una pizarra de corcho.
“Buen día Albert, sabe que usted me resulta insoportable, pero no me queda más remedio que saludarlo, para qué ser descortés, ¿no le parece?”
“Es verdad, la cortesía y el respeto al prójimo deben mantenerse siempre. Aún en una batalla campal, a pesar de que existan diferencias insalvables entre las personas, deberíamos cuidarnos de ofender, entonces el mundo civilizado tendría un mayor equilibrio, un orden que contenga a la aleatoriedad intrínseca que guía naturalmente al mundo y a los hombres. Por favor, ¿me da una leche?”
“No”
Me senté en una silla destinada a las visitas. El respaldo, de una cuerina verde de muy mal gusto, estaba tajeado en varias partes y se veía la asquerosa gomaespuma marrón de su interior.
Desde el despacho de Tetildo, detrás de la puerta, se escuchaban gritos. Alternaban sonidos graves y estruendosos, como una sirena de barco, con otros gritos chillones, agudos, hirientes. El retumbar de unos y el pitido de otros venían a conformar un todo sonoro que, acompañados de los dedos de Teté percutiendo al teclado, representaban una obra de arte espontáneo que bien se podría encuadrar dentro de la llamada música contemporánea. Ritmo, armonía y melodía se disociaban constantemente en aquel aquelarre de sonidos.
La situación, por más que transcurriera con la normalidad propia y esperable de una oficina pública, no parecía ser la apropiada, no para mi, que estaba sentado esperando, aunque sí para Teté, que en este contexto se movía como un pez en el agua. Un pez grande, fácil de pescar. No obstante, su agilidad en este ambiente cerrado, en esta recepción, donde su poder sobre los otros era absoluto, la hacía sentir, en todo el sentido de la frase, a sus anchas.
Sus caderas sudorosas sometían a la silla a una presión inusual, y su rostro sufriente denotaba el esfuerzo por insertar su cuerpo entre los apoya-brazos. Era un manatí con paperas, pero algo de ella me gustaba.
Me puse de pie, agarré una taza y la jarra de chocolatada para servirme.
“Le dije que no.” Balbuceó Teté, sin mirarme.
“El mundo está lleno de estúpidos, pero usted es tan estúpido que ni siquiera parece de este mundo, usted supera todos los preconceptos que una se forma de la estupidez humana. Usted no es un humano imbécil, más bien lo imagino como un alien con grandes poderes para la bobería. Habría que meterlo preso, pedazo de opa.”
En eso, sonó el timbre del teléfono y Teté atendió.
“Por favor Teté haga pasar a Albert.”
“Sí jefe, ya mismo. Pase por favor, señor Albert, el señor Ménez lo está esperando.”

Continuará…