Por Carlos Alberto Nacher
cnacher1@hotmail.com

Me despertó el timbre del portero eléctrico. Era Frunk, el portero del edificio. Lo atendí con una voz tan gutural, mezclada con esa flema de la madrugada que se me pega siempre al paladar al despertarme, que el portero dudó un instante antes de responder.
“Hola Frunk, ¿Qué pasa?”
“…. Esteee, hola Albert, disculpe que lo moleste a esta hora de la mañana, pero en el hall de entrada hay un cadáver de un joven de unos 22 años. ¿Es suyo?”
“Pero… ¿A usted le parece llamarme a esta hora inusual por una estupidez? Por un momento me asustó, pensé que había ocurrido una desgracia, le aseguro que salté del sofá al escuchar el timbre. Mire, no, no es mío ese muerto, y la próxima vez por favor tenga un poco más de consideración y respeto, y espere que sea una hora adecuada para molestarme.”
“Tiene razón, discúlpeme, la próxima vez seré más cuidadoso. Lo que sucede es que casi todas las noches tengo que levantarme a ocuparme de algún cuerpo, y entre esto y las tareas cotidianas, estoy muy cansado, y todavía me faltan cinco años para jubilarme, ya no doy más y para mejor la inquilina del 4F…”
“Está bien Frunk, está bien. Ya que estamos, le pido si puede venir en algún momento a destaparme el inodoro.”
“Sí, cómo no, señor Albert, antes del mediodía estoy en su departamento. Buenos días y hasta luego.”
“Hasta luego Frunk, y no se preocupe tanto por los muertos, hoy en día están por todas partes.”
Volví al sofá y recogí el diario. Ya eran las seis de la mañana pasadas, las noticias debían haber cambiado. En efecto, en la página tres pude leer: “Ayer por la mañana en una vivienda ubicada en el Distrito Panqueque de nuestra ciudad, en circunstancias que aún no se pueden establecer con certeza, una pareja de amantes fue encontrada teniendo relaciones y diciéndose palabras de amor descaradas, en un estado de enamoramiento deplorable y sin papeles que corroboraran que alguno de los miembros de la pareja, ya sea el hombre o la mujer, haya sido comprado o alquilado. Ambos serán procesados de inmediato por el Cámara Municipal del Crimen Familiar. Ampliaremos luego, pero es de esperar que se apliquen severas penas. Desde esta redacción aplaudiremos un castigo ejemplar, y consideramos propicia la ocasión para advertir a la población que no se tolerarán este tipo de transgresiones en el futuro. ”
Así, pragmático y materialista, se expresaba siempre “La voz del saber”. Aunque, en el fondo, tuviera yo mis dudas acerca de qué era delito y qué no lo era, debía reconocer que este diario tenía claras sus convicciones, y las transmitía con total desparpajo a la población, como una bala de cañón al centro de la ciudad.
Ya sabía de aquel incidente, se trataba de una mujer por mí conocida llamada Marlene, que días atrás, en un bar de yogur, me había confesado su enamoramiento de un subcivil de Guayana.
“Es así, Albert, no se puede ir contra la condición humana” me dijo. Y menos disponer de leyes contra ella, pensé, pero no lo dije.
Mientras leía más, sonó el teléfono. Era Tetildo Méndez, el Procurador General Municipal.
“Hola Albert, te necesito de inmediato en mi oficina. No tardes por favor. Mi tiempo es tan limitado como tus neuronas.”
Tetildo Méndez siempre utilizaba la ironía para burlarse de sus interlocutores, cualquiera sea. Lo conocí hace unos años, en un torneo de dominó tridimensional, que terminó con una tremenda pelea cuando me descubrieron haciendo trampa. Era verdad, tenía un cubo con un seis en cada cara adentro de la manga. Pero ante la inminente turba de jugadores enfurecidos y descontrolados, le partí un frasco con dulce de leche en la cabeza al primero que me increpó. Eso desató un descontrol absoluto donde no faltaron sillazos, mesazos, mazazos y varios bidones de leche rotos y derramados en los cuerpos de los presentes. Me desperté tosiendo y eructando en el fondo de una caja con barritas de cereal, y entonces fue cuando Tetildo me ayudó a salir y me acompañó hasta el auto. Nos hicimos buenos conocidos, ni más ni menos.
Era una porquería de persona.

Continuará…