Una vez trajeron quince vacas en bote desde Patagones que debieron ser arrojadas al mar y llegaron nadando a la costa. Las mujeres encantadas salieron a recibirlas y ordeñarlas, pero inmediatamente comprendieron que eran cimarronas: topaban, pateaban y huían como si el mismísimo diablo las habría entrenado. Una de ellas luchó ferozmente con John Jones que se prendió de su cola y terminó todo raspado. Debieron pasar dos años para que la volvieran a encontrar pastado en un bajo, a la muy rebelde.
Con el tiempo, todo se fue acomodando y hubo chacareros que se encargaron de proveer la leche y la carne de vaca. La manteca, el pan casero y los exquisitos platos dulces y salados requerían del imprescindible paso del lechero.