Se puede decir sin temor a dudas que hoy es todo un cumpleaños para el territorio de Chubut o Chupat, que no se trata de una abreviatura de Chubut Para Todos, sino de la voz galesa con el que se designó al río `sinuoso´. Alcanzar los 152 años de avanzada europea y convivencia pacífica con las comunidades originarias, haber generado las condiciones para que afloren cinco grandes conglomerados humanos, y sentar las bases productivas de una región tan inóspita como la Patagonia, ha sido todo un camino andado, más allá de que la coyuntura nacional, regional y provincial no esté para excesos de festejos, y que de aquella cruzada heroica de un puñado de galeses quedó la impronta y el mandato.
Probablemente parte de los vecinos de Chubut hoy prefieran concentrarse más en recrear la memoria y disfrutar de las bondades de un feriado propio empalagado de tortas y relajado con las tibiezas propias de los soles excepcionales de otro julio y una buena taza de té, que enredarse en las suspicacias intentadas con De Vido, las expulsiones `oficiales´, las encuestas, o las cantinelas electorales ensayadas desopilantemente por los variopintos candidatos territoriales.

Emociones confirmadas

De hecho, estas mismas experiencias, con diferencias relativas, mal que les pese a los que laburan de la política o a los que buscan una jubilación privilegiada al alcanzar una banca, se están dando en casi todo el resto del país. Según datos del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano -por ejemplo- el 47% de los porteños encuestados no sabe qué cargos se eligen en las próximas elecciones. La gente no está pendiente de la política, y menos aún cuando lo que está en juego es una elección legislativa.
Además de esa mitad de porteños consultados que no saben que `joraca´ se elige en octubre, otro 53% acierta en que se trata de comicios legislativos. En tanto, el 55% considera que el Gobierno ganará mientras que 31% sostiene que las perderá, en tanto el resto ni responde.
Dicen que otras investigaciones del COPUB mostraron que aproximadamente el 50% de las personas no distingue diputados de senadores ni tampoco las competencias del Gobierno nacional y de los provinciales o municipales. El fenómeno puede enmarcarse dentro del desinterés general de la gente por la política que, por ejemplo, se expresa en un porcentaje de abstención (en un país con voto obligatorio como Argentina) que ronda el 20 a 25%, según se trate de elecciones presidenciales o legislativas, respectivamente.
Al parecer el desinterés y desconocimiento asociado se hace aún más evidente cuando las personas son más jóvenes.

Microclima peligroso

Acentuada desde 2001, la percepción que tiene la gente de que los políticos funcionan como una suerte de corporación privilegiada que no resuelve los problemas reales y concretos de la sociedad se expresa muchas veces en abstención o voto en blanco. Y no solo en los pagos de Martín Fierro. Por ejemplo los porcentajes de abstención en las elecciones en Estados Unidos y de la mayoría de los países europeos muestran que esto se está dando de manera global no sólo es desconfianza o desinterés. Los expertos arguyen que hay muchas personas y grupos que no se sienten representados por las fuerzas políticas y que, por lo tanto, creen que nadie representa sus intereses. Vivimos en sociedades muy complejas, en las que el desalineamiento político hace que, no habiendo lugares de pertenencia como los partidos, la gente se margine y sólo eventualmente pueda ser atraída ante el surgimiento de un nuevo liderazgo o fuerza política.

Los consensos que vendrían

Según Daniel Montamat y parafraseando lo que repiten los adictos anónimos en rehabilitación, los argentinos deberíamos recordar que somos antirrepublicanos y populistas “en recuperación”. Ni la república está recuperada ni está despejado el camino al desarrollo económico y social. Más allá de las motivaciones pragmáticas que orientan el voto, la sociedad debe saber que cuando confrontamos pasado y futuro, como en las próximas elecciones, estamos optando por mucho más que grados de transparencia y eficacia en una gestión: estamos eligiendo rumbos alternativos para solucionar las urgencias del presente y abordar los desafíos futuros.
Los dichos de Fernanda Vallejos, candidata a primera diputada nacional por Unidad Ciudadana, representan mucho más que una chicana política de inicio de campaña. “La transparencia estaba en el gobierno anterior, la corrupción es un invento de los medios”, expresó la candidata. “El poder económico, judicial y mediático que sostiene a este gobierno no para de intentar ensuciar al gabinete saliente y no pudo encontrar nada. La corrupción es lo que vivimos hoy, la corrupción estructural que atraviesa a todos los gobiernos liberales.” Así, Vallejos está reivindicando un pasado populista y antirrepublicano exacerbado por el gobierno anterior, pero muy arraigado en la sociedad argentina.
El doble estándar moral para exculpar al ex vicepresidente tiene una larga tradición facciosa. Todavía recordamos la genuflexión de muchos intelectuales de izquierda para minimizar e ignorar los crímenes y delitos de lesa humanidad que se cometían en países comunistas. Ni qué hablar de otros fanáticos de la extrema derecha buscando racionalizar los horrores del holocausto nazi. Es que la “raza superior” o la “lucha de clases” se han usado desde hace tiempo como fines para justificar los medios. Peor, convivimos con fanatismos religiosos premodernos que en aras de los fines santifican los medios (el asesinato se exalta como martirio). En la “modernidad líquida”, el doble estándar moral que usa Vallejos abreva en el relato populista (amigo-enemigo/pueblo-antipueblo) que potenció el kirchnerismo. En pleno auge del relativismo moral y de las verdades “líquidas”, ahora es el relato el que redime. No importa si las conductas en cuestión tipifican figuras penales varias; el “enemigo” representa intereses espurios que lo inhabilitan como acusador, denunciante o juez.
Arturo Enrique Sampay, quien fue presidente de la comisión redactora de las reformas de la Constitución de 1949, en su libro Crisis del Estado liberal burgués conjuga los argumentos del español Donoso Cortés y del alemán Carl Schmitt en su crítica al liberalismo y al régimen de división de poderes de las democracias liberales. Según estos pensadores, la democracia en los regímenes liberales es sólo formal y no tiene el ethos que inspira a los pueblos a vivir en comunidad. Por eso expresa una sociedad decadente. Carl Schmitt planteó la política como conflicto y del conflicto derivó la confrontación “amigo-enemigo”, “pueblo-antipueblo”, en la que abrevó el intelectual populista inspirador de los K Ernesto Laclau. Como los marxistas y los fascistas, los populistas también piensan que la democracia liberal (la de nuestra Constitución) da cobertura a una organización económica injusta y corrupta que identifican con el sistema capitalista. La Argentina no ha podido desde el golpe del 30 exorcizar la idea de que la democracia de la Constitución es débil y que la suma de consensos políticos dentro de su marco es signo de resignación y contubernio. El poder, en la visión de estos críticos, se ejerce con un Congreso sumiso y una justicia dependiente. Por todo esto, el debate de ideas entre la opción republicana y la opción populista pone en juego mucho más que una gestión: elegimos los instrumentos institucionales del cambio. En los rumbos alternativos se definen la división y la independencia de los poderes, la alternancia, los controles, la libertad de expresión, el pluralismo, el rol de los partidos políticos, la cantidad y la calidad de los bienes públicos que presta el Estado, su financiamiento, el desarrollo económico y social inclusivo, la creación de empleos formales y la superación de las lacras de la pobreza y la exclusión que nos avergüenzan. En los rumbos alternativos también se juegan el rol del diálogo y la necesidad de generar consensos básicos para reconciliar las urgencias del presente con las demandas de un futuro que el cortoplacismo ha ignorado. Los consensos básicos permiten la coexistencia de un poder limitado y equilibrado con la posibilidad de atender las prioridades presentes y de generar un proyecto colectivo en una sociedad plural. Los consensos son consustanciales con la república. Lo que viene es diferente, y poco y nada se podrá entender sin revisar minuciosamente y honrar respetuosamente nuestro pasado, que en términos localistas, pavimentó sobradamente el camino hasta este Chupat.

Fuentes: Centro de Opinión Pública, Universidad de Belgrano, LN, AF, propias.