De 1865 al 69 entre los envíos que recibía la Colonia no había ni jabón, ni velas, ni aceite ni madera porque el dinero no alcanzaba. Pero el ingenio todo lo pudo. Hirviendo tripas de animales gordos se producía una jalea a la que le agregaban cenizas de varas de matas quemadas y en un caldero la mezcla se fundía, dejándose enfriar y convirtiéndose en improvisado jabón. Del mismo modo, con grasa de buey a baño María se introducía una mecha rodeada de varas atadas que se completaban con el cebo, hasta transformarse en esbeltas velas. También se recuperaron maderas de barcos hundidos, se utilizó trozos de sauces secos, juncos para tejer superficies y hasta extrañas construcciones con incorporaciones de telas o cueros tensados como biombos y catres. La piel de lobo fue buena para tientos, aperos y bozales. La de ñandú para oficiar de vidrios por su delicada transparencia. Las sábanas y telas se reciclaban en enaguas, volados de vestidos y cofias. De la costura a mano poco a poco se pasó a contar con ágiles máquinas. De apisonar la manteca a mano se pasó a pequeñas prensas a manija. Los colonos supieron hacer de la nada, todo.