“Hágase la luz y la luz se hizo”, dice la Biblia que dijo Dios ejemplificando el poder de la palabra como primer acto de creación y dejando claro la fuerza del decir.
San Patricio, patrón de Irlanda, ordenó que nadie durmiera o hablará mientras alguien contaba un cuento, y prometió que eso aportaría éxito en lo que respecta a niños, amor, matrimonio, temas legales o caza, protección a los marinos, paz en las salas de banquetes y libertad a los cautivos.
En Haití está prohibido contar cuentos de día. Se debe hacer de noche, donde vive lo sagrado. “y quien sabe contar cuenta sabiendo que el nombre es la cosa que el nombre nombra”, dice Galeano
Los narradores tradicionales celtas hablan de generaciones anteriores de cuentistas que permanecen de pie detrás de ellos, mientras cuentan uno de los cuentos antiguos. Al permitirse estar abiertos a estos espíritus de los antecesores, las historias fluyen, quizá cubriendo partes que se habían perdido.
Los mitos contados revelan realidades posibles, deja libre los pensamientos, nos hace dioses.
Los Galeses supieron decir y hacer, y establecieron un espacio heredado donde mantener vivo el idioma a pesar de haberse impuesto el inglés y el castellano en lo cotidiano de la Colonia. Lograron atesorar el “idioma del cielo” en el Eisttedfod, el encuentro literario por excelencia que cada año sigue celebrándose en la distintos puntos del Chubut, galardonando a su bardo y escuchando el mágico sonido de los tiempos, para que se cumpla el acto.
Así las palabras traen y llevan, y hacen la luz.