A cumplirse el siglo y medio de esta emocionante y fundadora historia de nuestra tierra, vale reeditar nuestra mirada periodística sobre ella. Con retazos de relatos, abundante bibliografía y respetuoso análisis de lo que fue una verdadera aventura que queremos contar, en honor a la memoria, que es siempre vivificante y buena.
La dimensión de la gesta está en el tesón que supero cualquier tipo de contrariedades. Porque la realidad de los colonos que llegaron a Patagonia fue menos romántica y mucho más dura e improvisada de lo que a veces cuentan algunas crónicas.
El Halton Castle, el barco contratado por los galeses para establecer una colonia en la Patagonia donde poder mantener su idioma, su religión y su cultura amenazada por los ingleses, y por el que se había pagado, nunca llegó. Los estafaron. Habían juntado dinero y armado una larga campaña de adhesión de viajeros que terminó diezmada por las conspiraciones políticas de quienes pretendían otros asentamientos en América del Norte, y además, por las tremendas demoras y grandes inconvenientes para materializar la expedición, con causa impensadas, como la estafa con el transporte.
Pero no se dieron por vencidos y merced a enormes esfuerzos se consiguió otro barco para la fecha estipulada, el Mimosa. Esta embarcación en la que cruzarían el mundo no daba tanta confianza, tenía doce años y su madera crujía. Por no tener velocidad ni capacidad de carga había perdido su condición de “ship” y por entonces era catalogado solo como un “barque”, uno de los pocos a flote, porque los demás de su tanda, ya se habían hundido. Un destino que también le alcanzaría con los años al Mimosa. Quienes pensaban en llegar a Patagonia pensaban y pensaban en subir o no a tremenda aventura. Llegarían en invierno, tiempo poco propicio para explorar cualquier mundo nuevo y adaptarse a él. No sabían el tiempo que demorarían, y tampoco tenían idea si alguna vez podrían volver.
Michael Jones pagó las dos mil quinientas libras -con la herencia de su esposa- a Vining & Killey, y supo luego que era por el casco pelado. Otra vez los habían estafado. Por eso tuvieron que adaptar todo tipo de estructuras en madera (camas, mesas, bancos) que luego serían útiles para instalar directamente en sus casas en la colonia. Pero no dejó de significar un trabajo enorme y un esfuerzo extra para lograr adaptar un casco pelado en un barco de pasajeros en poco tiempo y prácticamente sin dinero.
El capitán Pepperell, que no era el capitán original que los conduciría a cargo de tamaña aventura (porque el contratado había renunciado), fruncía el seño, y se daba corte de viejo lobo de mar, pero en realidad no conocía el océano Atlántico, ni las corrientes marinas, ni los vientos que debió enfrentar en los 13 mil kilómetros que navegó para llegar a la Patagonia. Apenas tenía 25 años y su segundo al mando era bastante mayor con 39 años, por lo que además de su falta de experiencia se le acumulaban reproches y desautorizaciones varias por cuestiones de edad, en una época donde las canas eran verdaderamente valiosas. Y por si faltaba conflicto, además ganaban lo mismo. Para completar el cuadro de endebleces, el titular de a bordo había desertado días antes, reemplazándolo el auxiliar “aprendiz”, Robert Tagle. Richard Berwyn, el notario, registró desde el principio y por años, más pérdidas que ganancias, y no disimulaba sus dudas sobre el éxito posible de aquella intentona.
Tomas Green era el único médico novato que se animó a la aventura y para colmo era irlandés, lo que indicaba que poco se quedaría en la colonia galesa, además de tener que someterse a la permanente duda sobre sus prácticas por portación de origen.
Estaban todos arriba, habían agitado los pañuelos, llorado y reído, cantado y enarbolado las banderas. Sin embargo, la marea era tan baja que ese día el barco no pudo zarpar, como si se negara al lance. Pero al día siguiente, casi de prepo, fue remolcado y lanzado al océano inmenso.
El primer día de navegación les deparó una tormenta sin igual que casi devora a los aventureros, al punto que un bote salvavidas intentó rescatarlos insistiéndoles que bajaran, pero ante la negativa de los tozudos inexpertos, los dejó a su destino. Continuaron la navegación casi resistida por todos los oráculos.
A los cinco días, las aguas se calmaron y aprovecharon para casarse Williams Huges y Anne Lewis. A los diez días comenzarían los velorios: murió Jane Thomas (2 años) y un día después James Jenkins (2 años). Un día más y nacía el hijo de Mary Morgan Jones, y unas semanas más y nacía Rachel Jenquins. Los últimos en ir a parar al armario de Davy Jones (al fondo del mar) fueron los pequeños John Davies (2 años), Mary Jones (3 años) y Elizbeth Salomón (2 años). Mientras, los futuros colonos que iban quedando perseguían en sueños sus angustias, meditaban sobre la loca expedición, organizaban rutinas de convivencia, oraban en dos confesiones diferentes en distintas horas del día y cantaban, para pedirle al cielo un destino definitivo.
Pasaron como dos meses, y el mar se fue poniendo frío y eterno. Las necesidades eran muchas, el agotamiento inmenso, las provisiones pocas. Pero los vapores de las ballenas recuperaron la atención de todos en el horizonte.
Desde el 26 de julio de 1865 cuando comenzaron a rodear la Península de Valdés el ánimo volvió a los cuerpos. Pepperell daba órdenes, preparaba las velas y recorría la cubierta dejando huellas triunfales. Los viajeros sobrecogidos y encontrados por la tierra, ya no durmieron. Cuando el sol entibió la cubierta, se calzaron sus mejores ropas y se aprestaron en masa.
Era el 28 de julio de 1865, habían llegado a una “Bahia Nueva”. La mañana era diáfana y fría, hermosamente extraña, como la tristeza de la partida, como la incertidumbre del tránsito, como la alegría de la llegada. Punzante, contradictoria, melancólica, silenciosa. Desde entonces los chubutenses recreamos un día como hoy con ese mismo ánimo: el “Gwyl y Glaniad”, la fiesta de aquel desembarco.
Felicidades vecinos!!