Por Ignacio Zuleta

Los cuarteles de campaña descuentan el final y toman decisiones para el día después. El oficialismo, estragado por encuestas que intentan romper el blindex de la indiferencia, se asegura la supervivencia que le dará el tercio de votos que respalda el proyecto que se abrió en diciembre de 2015. Ese porcentaje de apoyos le permite una ligera mejora en bancas propias, erosiona al peronismo cristinista – el único que le ha declarado la guerra permanente – y bloquea los misiles destituyentes.
Aunque cueste nombrar eso en una democracia débil como papel de celofán, un gobierno con ese respaldo impide, por ejemplo, un juicio político al presidente. Esa amenaza la tiene todo presidente, gobernador o intendente que pierda el control de su legislatura por debajo del 30%, porque se gana enfrente, por mera física política, los 2/3 de los votos para destituirlo. A Néstor Kirchner, que presumía de fuerza, se le cayeron cinco gobernadores, incluyendo a Aníbal Ibarra.
No es chiste, porque el pedido que hizo José Luis Gioja fue en serio. Y Gioja es el presidente del PJ, que además terminó doblegándose ante el cristinismo. Tampoco es chiste que el viernes pasado, en la audiencia en La Plata para discutir las boletas partidarias se presentase en personal el secretario Legal y Técnico Pablo Clusellas a defender, como apoderado del Pro, la casaca partidaria.
El gesto dio la muestra de cómo se toma en serio el Pro esa elección. Los aficionados a las interpretaciones capciosas recordaron que Clusellas fue compañero del colegio Newman, del juez electoral Juan Manuel Culotta y su principal promotor, junto a José Torello, de su polémica designación como subrogante del legendario juez electoral Manuel Blanco, que falleció en 2014.
Los que miran los bordes canallas de la política creen que Clusellas fue a recordarle a Culotta que los reyes magos son los padres. ¿Era necesario? Algunos creen que sí, porque hubo un cruce fiero entre Culotta y Torello, y que era mejor que apareciese Clusellas. Después de todo su antecesor en el puesto, Carlos Zannini, también actuó como apoderado del PJ y del Frente para la Victoria. ¿La responsabilidad partidaria va con el puesto público? Mejor ir revisando eso.

El juez Juan Manuel Culotta, que subroga en el fuero electoral de Buenos Aires, presidió el viernes la audiencia para discutir el diseño de las boletas electorales. El frente Cambiemos fue representado por Pablo Clusellas, secretario de la Presidencia y apoderado partidario. Como o fue del PJ su antecesor Carlos Zannini
Ya que sale Ibarra, vale contar que tiene una nueva biografía después de la política. Su partido integra la alianza porteña dentro del PJ, pero no es candidato. Se concentra en otros desafíos, como el andinismo. Ya ha llegado a las altas cumbres, como el Aconcagua, que escaló este verano. Su performance no baja de los 6 mil metros y ahora se dispone a subir el Kilimanjaro, el legendario volcán de Tanzania que inmortalizó Hemingway. En algunas ascensiones el ex jefe de gobierno tuvo como guía a Mariano Galván, el andinista que murió hace unos días cuando intentaba llegar a la cumbre del monte Nanga Parbat, la llamada “montaña asesina” del Himalaya por las dificultades que presenta.
Y ya que sale el nombre de Torello, el nombre que habita el Mangrullo del área presidencial, desde donde vigila todo lo que allí pasa, como los verdaderos ojos de Macri (los otros, Marcos Peña, Mario Quintana, son en realidad sus anteojos), arregla todo para el nuevo inquilino. Fernando Sánchez va casi todos los días por allí, aunque no tiene aún cargo. Está definiendo su perfil, pero tendrá, como dicen los expertos, “C Level” (la que tienen en las empresas los CEOs, CFOs, CTOs, COOs, etc.). Mira expedientes de todos los expedientes que pasan por allí, y elige los que mejor puede hacer avanzar. Mirará también las relaciones de la mesa de los CEOs con el Congreso, de manera de evitar las grandes macanas que obligan a retrocesos demasiado caros.
Ya le han puesto un mote, “El inquisidor”. Torello, para blindar la primacía como vigía de alto mangrullo, mandó a que le instalen en su oficina una bandera nacional. Como en las películas. Ya tiene el paño. Hasta el viernes le estaban debiendo el mástil. Si no llega va a tener que izarla provisoriamente en una lanza o, más cucamente, en un palo de golf.

Y qué viene el Día D?

Más discutibles son otros logros del día después para Cambiemos. Por ejemplo, qué despliegue territorial puede alcanzar un partido como el Pro que hasta ahora es una formación vecinal de la Capital Federal, el único distrito que gobierna sin alianza con los radicales y la Coalición Cívica. El Pro le disputó donde pudo algunas candidaturas entrables a la UCR para mejorar el perfil de esa disputa sorda hacia adentro. Los radicales se ufanan de que conservarán la cantidad de sillas en Diputados, y que en varias provincias, estas elecciones generarán candidatos competitivos para las gobernaciones en 2019 en por lo menos cinco distritos, además de Mendoza, Jujuy y Corrientes, que es donde hoy tienen el poder.
El Pro aspira a sostener la primacía dentro de Cambiemos que les da la jefatura hoy indiscutible de Mauricio Macri. Sabe que un radicalismo fortalecido no tardará mucho en pelearle el dominio dentro de la marca Cambiemos. Por eso imagina avances sobre el tridente que hoy se ha fortalecido en el control de Diputados. Ya anuló a Emilio Monzó en donde más podía juguetear, la provincia de Buenos Aires. La revancha del presidente de los diputados ha sido la movilización de Elisa Carrió para salvar a María Eugenia Vidal de una derrota frente al peronismo cristinista.
La gobernadora se jugaba el puesto si hubiera dejado que Lilita fuera candidata en Buenos Aires. Si ganaba, se quedaba con el futuro de Cambiemos en la provincia, y si perdía era un cataclismo para todos. El retiro de Carrió de Buenos Aires envalentonó al peronismo y a Cristina, que vio la ancha avenida del medio sin nadie que los frenase en serio. Por eso ahora Carrió fatiga las pantallas mostrándose con la gobernadora a quien había declarado las hostilidades hace menos de tres meses. “A mi casa no viene más a comer”, llegó a decir, defraudada por sus inconsistencias.
Que Lilita camine la provincia es un triunfo del eje que ella armó con Monzó, a quien lo prefería como candidato a senador nacional, en lugar de Esteban Bullrich. Antes había neutralizado una candidatura a diputado de Diego Santilli con el mensaje de que reemplazaría a Monzó en la presidencia de Diputados.

El Pro no se queda quieto en esa disputa con los radicales. Ahora filtra otras quimeras, como que la futura diputada Carmen Polledo está anotada para reemplazarlo a Nicolás Massot como jefe del bloque del Pro. Otra es que José Cano, uno de los radicales predilectos de Macri, está nominado para reemplazarlo, cuando sea diputado, a Mario Negri como jefe del bloque UCR. Primero, Cano tiene que ganar las elecciones en Tucumán. Después convencer a los radicales del bloque que lo aprueben como nuevo jefe. En el Pro un cambio así se hace con un dedazo. En el radicalismo nadie mete mano y cualquier cambio es resultado de una negociación horizontal. Cano ya se quedó en las gateras como ministro de Salud del primer gabinete de Macri (lo vetaron los laboratorios farmacéuticos, como se contó en el libro Macri Confidencial). Ahora lo sacan del ministerio del Plan Belgrano, en donde lo tenía de interventor a Gerardo Morales, y lo mandan a pelear la elección fiera de Tucumán.
La bancada radical, además, tiene una herramienta fuerte para frenar el avance del Pro. Buena parte de sus miembros están dispuestos a retirar a la UCR del interbloque oficialista. Esa idea la discuten desde el año pasado, cuando tuvieron que soportar la tormenta de desaciertos del poder Ejecutivo (baja de jubilaciones, casos Panamá Papers y Correo, etc.) y defenderlos desde afuera del círculo de decisores. Si este ánimo avanza, la UCR se desgajaría del interbloque, seguiría en la alianza de gobierno, pero negociaría los temas legislativos de a uno con el Pro, la Coalición Cívica y la Casa de Gobierno. Si gana adeptos la candidatura de Federico Storani como presidente del Comité Nacional esta discusión se dará en el partido antes de fin de año. El tridente Monzó ya sabe todo esto y se ha conjurado como los mosqueteros de Dartagnan, uno para todos y todos para uno. Si tocan a cualquiera de los tres, se van todos juntos, y ahí te quiero ver. (…) Habrá que ver…

Fuente: ZuletaSinTecho