Por Marisa Rauta

Anteanoche me vino a visitar Batibat, se sentó descaradamente sobre mi pecho y cuando me estaba yendo por un tubo negro exprimida de vida, voló y me dio otra oportunidad.

Extenuada, nunca hasta entonces había sentido lo sabroso que es el aire dentro de uno mismo, dolorosa pero feliz persuasión de una visita inesperada

Exploté del mármol de aquella Cauchemar de Thivier y me derretí en llovizna por varios días hasta secarme el viento de esta planicie, que se abarca en una mirada pero de la que nada se retiene.

Ya lo decía el pequeño voluntario, “cada hombre es una criatura del tiempo en que vive y pocos son capaces de elevarse sobre esas ideas”. Por eso, no es casual que la idea de estar y no estar, llegue cuando las ausencias se van multiplicando.

Hoy se cumplen cuatro años que mi amigo entrañable y director de El Diario, Pablo Dratman, partió de este mundo. Se fue como se van los fuegos intensos, apagándose muy de a poco. Se fue no sin dejar cenizas voladoras de espacios.

Esa tremenda ausencia, la del aliado cómplice, la del partidario de lo mejor, ha marcado la grieta que significa transitar este otro territorio, de supervivencia casi culposa, como condenados rehacedores de rostro, pero más de memoria; asaltadores de ideas, plagiadores de rimas.

De aquella generación de culto al pensamiento, él fue un innovador. Le puso imaginación a la política y escenarios posibles, que en periodismo es magia pura para pocos X´men. También le puso hierbita de curas y olores a tierra, profundidad vinculante, que es el territorio este y aquel, de tiempo y espacio por donde vuela.

Hubo largos ritos filosofales donde el elixir que logramos fueron gotas de un devenir sin lógica, destilando la dicha de sentir la vida, que es finalmente una gotita de la muerte posible.

No recuerdo las palabras, tampoco los silencios de aquellos sofismos, pero emplumo la inconmensurable sensación de dejarnos pensar en casi todos los temas, con la sola angustia de que por el momento y ante todo, era solo un fugaz pensamiento previo, apenitas una idea.

Para un pensador empedernido no es irreverencia pensar en todo, incluso en la muerte, porque no hay comarca prohibida en el país de las ideas. Ni hablar para un X´men de estirpe como él, heredero enlazador de mundos.

Hubo un ´descarado´ que alguna vez revisamos, que se atrevió también no solo a pensar en esos territorios posibles, sino a escribir de ellos. Tor Ulven lo sintetizó como ´El Remplazo´.

Una sinopsis donde detrás de la luz y la oscuridad advirtió un mismo movimiento anónimo, un aliento que hace a cada estado puramente “provisional”. En esa letra, comprendimos una parte y dimos por sobreentendida otra, la que solo se puede intuir y que tiende a mostrar como detrás de una posterior cuerda rota de personas se encuentra un solo movimiento que da vida, igual a la misma brisa que abre las cortinas, en el día y la noche.

En eso en que el irreverente plantea como la ‘sustitución’, el personal es precedido por el elemental. Todo está incrustado en su entorno, lo que observamos es lo que nos anima, nuestro mundo es de lo que estamos hechos: agua, aire, fuego, tierra.

He notado para desdicha de mi Batibat, que para los que saltan la vara, hay en el fondo, un encuentro con la verdad genética: la conciencia puede imponer un significado a la naturaleza, pero la naturaleza debe primero crear la conciencia; si no se comprende el sentido del cursor, tarde o temprano se te engancha el cierre.

Pero como plantea el lapón, sería verdad a medias: comenzamos la cuenta regresiva en el mismo momento en que nacemos. La naturaleza, así, siempre se retira de los ideales. Más allá de la conciencia estética de la vida como se ve y se siente, no hay arrastre posible sobre el lienzo sin alma.

La ‘sustitución´ está lejos de ser una apreciación pastoral. Atender verdaderamente al mundo implica fricción, y así lo exponemos los personajes de estas narrativas imágenes de nuestro entorno, plagado de menguantes. “Visto de cerca, nadie es normal”, solía tararear Caetano Veloso, mientras Decay le hacia contrapunto con el concepto que “uno es el múltiplo más bajo”.

De todo este páramo parecido de raza, dicen que es en la enfermedad y la finitud, cuando cada uno comparte algo esencialmente humano. Y si es el reemplazo permanente de quienes somos el que revela la condición humana, también se trata de una especie de heroísmo a la que nunca es bueno dejarle de cantar. Para un niño es caminar, para un anciano abrocharse la camisa, un proyecto en sí mismo, triunfo y reemplazo del que se es.

La resonancia desgarradora que suele esconder la muerte de un ser querido, es también con el tiempo, consuelo en la certeza de saber que fue, y también que uno ha sido, entendiendo el reemplazo.

La oscuridad es apenas la falta de luz, otro estado, que no modifica lo que es. “El paisaje es oscuro, o medio oscuro, o un cuarto de oscuro, un atardecer oscuro, que significa que todos los contornos, todas las superficies guardan una reflexión del pasado, una cantidad variada, un amanecer que dura toda la noche”, decía el irreverente Tor antes de no despertar.

El pueblo hmong creía que al rechazar el llamado para convertirse en X´men, alguien sería llevado al mundo espiritual sufriendo el bangungot. Anteanoche sufrí un ahogo impiadoso, pero desperté en palabras. “La vida debe ser comprendida hacia atrás, pero debe ser vivida hacia delante”, decía Kierkegaard. Por eso te digo amigo lo mucho que estas presente.