Por Ignacio Zuleta*

El sistema de las PASO se remonta al gobierno de la Alianza, que preparó el primer proyecto de internas obligatorias y simultáneas. Navegó sin luces en el Congreso hasta que lo retomó tímidamente la gestión de Eduardo Duhalde y lo perfeccionó el ciclo Kirchner con una médula doctrinaria nueva: la estatización del sistema de elección de candidatos. Hasta la ley sancionada en diciembre de 2009, la selección de postulantes a cargos, estaba reservado al ámbito privado de las cartas orgánicas de los partidos.
La intención de todos los proyectos desde 1999, era inducir el debate interno en las fuerzas políticas de manera de construir candidatos fuertes en un país que vive una crisis política que puede describirse como una pérdida colectiva de poder: no lo tienen los dirigentes, ni los partidos, ni los gobiernos, ni quienes se les oponen.
Los grandes partidos quedaron heridos por la fragmentación de los años ’90, cuyo ejemplo fue la aparición del FrePaSo, llamado en broma el Me-Paso. Esa fuerza se alimentó de tribus disidentes que no tenían espacio en el PJ y la UCR, que se cerraban cada vez más al ritmo de una crisis imparable, y encontraron su destino en la fuerza creada por Chacho Álvarez y Pino Solanas.

Poca vida interna

La sucesión de fracasos condujo a la rigidez de los partidos, congelados en su formato desde la década de los años ’70, que es el que heredó la transición de los ’80. El PJ de Carlos Menem sesionaba casi en broma con Antonio Cafiero en discretas reuniones a la hora del té en Olivos todos los martes. La UCR de Raúl Alfonsín intervino en 1993 todos los distritos que se oponían al Pacto de Olivos.
La coronación de ese impulso fue la inclusión en la Constitución reformada de 1994 del voto obligatorio y de la institución de los partidos políticos como instrumento del sistema político.
Eso no estaba previsto en el “Núcleo de Coincidencias Básicas” que era objeto de esa reforma, pero se incluyó entre gallos y medianoche como un canto del cisne -valga la redundante metáfora de aves de corral- de la partidocracia que estalló en la crisis de 2001.
Desde esa experiencia, las oligarquías partidarias buscaron arrinconar a los disidentes buscando un mecanismo para inhabilitarlos si perdían las elecciones internas. Esa fue la intención primaria de Néstor Kirchner cuando promovió la ley que hoy está vigente: quien perdía la interna, quedaba aparcado en la banquina.
Por eso terminó siendo un sistema de validación de candidaturas en lista única. Para evitar quedar en ese callejón sin salida, los candidatos que no tiene mucha chance de ganar, se anotan directamente en lista única en una nueva formación, se validan el día de las PASO, y ya son candidatos.

Y llegaron las colectoras

En 2011 Carlos Zannini introdujo una modificación que terminó de corromper el sistema: liberó las listas colectoras. Cristina de Kirchner, candidata a la reelección presidencial, sintió la amenaza de que Daniel Scioli, que iba por la reelección como gobernador, sacase un porcentaje de votos más alto que ella. De ahí las facilidades que se les abrieron a las colectoras, que estaban prohibidas en el proyecto original. Ni eso anduvo: ella sacó 54,11% de los votos, él la superó con el 55,07%.
De esta manera, Kirchner pasará a la historia como el responsable de grandes tonterías electorales, como éstas PASO pardas en 2011, pero antes, en 2009, de las legendarias candidaturas “testimoniales” que permitieron que un debutante como Francisco de Narváez le ganase a una lista que encabezaban el ex presidente, Scioli y Massa.

Un modelo patas arriba

El resultado es un modelo de emprendedorismo criollo, y la política un oficio de cuentapropistas. Con eso las elecciones son un festival de la lista única y el sistema defrauda el principio de la construcción de poder de abajo hacia arriba.
Los candidatos surgen de las oligarquías partidarias, de las casas de gobierno, de los despachos legislativos y empresarios. No de la calle, como fue planeado desde los orígenes del sistema democrático.
En la Argentina de la crisis política los partidos son una carpeta en los juzgados electorales y con las PASO tienen garantizada, a cuenta del Estado, la gran encuesta. Más que una encuesta, un censo que le permite a las oligarquías partidarias detectar apoyos y rechazos para repartir premios y castigos. En una presidencial, las PASO son ya la primera vuelta. Tampoco las PASO han evitado la dispersión de partidos y candidatos. La vacuna no ha funcionado porque sigue habiendo zona liberada para la lista única y los candidatos que se sienten afuera del acuerdo de sus fuerzas, eligen ese recurso para evitar el castigo. Fueron pensadas para una cosa y resultan otra muy diferente.

Estructuras vs participación

Se entiende el descrédito que tienen las PASO en este tiempo. Son caras, ineficaces, pero además defraudan la confianza porque dan el marco para simulación de un debate que no existe. Esa situación no es causa sino efecto de la crisis del sistema político. Los partidos han usurpado el ejercicio de la soberanía popular, de donde deberían surgir candidatos, alianzas y programas, y la usan en provecho de las cúpulas en la elección de los postulantes a los cargos electivos. Para revertir esto no basta con derogar las PASO. Tiene que actuar la dirigencia en abrir el debate en la sociedad. Menos mal que en la Argentina todavía funciona el sistema electoral: gobierna quien ganó las elecciones, algo que no ocurre en otros países. Pero eso no dudará para siempre.

Fuente: *ZuletasinTecho