Por Javier Arias

Ellos dos se mintieron tanto que primero se alejaron de la verdad y luego, luego ya perdieron el sentido de toda realidad.
Empezaron apenas con el nombre, se conocieron en una fiesta en la que ninguno de los dos quería estar ni ser recordados por haberlo hecho. Se dijeron soy Calisto y yo Penélope, y ninguno de los dos dio muestras ni de sorpresa ni de vergüenza. Pasaron la cena primero y la sobremesa después recluidos entre los rincones, evadiendo al resto de los invitados, charlando de intrascendencias. Al despedirse se cruzaron los teléfonos, falsos ambos por cierto.
Tuvieron que pasar dos años para que el destino y las amistades cruzadas volvieran a reunirlos. Se reconocieron de inmediato y se dijeron, hola Florencia, hola Carmelo, y siguieron hablando como si nunca hubieran dejado de hacerlo en esos dos años.
Si bien los papeleos llevaron su tiempo finalmente se mudaron juntos a una nueva ciudad; para arrancar de nuevo, se mintieron.
Vivieron inviernos helados, primaveras templadas, veranos cálidos y otoñales abriles, caminaron, conocieron gente, no siempre la misma, no siempre juntos. La vida tejida con hilvanes de mentiras es tan intensa como incierta, aunque con el tiempo muchas de las mentiras, a fuerza de ser repetidas, se convierten en pilares más reales que la misma historia. Pero justamente esa verdad de perogrullo fue otro desafío para la convivencia, porque si la premisa, para ambos, era transgredir la sinceridad cotidianamente, esos pilares de mentiras travestidos en verdad también fueron blanco de las deformaciones. Y así un día desapareció para siempre la tía Gladys, la de los tres perros yorkshire que le mandaba todos los años una tarjeta para el onomástico de San Idelfonso. Otro día, el amigo de Carmelo, ese que era publicista y con quien habían hecho la primaria, la secundaria y la conscripción juntos se transformó en Felipa, una amiga de su madre, prostituta ella, y que ahora regenteaba el lupanar más famoso de los alrededores. Y Gaspar, el perro San Bernardo que ocupa medio sillón de tres cuerpos siempre había estado ahí.
Decir que la convivencia fue fácil sería mentir a la verdad, y en el caso de Carmelo y Florencia, o como se preferían llamar, Claudia y Roberto en la mañana, Pablo y Albertina en la panadería o Señor García y Señorita Correa cuando paseaban por el malecón, fue un verdadero desafío, no sólo a la integridad de la pareja sino a la sanidad mental misma. Pero, contra todo pronóstico, o justamente, confirmando que nada es imposible, mucho menos el amor, siguieron disfrutando de esa mano que los sostenía.
Y llegó ese día que todos esperamos y tememos, cuando sabemos que las mentiras ya no alcanzan porque sólo nos queda una sola verdad que afrontar. Ese día los encontró nuevamente juntos, abrazados a la ventana, mirando el cielo y el mar, el sol cayendo lentamente formando destellos incandescentes sobre la espuma y el silencio de la casa envolviéndolos como esperando. Se miraron por última vez, él fue a decirle algo, pero ella le cerró los labios, primero con la mano y luego con un beso. En sus ojos encontraron la respuesta, pero murieron sin estar del todo seguros si era verdad.