Por Javier Arias
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El otro día me levanté con un dolor de cuello insoportable, por unas cuantas horas me sentí uno de esas marionetas que miraba de chico y que tenían nombres de colores; y que si bien el protagonista era el capitán Escarlata, siempre preferí jugar a ser el capitán Black, que, como era de esperarse en tiempos tan pocos propensos a la ecuanimidad racial, era el malo de la película.
Pero dejando de lado mis aficiones infantiles un tanto controversiales y tan apetecibles para cualquier psicólogo que se precie, la cosa es que estuve todo el maldito día mirando ladeado hasta que, mágicamente y por obra y gracia de los vientos patagónicos, se me fue el dolor. Tortícolis me habían dicho que era; pero qué nombre pedorro le han puesto a esta dolencia, porque no me diga, fiel lector, que tortícolis suena bastante poco elegante. Debe estar en la misma categoría que el dolor de gota o los sabañones, nada que ver con las lumbalgias o el pie de atleta, esas sí que son denominaciones distinguidas.
Y hablando de raras etimologías y curiosidades médicas, voy a aprovechar a contarle algunas historias que pueden amenizar las salas de espera de cualquier profesional de la salud.
Por ejemplo, ¿usted sabía que en la China Imperial, allá por el 246 AC, los médicos sólo cobraban cuando curaban a su paciente? Mientras tanto los galenos tenían que ponerse con todos los gastos y remedios. Difícil tarea de los trabajadores sanitarios en aquella época, encima tenían la obligación de colocar un farolito de color en su puerta por cada paciente que se les hubiera muerto. ¡Pavada de juicio de mala praxis! Aunque convengamos que era una técnica no del todo efectiva, uno terminaría yendo al médico con el callejón más oscuro…
Pero hablando de juicios, el que debería subir al estrado del acusado, como afirma mi amigo Marcelo Lacanna, es el propio Creador, porque viene prometiéndonos un Apocalipsis con rayos, truenos y finales apoteóticos y lo que nos están ofreciendo hasta ahora es dengue y gripe porcina. Toda una desilusión bíblica. Pero como decía Pancho Ibañez, todo tiene que ver con todo, sepa usted, atento lector, que esta apestosa afección chancheril debe su nombre a las autoridades eclesiásticas. No me refiero a la parte porcina del asunto, sino al nombre de “influenza”, el cual fue acuñado por el Papa Benedicto XIV, quien en el siglo diecisiete, luego de la peste de este mal parido bicho, la llamó así pensando que la misma era causada por la “influencia” de los astros.
Pero, alejándonos unos momentos de estas noticias tan actuales y preocupantes, y para seguir acumulando pequeñas historias que nos hagan pasar el rato aguardando que nos atienda nuestro atareado pediatra, asómbrese usted, estimadísimo lector, que ciertas tribus de la India y de Sudamérica, para suturar las heridas, y a falta de buenos hilos de costura, juntaban los bordes de la herida y le ponían encima una hormiga o escarabajo para que estos mordieran a gusto; cuando el insecto clavaba los dientes, lo mataban para que las mandíbulas quedaran rígidas, dando su vida en nombre de la ciencia, convirtiéndose en verdaderos e inesperados puntos de sutura. Es que ni el ingenio del hombre tiene frontera ni las zarpas del cascarudo mejor destino.
Y así estamos, escuchando por doquier que se acaba el planeta. Que el Apocalipsis, por más clase B que sea, se acerca a paso de chancho, vuelo de mosquito o al son de las marchas militares. Pero qué quiere que le diga, amigo lector, no me termina de convencer, más aún desde que el otro día dos señores de correcto traje y maletín se pararon en mi puerta anunciando el fin del mundo, terminaron de quitarle la poca seriedad que todavía le quedaba al tema.
Porque si tengo que creerle a alguien, prefiero seguir fiel al Capitán Escarlata, escuchando esa voz ominosa que pregonaba: “Somos la voz de los marcianos…”

Nota: Información base recopilada de la página web http://idd0073h.eresmas.net