Por Carlos Alberto Nacher
cnacher1@hotmail.com

…- No. Te equivocás. Entre nosotros no hay ni puede haber nada. Yo soy novia de Triflex.
– Pero… ¿Cómo puede ser? ¿Porqué no me lo dijiste antes? Pensé que la novia de Triflex era la del Tercero C…

– Ella también es novia de Triflex. Todas esas mujeres, a las que Triflex les hace regalos, son novias de él. La mayoría de las mujeres no quieren serlo más, quieren estar libres para conocer a otras personas, vivir otras experiencias y, por qué no, hasta enamorarse. Por eso no quieren recibir más los paquetes. Pero siempre aparece alguno como vos, que insiste en entregar, a veces por la fuerza, estos malditos regalos que nos atan a Triflex. Hay muchos como vos, que se ilusionan con una historia de amor que podría ser pero que, crédulos y obedientes, siguen todos los pasos para que esa historia no florezca y las cosas no cambien. Y por unos pocos pesos.
– Es que, no sabía nada de eso. Ya me parecía que algo raro había en estas entregas. Pero ahora que lo sé, podemos ir a lo de Triflex y tirarle el paquete por la cabeza, y entonces estarás libre para lo que quisieras hacer, es decir, conmigo.
– No. El paquete ahora es mío, me pertenece. Y a vos te pagaron por traérmelo. Sería un delito hacer lo que decís que hagamos. Además, vos no me gustás. En realidad a mi me gusta Triflex un poco. Pero no me gusta que tenga tantas mujeres. Quisiera ser la única. Quisiera que fuera solamente mío.
Pasaron unos segundos de silencio. Farfisa trató de escuchar algo más a través de la línea telefónica, pero Doble T no dijo nada más. Entonces Farfisa colgó.
Salió a caminar, como siempre. Debajo de un sobretodo oscuro, la lluvia parecía de otro lugar. El agua alimentaba a los charcos de la calle y acallaba las palabras dichas en las veredas, gritos imborrables que desaparecen de repente.
“Exactamente ahora alguien se muere”. Este pensamiento lo aplacó un poco. Se sintió casi mejor, por saber que mientras muchos se mueren justo ahora, él caminaba tranquilo bajo la llovizna. Un inexplicable vendedor de diarios seguía parado en la esquina. No había nada, pero estaba todo allí. El reflejo de las luces contra el asfalto, los relámpagos en el horizonte.
Caminó hasta una calle lateral y sucia. Unas personas con harapos se agrupaban alrededor de un fogón hecho con madera y gas-oil. Eran los olvidados de la lluvia. Escupió un poco de saliva helada al piso. Tosió.
En el ambiente sonaba una especie de música electrónica, que se mezclaba con un partido de fútbol en una radio ordinaria. Le gustó el paisaje de la calle. Se sentó sobre un diario en el umbral de un portón de chapas que nadie iba a abrir por el momento. Así pasó un pequeño lapso de tiempo, ante la mirada de sus vecinos circunstanciales. Un perro pasó corriendo con una bolsa de residuos en la boca. Farfisa se puso de pie de un salto, salió de la calle mugrosa y se metió en un almacén. Compró un sobre de sopa de verduras y una botella de vino caro.
Ya en su departamento, puso a calentar una olla de agua a la que le vació el sobre de sopa.
Luego, se tiró boca arriba en la cama, mientras el caldo bullía. Esperó, con la mente en blanco, viendo girar lentamente al ventilador de techo. Unos minutos después, el ruido del temblor de la tapa de la olla anunciaba que el agua estaba hirviendo. Se levantó, apagó el fuego y llevó la olla humeante a la pieza. La colocó al lado de la cama, hacia el costado derecho. Volvió a acostarse y fijar la vista en el ventilador de techo. Con la palma de la mano verificó la temperatura de la olla: ya estaba bastante tibia. Se colocó de costado y con el cucharón bebió unos sorbos del caldo de verduras.
Tomó el teléfono y marcó el número de Doble T. No contestaba. Luego, marcó el de la del Tercero C (no tuvo tiempo de preguntarse para qué lo hacía).
– Hola.
– Sí, habla Farfisa, el que le dejó hace un rato un paquete de parte de Triflex.
– ¿Y?
– No, nada.
Farfisa colgó antes de que le contestaran nada. Marcó el número de Triflex.
– Hola, Triflex. Mirá, tengo que hablar con vos de inmediato.
– No, no habla Triflex. Triflex no está.
– Pero, ¿Quién habla?
– Habla Doble T. Farfisa, ¿sos vos?
– Sí, pero… ¿qué hacés allí?
– Ya te lo dije, soy la novia…
– Cierto, lo había querido olvidar. No sé para qué me lo recordás.
– Yo no te llamé, vos me llamaste.
– Yo no te llamé, yo llamé a Triflex.
– Ya te dije, Triflex no está. Adiós.
Farfisa se quedó unos segundos con el teléfono en la mano. A través del auricular se escuchaba un sonido agudo extendido que se cortaba cada tanto, exactamente en el mismo momento que una paleta algo torcida del ventilador pasaba por sobre la cabeza de Farfisa.
Agarró la botella de vino y salió de nuevo. Aquella calle sucia lo atraía.
Llegó y todo estaba casi igual que hacía un rato. Todo estaba húmedo. La bolsa de basura, desgarrada, había sido abandonada por el perro. El partido aún no había finalizado, y el tambor que hacía las veces de fogón aún emanaba fuego y un humo aceitoso. Tres hombres lo rodeaban refregándose las manos.
Farfisa se acercó a ellos y les extendió la botella de vino fino. Era uno más de los olvidados de la lluvia.

FIN