Por Carlos Alberto Nacher
cnacher1@hotmail.com

…Sin esperar demasiado, se dirigió a la puerta del ascensor. Antes de que pudiera oprimir el botón, la iluminación del ascensor que subía lo detuvo.
Paró en el quinto piso, sin que él lo hubiera llamado…

Bajó y salió del edificio. La lluvia había cesado, pero la calle seguía húmeda. Sacó la billetera y contó la plata: tenía poco, pero pronto se encontraría con Triflex, y éste le debía dos servicios de entrega. Triflex siempre pagaba sin inconvenientes, pero Farfisa seguía con esa sensación nerviosa que lo venía punzando desde que saliera del Tercero C. Caminando por una calle colmada de automóviles y personas, su mente lo llevó nuevamente a la entrevista con la mujer del Tercero C. Apenas se preguntó por qué nadie quería recibir los paquetes que mandaba Triflex, aquélla mañana la del Quinto A no había opuesto mucha resistencia, pero tampoco le había agradado mucho quedarse con el paquete. Pero la discusión con la mujer del Tercero C fue aún más extensa, ésta no deseaba bajo ningún aspecto recibir algo de Triflex.
Pensó: “en alguna parte, ahora mismo, alguien debe estar agonizando”.
De pronto se encontró frente a un negocio sin puertas, con estantes abiertos repletos de remeras y buzos. Dos vendedoras jóvenes abordaban a cualquiera que se detuviera o amagara detenerse cerca de los estantes. Farfisa se detuvo.
Dentro de la tienda, una mujer que conocía o creía conocer, revisaba una pila de remeras blancas y amarillas.
– ¿En qué lo puedo ayudar? – preguntó una de las vendedoras
– Eee… quisiera esa oferta de tres remeras por 10 pesos. ¿Puedo elegir?
– Sí cómo no, ¿quiere que lo ayude?
– No.
Eligió tres remeras, casi al azar, y se acercó a la caja, al mismo tiempo que se colocaba prácticamente a espaldas de la mujer.
– ¿Usted es la del Quinto A, no?
La mujer giró brevemente el cuello hacia el lado opuesto. Seguía revolviendo un montón desprolijo de remeras.
– Disculpe, ¿Usted es Doble T, la del Quinto A?
– No.
Farfisa pagó y salió del local. Ya en la vereda, volvió a mirar a la mujer: efectivamente, se había confundido.
El cielo seguía gris, continuaba oscuro, como toda la tarde. El agua se iba escurriendo por las alcantarillas y el olor de los árboles húmedos abarcaba mucho.
Farfisa siguió con la mirada a un ciclista, hasta que se perdió en la esquina siguiente. Caminó unas cuadras y luego tocó timbre en lo de Triflex. Una voz barrosa le respondió desde adentro: era él.
– ¿Quién es?
– Soy Farfisa. Vengo a cobrar
– Espere, tengo otra entrega.
– ¡No! Creo que no seguiré entregando sus paquetes. Pero págueme mis honorarios por las entregas anteriores.
Triflex pagó, sin decir una palabra más.
Farfisa Salió otra vez a la calle. No podía dejar de pensar en Doble T. ¿Dónde estaba?
La llovizna, persistente, había comenzado nuevamente. Llegó a sus casa, la luz amarilla del contestador automático titilaba.
Oprimió el botón de retroceso de cinta…
– Hola, soy Doble T. Necesito verte, se trata del paquete que me entregaste hoy… no sé, esto está mal.
Farfisa marcó de inmediato el teléfono de Doble T.
– Hola.
– Hola. Habla Farfisa. Vos me llamaste.
– Sí, es que este asunto del paquete no está bien.
– Bueno, pero ya no trabajo más para Triflex.
– Pero vos me trajiste esto.
– Sí, pero era un trabajo, nada más. Olvidemos eso. Mejor hablemos de nosotros.
– Entre nosotros no existe el nosotros, nosotros somos vos y yo, o aquel y aquélla, pero no somos nosotros.
– Me duele lo que me decís. Cuanto ayer te llevé el paquete, al mirarte pensé que entre nosotros había algo.
– No. Te equivocás. Entre nosotros no hay ni puede haber nada. Yo soy novia de Triflex.
– Pero… ¿Cómo puede ser? ¿Porqué no me lo dijiste antes? Pensé que la novia de Triflex era la del Tercero C…

Continuará…