Por Carlos Alberto Nacher
cnacher1@hotmail.com

“En algún lugar debe haber alguien, ahora, que está siendo atropellado por un auto.” Farfisa pensó en eso en el mismo momento en que se disponía a cruzar la 25 de Mayo en mitad de la cuadra. La lluvia no cesaba desde el mediodía. Sin embargo, el clima no era malo del todo. Rápidamente atravesó el asfalto y puso un pie sobre el cordón de la vereda, se apoyó en él y saltó un charco de agua marrón que inundaba un desnivel de las baldosas. Por todos lados había olor a maní azucarado: la humedad exacerbaba ese olor.
Un grupo de jóvenes grises se amontonaba en la puerta de un negocio de video juegos. Sin mirarlos casi, caminó sorteando a los que obstaculizaban el paso. Alguno dijo algo, supuestamente dirigido a él, pero no se detuvo, ni siquiera pudo identificar a las palabras, aunque sonaron algo desafiantes.
Sus brazos pendulaban a los costados, mientras la llovizna era cada vez más molesta. Llegó hasta el edificio y oprimió el botón del Quinto A. Nadie respondió. Una vez más tocó el timbre y acercó la oreja al portero eléctrico, para asegurarse escuchar. Pero no, nadie respondió. Entonces tocó el timbre del Tercero C.
– ¿Sí? ¿Quién es?
– Yo, Farfisa.
– Ah, bueno. Pase.
Sonó una chicharra en algún lado y Farfisa empujó la puerta de metal y vidrio, que emitió algo así como un quejido de chapa contra el piso. Subió al ascensor, llegó al tercer piso y buscó, en penumbras, a la letra C en alguna puerta.
Antes de golpear, la puerta se abrió.
Una mujer, apenas asomada por detrás de la puerta semiabierta, le dijo:
– Pase, por favor.
– Gracias, en el Quinto A no hay nadie, creo.
– Es probable, aunque a veces Doble T está pero no atiende al portero eléctrico. No sé, es un poco rara.
– Vengo a traerle esto. Lo manda Triflex.
Farfisa sacó un paquete abollado de papel del bolsillo interno de la campera.
– Pero..yo no le pedí que me mande nada… No lo quiero.
– Usted sí lo tiene que querer, es de regalo, creo. Al menos, no tengo que cobrarle nada, nada más me dijo que se lo diera, y que no me fuera sin que usted lo agarrara.
– Ya le dije, no quiero nada de Triflex y no lo voy a recibir. Váyase.
– En ese caso, deberé quedarme. No puedo irme sin haber entregado el paquete. Las órdenes fueron claras y esta es mi forma de subsistencia. Sepa disculpar, pero necesito trabajar, y usted está entorpeciendo mi labor.
– ¿Usted sabe lo que contiene ese paquete?
– No – Farfisa se estaba impacientando.
– ¿Y si tiene droga?
– No, no me parece. Es más bien un regalo común y corriente. Pero, en última instancia, no me interesa.
FARFISA estiró el brazo como para dejarlo sobre la mesa, atestada de diarios.
– ¡No! ¡Ya le dije que no lo quiero!
– Mire señora, sea razonable. Yo le doy el paquete, usted lo agarra.
Después, si es su deseo, lo tira a la basura y listo. Pero yo tengo que darle el paquete ahora.
– Está bien, démelo. Estoy cansada.
Ni bien la mujer tomó al paquete en sus manos, Farfisa dio media vuelta y salió del departamento.
De inmediato se apagaron las luces del pasillo, al mismo tiempo que la mujer cerraba la puerta con un fuerte golpe, que retumbó a lo largo del pasillo oscuro. A tientas, Farfisa llegó a la escalera y subió al quinto piso. Estaba nervioso por algo, pero no podía determinar exactamente qué era. Quizá la discusión anterior, quizá fuera la oscuridad. Buscó el departamento A y golpeó la puerta. La luz del living estaba encendida, pero nadie atendió.
Era evidente que Doble T no estaba.
Sin esperar demasiado, se dirigió a la puerta del ascensor. Antes de que pudiera oprimir el botón, la iluminación del ascensor que subía lo detuvo.
Paró en el quinto piso, sin que él lo hubiera llamado.

Continuará…