Por Javier Arias
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El otro día estábamos conversando con un amigo de cuál había sido nuestro primer teléfono celular y nuestros hijos no podían creer que hubiéramos tenido teléfonos que no entraran en el bolsillo del pantalón, qué pensarían de los que venían con valijita con la batería, como el que usaba mi entrañable y hoy perdido amigo, Quique Santos, un productor de cine de la vieja escuela, que andaba para todos lados con ese socotroco colgando que pesaba más que una suegra.
Es que hubo un tiempo en que la gente no andaba escribiendo pavadas mientras cruzaba las avenidas con el semáforo en rojo, o cuando los mensajes sólo nos llegaban a los bippers; mensajes que no podíamos andar tipeando, sino que uno llamaba a un número y se lo dictaba a una cariñosa telefonista. Y andá a ponerle alguna barbaridad, tipo “Me dejaste plantado, zapallito” porque la operadora enseguida nos decía, que “zapallito” no podía escribirlo, a menos que estuviera en el entorno culinario de una receta, y como tampoco era cuestión de pelearse también con la amable pero estricta señorita, uno terminaba escribiéndole al susodicho un comedido “Me cansé de esperarte, mañana no me llames”.
Pero tampoco vamos a entrar en una enumeración melancólica de cómo ha avanzado la tecnología celular, hasta hoy que tenemos aparatitos tan chicos que en cualquier momento se le mete en la oreja a alguno y ni con un by pass cerebral se lo podrán extraer. Lo que sí podemos comentar, atento lector, es sobre los cambios en nuestra propia conducta que estos aparatejos han propiciado. Porque estos cosos ya no son un medio de comunicación, sino que han invadido considerables áreas de nuestra existencia. Por ejemplo, ya he visto varios casos que por hache o por be se les descuajeringa la chavetita, tarjetita o cómo miércoles sea y pierden todos los números de teléfonos anotados en la agenda del cuchuflo de turno. Y ahí nomás se arma flor de despiporre, porque ni siquiera el número de la madre se acuerdan, y guarda que tuvieran también anotadas reuniones, citas o cumpleaños, porque la escena puede transformarse en una situación por demás desagradable. Pero díganme una cosa, ¿cómo hacíamos antes para acordarnos de ciertas cosas? ¿Será que estos engendros del demonio han logrado un definitivo paso atrás en la evolución del hombre? ¿Quién se alegraría de haber cambiado una proverbial destreza sobrehumana en el dedo pulgar por el anquilosamiento definitivo de las neuronas aplicadas a la memoria? Eh, ¿quién?
Y parece que no soy yo solo el preocupado, porque la gente de la revista Puzzler Brain Trainer hizo justamente una encuesta a más de 3.000 personas, descubriendo que el boom de los móviles y otros dispositivos portátiles que almacenan información personal creó directamente una generación incapaz de memorizar las cosas más simples. Así fue que una cuarta parte de los encuestados dijeron que no podían recordar su número de casa y dos tercios no podían recordar los cumpleaños de más de tres amigos o familiares.
Pero las malas noticias no terminan ahí, sino que el informe destaca que los jóvenes adictos a la tecnología tuvieron peor puntuación que personas de mayor edad; los menores de 30 años recordaban menos cumpleaños y números que los mayores de 50 y dos tercios dijeron que dependían de su móvil o agenda electrónica para recordar días clave.
En tiempos en que han vuelto a poner sobre el tapete de la discusión si la teoría de la evolución de Darwin es correcta o debemos atenernos al tan de moda creacionismo, nos cae esta tajante encuesta por la cabeza y nos deja pensando si efectivamente la tecnología nos está haciendo, definitiva e irremediablemente cada vez más tontos.
Y usted, amable lector, ¿podría decir, sin repetir y sin soplar, los cumpleaños de sus seres más cercanos y sus teléfonos particulares? ¿Y el número de la pizzería que siempre llama? ¿Y el del trabajo de su pareja? ¡Ajá! Ahí lo quería agarrar, pero no se preocupe, todavía es tiempo de recuperar el camino perdido, que si de evolución hablamos, siempre hay tiempo de poner nuestro propio eslabón perdido.