Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Miro por la ventana y me animo con el espléndido día de sol, pero no estoy muy seguro de hacer inferencias directas sobre el clima, ya que usted, amigo lector, cuando esté con este diario en las manos, estará viviendo otro momento, y por lo tanto otro clima, que en beneficio de esta columna debería ser encharcado. Por eso, mejor dejemos las vicisitudes atmosféricas para esos señores con banderitas y palanganas calibradas y dediquémonos a lo nuestro.
Estaba hablando con un amigo y me sorprendió diciéndome que había tenido que llegar a los treinta y tantos para enterarse cómo diferenciar la luna creciente de la menguante. Me sorprendió porque efectivamente existen infinidad de datos menores que se nos escapan y que de repente aparecen en nuestra vida haciendo, en un segundo, mucho más fáciles tareas que antes nos parecían imposibles. Pongamos el ejemplo de que estamos caminando del brazo de una señorita y, en un alarde de romanticismo y despliegue científico al mismo tiempo, le decimos que admire la hermosa luna creciente. La señorita, que para nuestra desgracia, esa mañana estuvo mirando las fases lunares por motivos exclusivamente femeninos y arcanos para los hombres, nos mira con desdén replicándonos, “ignorante, esa es una luna menguante” y con rima y todo nos abandona en medio de la costanera, dejándonos solos, con frío y un poquito de miedo.
Y así nos volvemos a casa, silbando bajito, pero bajito le digo, no vaya a ser que caiga en las garras de la sociedad para la administración de los derechos de reproducción de autores, compositores y editores, que son unos señores que andan por la vida escuchando lo ajeno para comprobar si es propio. O sea, silbe, pero silbe algo suyo, porque si anda silbando cualquier cosa tal vez deba pagar copyright. Como le pasó al director francés Pierre Merejkowsky, que tuvo que ponerse con mil euros por usar una canción en una película que se proyectó una sola vez en una sala de ensayo, ante 203 personas. La canción era “La Internacional” y uno de los personajes de la película la silba sin autorización durante siete segundos.
Ya sé, ya sé, usted me va a decir que cuándo en la vida se le va a ocurrir cantar “La Internacional”, pero no se me haga el vivo, que “La Internacional” puede que no, ¿pero cuántas veces anda cantando, por ejemplo el “Cumpleaños feliz”? Si, no ponga esa cara de sorpresa, el “Cumpleaños feliz” también tiene dueño. La versión en inglés “Happy Birthday To You” es propiedad de la empresa Warner y le reporta dos millones de dólares anuales en concepto de royalties.
Me va a decir que está bien, no canto nada, pero, ¿Acaso colgó alguna guirnalda en el cumpleaños de su hijo? A pagar también, la propietaria de las palabras “Happy Birthday” es Fufeng, una empresa china que las registró como marca en 25 países “por su popularidad y positivo significado”. No, si hay que ser rápido y respirar sin ruido.
Y ya que estamos en la onda cumpleaños, si pensó en andar disfrazándose del dinosaurio Barney para solaz de esos delincuentes en miniatura que se hacen llamar amigos de su hijito, mejor no lo haga, evitará dos cosas, una, el ridículo, del que, según dicen, no se vuelve, y dos, al grupo Lyons, propietario del personaje de Barney. Este grupo (que en esta época queda muy bien ser “grupo”, basta de empresas familiares, que son una grasada, ahora la cosa pasa por los “grupos” que suenan mejor e intimidan más) ya envió más de 1.000 cartas a dueños de tiendas de disfraces porque dicen que la costumbre de muchos padres de disfrazarse de dinosaurio en los cumpleaños de sus hijos, viola sus derechos. Pero no pensemos que son taaan estrictos, un portavoz de Lyons tranquiliza a los padres diciéndoles que pueden vestirse de dinosaurio, “lo ilegal es que se disfracen de dinosaurio de color púrpura, independientemente del tono de púrpura que sea”.
Un conocido siempre decía que ya todo está inventado, mientras se disponía todas las tardes a dormir siestas de seis horas. No sé si todo está inventado, lo que si sé es que de lo que está inventando, todo está patentado, guarda la tosca con lo que dice, canta, silba, escribe o cocina, que el día que patenten el pan con manteca todos vamos a tener que desayunar tostadas con mermelada.

PD: ¿A qué por un momento creyó que no iba a explicar lo de la luna? ¿A que sí? ¿Que ya lo sabe y que no me haga el canchero? No me venga a prepotear justo acá, en mi columna, que lo abarajo a puro carácter tipográfico, córrase sabihondo y deje lugar al que no lo sabe. Es muy simple hombre, cuando la uñita de la luna semeja una “C” es creciente.