Por Martín Rodríguez*

El peronismo necesita recuperar una lectura nacional y renovar su imaginación industrial.
Gobernar la Argentina no es poblar, es gobernar el Conurbano que esta superpoblado. Suena feo, pero es real. La Argentina no se reduce al Conurbano, pero sin gobernarlo no se puede gobernar el país. Alfonsín y De la Rúa no pudieron. Menem, tercerizándolo en Duhalde, y Kirchner, tomando por asalto el duhaldismo, lo entendieron de entrada. De hecho, Cristina encontró su destino sudamericano enfrentando a “Chiche” en 2005. Anoto en la libreta que me gusta más decir “Gran Buenos Aires” que “Conurbano”, una palabra ya demasiado estetizada para bien y para mal.

El peso del territorio

Según el Censo 2010 en la CABA y el GBA habitan 12.801.364 personas, es decir, casi uno de cada tres habitantes de la Argentina (31,93%). La ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires (CABA + GBA = AMBA) forma una de las tres áreas metropolitanas (metrópolis) de América Latina, junto al DF y San Pablo. Siempre se dice con cierta sorna que la ciudad la gobierna cualquiera, pero el Gran Buenos Aires no. De ese peso pesado quiero hablar.
El PJ en las elecciones de octubre de 2001, en plena cresta del voto bronca, obtuvo el 37% de votos en PBA. El peronismo parece decir: “soy bonaerense, luego existo”. El gran sueño federal de Alfonsín de mudar la Capital a Viedma tenía algo de fuga hacia adelante contra los sindicatos, los capitanes de la industria, los Carapintadas y el peronismo bonaerense. De la Rúa patentó la marca de no saber gobernar ese territorio: del asedio de los tanques de Campo de Mayo al asedio de los pobres que salían de Cuartel Quinto, con el intendente y el obispo a la cabeza.
¿Qué pasa ahora con esta “gobernabilidad”? Cambiemos decidió exponerla, denunciarla y separar al extremo “lo bonaerense” de “lo nacional”.

Lo “peor” del peronismo

Persiste un imaginario político, una narrativa que engloba siempre en el Gran Buenos Aires al peronismo en su versión más rústica: desde los obreros y cabecitas negras de los años 40 que cruzaron el puente a pedir la libertad de Perón, hasta, a partir de los años 90, los desocupados, piqueteros, punteros y “Barones del Conurbano” que “amenazan” la ciudad. Si los primeros eran la mano de obra de una Argentina industrial, los segundos son los “nietos decadentes” de esa clase, la mano de obra desocupada o semi ocupada del tejido industrial deshilachado.
El GBA concentraría las “peores versiones” del peronismo, de los pobres, del Estado clientelar con sus patrulleros ploteados, del narcotráfico y la inseguridad, y también, de las industrias nacionales frágiles (textil, calzado) que la importación barre.
También, en esa traducción de “lo bonaerense”, se omiten los mismos rasgos de “apropiación” política de intendentes amarillos del Norte, como el eterno Posse (una familia que se dona la intendencia a sí misma) y Jorge Macri, un político tan territorialista como el más peronista. Pero se trata de una construcción despreciativa del “Mundo Conurbano”. ¿Qué es el peronismo? Sería eso. Eso y solo eso. Mientras, la economía potencial de Cambiemos se muestra como una economía verde de energías renovables, liberación fiscal del agro y minería, sectores que no “necesitan” del Estado; una Argentina que puja por derribar el problema argentino de demasiados pobres, demasiadas industrias inútiles, demasiados sindicatos, demasiada organización social, demasiada delincuencia, y así. La “densidad argentina”. También, y de estos años, hay que ver la contracara “idealizante” de ese Conurbano escrito como una lírica de los bordes marginales. Pero sigamos.

¿Qué cambio?

¿Qué ocurrió en estos largos meses en el Gran Buenos Aires? Razona el inteligente Emilio Pérsico: no es que les hayan sacado la AUH a los pobres, sino que se terminaron las changas. Algo así como el “cobro pero hago” de muchas personas. Así, la baja de la actividad económica sumada a una inflación empeoró las condiciones de vida mientras a la vez el gobierno muestra que no resignó la política social. Es una verdad, aunque una verdad cínica: la economía empeora, las pequeñas industrias caen, pero las políticas sociales se mantienen. Entonces, la economía popular del GBA quedó… al desnudo. Como de puros “planes”. Se publica en estos días un estudio sobre “cuánta gente” vive de pasar por la ventanilla del Estado. Cambiemos toca la sensibilidad de los invisibles: las clases medias del Gran Buenos Aires y divide en clases exponiendo realidades (los que dependen del Estado y los que no, los que usan lo público y los que no, etc.).

Lo que no es igual

Del marzo de protestas multicolores el gobierno salió fortalecido porque las puso de un solo color y las encarnó en una figura: Baradel. El 2017 puede ser el año en que Cambiemos empieza a gobernar la sociedad argentina con el discurso del orden, con la promesa de “reconvertir” planes en trabajo genuino, con su discurso “anti mafias” y de “reconciliación forzada”, y no solo se recuesta en su “base” sino que explora una hegemonía. ¿Ya no está como en 2016 a la defensiva? No es que haya sido votado justamente Macri para una limpieza moral, sino que conjuga esta “demora” del crecimiento económico con una suerte de “default moral” argentino, al que los mismos funcionarios apelan. Carrió dijo: “no hay inversiones por el PJ”.
Cambiemos se dispone con su gradualismo a mover el límite como las “fronteras vivas” de Brasil: correr milimétricamente cada día la concepción de orden y progresismo heredada. Y ese movimiento calculado, agresivo, sinuoso y micro, reconfigura el “pacto tácito” (como dice Pablo Semán) de gobernabilidad que razona que si se ajusta y reprime no se ganan elecciones. Cambiemos parece decir: esa era la gobernabilidad de la crisis (cobrarle impuestos a la economía que funciona para cubrir la economía artificial suburbana y contener pobres). Ahora parecen construir una “gobernabilidad del crecimiento”.

El desafío peronista

De modo que, ¿cuál es el desafío del peronismo en la era macrista? Podríamos decir que es, en parte y paradójicamente, “desconurbanizarse”, romper el molde en el que se lo ubica, salir de foco aunque esté obligado a ganar la PBA. El peronismo tiene un elenco más bonaerense que el IOMA (Massa, Randazzo, Scioli, Insaurralde, Magario, ¿CFK?) que disputa y comparte millones de votos que van de la clase media baja a la clase baja. El único que “pulula” como nacional es Urtubey, un político sin volumen que apuesta a ser popular vía frivolidad. Y De la Sota o Rodríguez Saá, dos veteranos que alambraron tanto sus provincias que no pudieron salir de ellas (con la novedad pícara del puntano que pasó de no pisar Olivos en doce años a ser el único gobernador que pisa el Instituto Patria). Pero el desafío peronista no es promover “nuevos nombres” y tirar gente por la ventana (cuando nombres no sobran) sino dar un giro en la apariencia política que devuelva “nacionalidad” a un peronismo encapsulado, incluso un horizonte nacional a sus representados humildes bonaerenses.

El peronismo, pese a la perseverancia de la CGT, dejó de tener su columna vertebral sindical para tener su columna municipal. De esto se escribió mucho. La territorialización política, la “Desorganización Organizada”, según Levitsky. ¿Qué es el orden, entonces? Gobernar el área metropolitana. La irrupción del Conurbano en la centralidad política nacional colocó un presidente por la ventana en la crisis: Duhalde. Eduardo Duhalde significó el pacto decisivo entre peronismo bonaerense y clase media porteña. Se hizo tan carne que la elección bonaerense es “la madre de todas las batallas” que mutó a la partera de la historia. Kirchner podía dejar plantado a otro presidente, pero no a Hugo Curto. Era el presidente del helicóptero, pero del helicóptero que aterrizaba en 3 de Febrero. Kirchner, como Menem, no eran bonaerenses, eran venidos de la periferia, y había en ellos una lectura “externa” del Gran Buenos Aires que se combinaba con una lectura del país, la región y el mundo. Peronistas que “vienen de lejos”.
Mientras Cambiemos reduce al peronismo a una sola cosa, un solo segmento, ¿puede el peronismo no decirle “yuyo” a la soja, renovar su imaginación industrial? ¿Qué ocurre a más de 50 kilómetros de la ciudad? Ahí está la “lengua suelta” de González Fraga que reduce peronismo a Conurbano, mientras “ellos” representan una “Nación productiva”. Cuando el año pasado la noticia era lo que Cristina medía después de las tundas sobre su figura, este año ese tercio parece insuficiente, sediento de alianzas que no estaban en el catálogo triunfalista. Algo empieza a indicar que Cambiemos en PBA puede salir “victorioso” en octubre. La palabra Conurbano ya dio todo lo que tenía para dar. Parece hablarnos de una política de lo urgente que no piensa el territorio, sino donde el territorio piensa a la política. El desafío peronista (un partido “multi-étnico”) en esta Argentina difícil pasa por desconurbanizar el proyecto o, lo que es lo mismo, nacionalizarlo de nuevo.

*Lapoliticaonline, Colabora en Le Monde Diplomatique y diario Miradas al Sur.