Por Javier Arias
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El sol chispeaba entre los olmos del fondo de la cancha. Ya casi no quedaba nadie en el club. Caminó pasando la mano por la baranda que rodeaba el cesped una, dos, tres veces. Tiró el bolso sobre el primer escalón encalado de la tribuna. Levantó los talones y abrazando la madera apoyó el mentón sobre la pintura gastada.
A lo lejos vio como se subían al auto Martín y Fernando, levantó la mano para saludarlos pero no llegó a hacerlo, ya se habían perdido detrás de la puerta del Falcon marrón que ahora se alejaba hacia el portón.
Se quedó un rato pasando la cabeza de un brazo al otro hasta que comenzó a caminar de nuevo rodeando la cancha. El pelo húmedo de la ducha se le metía en los ojos y se lo apartó de un manotazo. Dio otra vuelta y cuando pasó por el mismo lugar le dio una patada al bolso que voló tres metros sobre el cemento. Cuando se agachó para levantarlo vio que al lado del alambrado corría una larga hilera de hormigas negras.
Buscó un palito y empezó a empujarlas a un costado, rompiendo la hilera y haciendo caer a algunas hormigas de la vereda al césped de la cancha. Pero la que venía atrás siempre que pasaba el palito derribando a una compañera hacía caso omiso y seguía testaruda el sendero invisible volviendo a armar la hilera. Lo hizo cuatro veces, se enojó por la apasionada decisión de las hormigas y usando el palito como escoba barrió a un montón con muchas pasadas, el cemento quedó de pronto vacío de puntitos negros. Se levantó satisfecho y volvió a caminar alrededor de la cancha.
Al rato se acordó, cuando ya el sol se había movido hasta casi llegar al último olmo, y corrió hasta la parte baja de la tribuna, las hormigas había vuelto a formar la hilera como si nada hubiera pasado. Puso las rodillas en el piso y apoyó una sien sobre el cemento, primero le costó enfocar pero al final logró mirar el pertinaz andar de las hormigas, parecían un ejército de extraterrestres invadiendo el mundo. Una torció voluntariamente el camino y se le subió a una pestaña. Se levantó de un salto zapateando y revoleando las manos en todas las direcciones hasta que pudo sacarse de encima a la hormiga.
Cuando pudo volver a respirar normalmente miró hacia abajo sin poder ocultar un gesto de odio. Se acercó más, pero al final volvió a arrodillarse junto a la caravana de hormigas. Tomó una haciendo pinza con dos dedos, la hormiga se defendió y le clavó sus dos mandíbulas en la yema del pulgar, la soltó con un insulto. Volvió a agarrar otra, pero cuidándose de esquivar la mordida. La miró obnuvilado. El insecto se debatía incansablemente girando locamente la cabeza en todas direcciones y revoleando las patas que tenía libres. Intentó agarrar otra con la mano izquierda, fue mucho más difícil, su mamá siempre le decía que no hiciera las cosas con la mano izquierda porque iba a romper todo, y tenía razón, parecía que la izquierda tuviera conciencia propia y siempre hacía todo mal. Al quinto intento y después de varios picotazos pudo retener a dos hormigas. Las miró detenidamente a una y a otra y las enfrentó, acercó las manos y puso a cada hormiga a unos centímetros de distancia, seguían debatiéndose incansables para escapar. Acercó más las manos, hasta que las patas de ambas hormigas se tocaron, en ese momento dejaron de tratar de escapar, al instante comenzaron a atacar a su hermana. Las mandibulas cortaban el aire como cuchillos, las patas golpeaban sin remordimiento el cuerpo de la otra. De repente una pinza arrancó una antena y la lucha pasó a ser salvaje y encarnizada. Las mordidas eran cada vez más asesinas, acercó más las manos y ya los dientes entraban desgarrando todo lo que pudieran, mutilando inmisericordes a su rival. Se aburrió cuando una de las hormigas perdió la cabeza pero continuó pataleando. Soltó a las dos hormigas, levantó la cabeza y vio el Renault azul frente al portón, de un salto tomó el bolso y salió corriendo hacia el sol, que ya se había ocultado casi por completo detrás de los olmos.