Por Carlos Alberto Nacher
cnacher1@hotmail.com

Una tarde, golpearon a la puerta de Farfisa. No es que Farfisa anduviera siempre con una puerta a cuestas, sólo llevaba siempre consigo una moneda y una especie de campera o sobretodo oscuro. Nada de eso. Era una puerta que estaba colocada de manera tal que obstaculizaba el paso a su vivienda, principalmente cuando ésta estaba cerrada. Aunque cuando estaba entreabierta, si bien se podía pasar en uno u otro sentido, siempre era necesario esquivarla.
Farfisa dudó un instante antes de abrirla. Pero enseguida tiró la moneda: seca. Entonces no abrió. Se limitó a preguntar “¿Quién es?” desde adentro, con un volumen de voz tal que las ondas sónicas atravesaran la madera maciza de la puerta y fueran percibidas por el/la golpeador/a.
“¿Necesita bolsas plásticas de residuos?”. Preguntó una entidad no identificada desde afuera. Farfisa observó alrededor: todas sus pertenencias eran desechables, pero no por eso las iba a tirar. Sin embargo, sabía que si buscaba bien en los rincones de las distintas cámaras y recámaras, seguramente iba a encontrar cosas con que llenar las bolsas.
– Sí, ¿Por?
– Porque entonces le vendo, a dos pesos las 20 bolsas.
– Me encantaría comprárselas, pero me es imposible ya que no puedo abrir la puerta para recibirlas, ni para entregarle el dinero.
– Pero esto de alguna manera se puede arreglar. ¿Qué le parece si le voy pasando una a una por la luz inferior entre la puerta y el piso?
– Bueno. Luego, a cada bolsa que entre yo le voy iluminando por debajo una moneda de 10 centavos. Así estamos a mano.
Era un buen trato. Era increíble cómo unas pocas monedas y unas tristes bolsas de plástico negro permitían la comunicación entre dos personas, aún sin conocerse del todo. Farfisa estaba haciendo un negocio con alguien al que nunca ni siquiera había visto. Sin embargo, una confianza mutua se apoderó de ellos por un tiempo. Eran dos humanos con pocos recursos, y esta confianza estaba cimentada en sus propias miserias. Cuando la bolsa número 20 atravesó la rendija y la última moneda hizo lo propio, se saludaron y se fueron, el vendedor más para afuera, Farfisa más para adentro.
Cuando se quedó solo, miró las bolsas y decidió que estas bolsas, para que pudieran lograr el objetivo de sus cortas existencias, debían ser llenadas. Él debía ayudarlas. Qué actitud más filantrópica es tratar de ayudar a alguien de quien se sabe, a priori, que no va a dar ni siquiera las gracias. Nadie se iba a enterar que él había ocupado tiempo, dinero y esfuerzo en ayudar a estas intrascendentes bolsas, nada más que por el simple hecho de ayudar a alguien. ¿Acaso el mundo debiera enterarse de los buenos actos? ¿Acaso es necesario salir en los medios para que una buena acción realmente lo fuera? Farfisa pensó que quizá una buena acción no debía trascender, ya que si eso ocurría dejaba un poco de ser una buena acción. Incluso se convertiría en una acción con fines egoístas, el fin de que se la conozca. Por otra parte, tampoco sería bien intencionada su actitud si llenaba las bolsas con basura propia. Con esto, lo que en un principio era un acto desinteresado se transformaría en la utilización arbitraria de las bolsas para beneficio propio.
Entonces salió a la calle.
Caminó y caminó alrededor de su cuadra. No encontraba basura, salvo unos pocos excrementos de perro en una de las esquinas. Pensó en arrancar plantas que de inmediato serían desperdicios, en sentarse a esperar más perros con necesidades fisiológicas, en gritar como los vendedores callejeros “Compro basura usada”. Pero rápidamente desestimó todas estas posibilidades. En una de las pasadas por su casa, giró 90 grados en dirección a su puerta, que estaba allí, impidiendo el paso. La abrió y entró. Cortó en sentido vertical a todas las bolsas y luego las cosió, una por una, hasta obtener una gran bolsa de 3 metros de altura por dos de ancho.
Con delicadeza, llevó el bolsón artesanal hasta muy cerca del tramado de hierro receptor de bolsas de residuos más próximo a su domicilio, enclavado junto a un árbol. Se subió al mismo y comenzando desde su cabeza se fue embolsando, hasta que toda su humanidad era envuelta por el bolsón. Se acurrucó en el basurero, esperando que se lo lleven.
Al poco tiempo, desistió de la idea. Las bolsas no merecían este final. Las bolsas eran para contener basura verdadera, y él no era tal cosa, él a lo sumo sería un deshecho irreal.

Continuará…