Por Javier Arias

Qué herramienta tan inútil es la memoria. Aunque inútil tal vez no sea el término que estaba buscando, sino más bien defectuosa, conflictiva. Con un esfuerzo me veo sentado en el zaguán de esa casa de Ledesma, mirando la esquina lejana, esperando. Pero sólo es un pantallazo, una ridícula diapositiva que sé que esconde miles de otras que podrían sonorizar ese momento de mi historia que se escapa como burbujas contra la pequeña tapia de ladrillos a la vista.
Una sonrisa llena de pecas y dos trenzas coloradas en una esquina, sin movimiento, sin audio, sólo una sonrisa de pecas en una esquina.
El instante eterno mirando por la ventanilla de un auto hacia la plaza, estirando el cuello para espiar a ese chico caminando por la vereda, que no soy yo, pero podría.
Fragmentos cristalizados de una vida que pasó y que se deshace como niebla cuando trato de alcanzarla.
Cambiaría todas las películas que vi y que veré en toda mi vida por media hora de recuerdos encadenados.
Es que por más voluntad que uno ponga, y peor cuando más empeño nos exigimos, sólo recuperamos unos segundos de aquellos momentos, que aunque no hayan sido particularmente felices, o específicamente dramáticos, quisieramos atesorar nuevamente entre nuestras manos.
Ya no el primer beso, sino la primera vez que pensamos que queríamos dar ese beso. Ya no una Navidad con los abuelos que ya no están, sino ese momento mágico en que nos dimos cuenta que podíamos andar sin las rueditas y dimos la vuelta a la plaza sin que nadie nos vea, sólo ese sol que intuimos debe haber sido testigo, pero que esta maldita memoria selectiva nos amarroca.
Recuerdos que no son los hitos que han transformado nuestra vida, pero que tal vez, y sólo es una sospecha, nos han convertido en el hombre que hoy somos.
Si cierro los ojos todavía puedo evocar el sabor del alfajor de dulce de leche que mi abuelo nos tenía guardado cada vez que lo visitábamos en ese surtidor solitario que hoy la vida escondió detrás del progreso y la historia. Pero, al mismo tiempo se me escapan los colores, la calle, el ruido, sólo esas migas blancas que sorbía doblando el papel encerado.
Daría todos los libros que leí y que alguna vez leeré por un único poema que me cuente con detalles qué me decía mi abuelo cuando me saludaba debajo de su boina eterna y su andar quedo al compás de su bastón de plata.
La memoria es un mal amigo, es aquel que nos regala un brillo, cuando sabe que detrás de la espalda guarda un lucero. Es un mal tipo, que nos deja en la mesa de luz una pequeña esquela, guardándose la caja de cartas que nunca fueron enviadas y que sólo él puede ver. La memoria nos juega con naipes marcados, sabiendo de entrada que tiene la partida ganada.
Es que, sin dudas, sin remordimiento, sin dudarlo un segundo, daría todos mis recuerdos de destellos por recordar, como si fuera una proyección, uno sólo de esos momentos que hoy decoran mi pasado, como fotografías perdidas marcando la página de un libro que se extraviará entre todos las historias de mi vida.