Por Lazarillo de Tormes

Dicen que los momentos de crisis suelen exhibir lo mejor y lo peor de la sociedad, y, por ende, de las propias personas que la integran; cuando se habla de crisis económica, las consecuencias son tan diversas que el escenario resulta a veces difícil de determinar, a menos que ocurriera un estallido social, como varias veces ha sucedido en nuestro país.
Sin embargo, cuanto se trata de un vital elemento como el agua potable, la necesidad prima sobre las cuestiones cotidianas, más aún, en los casos de aquellas familias numerosas y con varios hijos, donde la falta de suministro ha sabido alterar la rutina cotidiana de manera inmediata.
En este escenario, varios episodios han “marcado la cancha” en lo que a la solidaridad y la falta de ella se refiere; en principio, por las diversas campañas de ayuda que, desde las ciudades del Valle, tuvieron como objetivo cobijar a los vecinos de Comodoro Rivadavia, afectados por el temporal, muchos de los cuales perdieron, literalmente, todos los bienes materiales de los que disponían.
Por el otro, las intermitencias en el abastecimiento a través de la red de distribución de Puerto Madryn, y la presencia de camiones para que los vecinos puedan servirse de algunos litros de agua a diario, han generado un inevitable contexto de angustia, preocupación y mal humor en la población; tal es así que, desde la propia Policía, se resolvió custodiar varios de los lugares donde los vecinos concurren con recipientes para almacenar agua, atentos a que “la cosa no pase a mayores”.

¿De quién es la culpa?

En otros puntos de la ciudad, la situación se padeció desde lo institucional-comercial; a pesar de que la mayoría de las grandes cadenas de supermercados continuaron vendiendo agua potable en bidones (en algunos se permitía “hasta cuatro por familia, por día”), varios fueron los vecinos que acusaron una importante remarcación de precios en comercios locales, donde el precio de la botella de dos litros llegó a oscilar entre los 35 y los 45 pesos.
La primera reacción, porque la cultura propia de la sociedad obliga a encontrar culpables antes que un tribunal de Justicia, sería señalar a aquellos comerciantes que habrían querido lucrar con la necesidad de sus conciudadanos, una actitud moral y éticamente cuestionable desde tiempos remotos, cuando “donde había una necesidad, nacía un derecho”, hasta los tiempos actuales, donde ante una necesidad, puede nacer “un buen negocio”.
Uno de los comentarios que circuló en boca de comerciantes, principalmente del ejido céntrico de la ciudad, es que quienes incrementaron el valor del “vital elemento” fueron los propios distribuidores (no todos, sino algunos), motivo por el cual estos debieron optar por comprar la mercadería a un precio elevado y venderla a un precio aún mayor, o bien adquirirla a un costo oneroso y perder dinero, vendiéndola al precio regular.
Por esta razón, varios de los mercados de barrio y despensas hoy carecen de botellas y bidones de agua: “Me critican porque no tengo, pero si tengo que vender agua, me van a criticar por el precio; antes que comprarla carísima y tener que venderla todavía a un precio más alto, prefiero directamente no comercializarla”, mencionaba el encargado de un almacén de la zona céntrica.

“El agua es un caos sensible”

En definitiva, que haya o no agua en los hogares, que vuelva más temprano que tarde, tampoco es excusa para “hacer agua” en lo que infiere a los ciudadanos frente a sus responsabilidades, las cuales en dichas circunstancias se reducen, más o menos, a no derrochar el “vital elemento”, evitar regar las plantas, bañarse en tiempo récord y ser un poco más humildes al tener que modificar la rutina diaria, al menos por un tiempo. Ello, sin caer en la indulgencia, dado que ya habrá tiempo para señalar responsabilidades y bregar por aquellas inversiones que, al momento, evidentemente no se habían realizado.
Todo podría resumirse con la frase de un funcionario de una cooperativa del Valle, aclaramos que no es de Puerto Madryn, quien había señalado algo así como que se estaba frente a un hecho climático extraordinario, “un temporal que no se veía hace 20 años”; prueba contundente, si se lee entre líneas, de que en las últimas dos décadas, atentos al crecimiento demográfico de la provincia, debiera haberse llevado a cabo una serie de obras para que, veinte años más tarde, el pasado no nos juegue una mala pasada y se transmute en el presente.
Ya habrá tiempo para plantear eso; mientras tanto, como dicen por ahí, “el pescado conoce el agua cuando lo sacan de ella”; así como solemos comenzar a apreciar tantas bondades cotidianas, cuando nos encontramos privados de las mismas.