Por Javier Arias

Se miró las manos, tomó la cucharita y comenzó a revolver por enésima vez el café ya helado. Lo miraba ya un poco perdida la paciencia con que había iniciado la conversación. Volvió a dejar la cucharita prolijamente sobre la servilleta de papel, levantó la vista y me miró.
– Ya pasaron mil años, no entiendo por qué…
– Justamente, porque pasaron mil años y ya nada puede pasar.
– Siempre puede pasar, dos días, mil años, una vida, hay cosas que mejor dejárselas al puto San Pedro.
Volvió a mover los dedos en dirección a la cucharita, pero se los detuve de un manotazo, tal vez con demasiada violencia. El pocillo se estremeció y volcó un poco de café sobre el plato.
– Levantás esa cucharita de nuevo y te la va a tener que extirpar un cirujano maxilofacial. Dejate de dar vueltas, tampoco tengo toda la mañana para quedarme en un bar bancándote tus manías.
– En serio que no entiendo para qué querés remover toda esa mierda, pasaron mil años y ya no queda nadie vivo que le interese.
– No me vengas con esas estupideces, estamos vos y yo, ¿o no?
– Vos estás, no hay dudas, yo apenas sobrevivo, y me gustaría seguir en estas condiciones.
– Vas a seguir, vos mismo decís que ya no queda nadie como para cambiarla.
– Hasta los muertos me pueden cagar la vida, especialmente los muertos, mirá, mejor lo dejamos acá, hacé de cuenta que no me encontraste, que te tomaste otro subte y jamás me viste en ese andén de mierda y que yo no estoy, nunca estuve…
Levanté los dos brazos y le agarré la cara por ambos lados, la tacita voló por los aires, rebotando estrepitosamente sobre las baldosas sucias del café. La pareja de la ventana levantó la vista pero cuando me vio los ojos siguió en lo suyo. El mozo sólo atinó a levantar la vista del mostrador, pero no movió un músculo. Apreté un poco más las manos, su piel se enrojeció al instante.
– Voy a ser claro, vos no te levantás de esta mesa hasta que no cantás como el buchón que siempre fuiste o te juro que me va a importar un carajo esa parejita de ahí y el gallego que hace que no nos mira, si no me decís lo que quiero oír olvidate de eso de sobrevivir y una mierda, te voy a llenar ese traje berreta que tenés de tantos plomos que te van a vender por kilo en un mercado de pulgas, ¿me entendés?
Hizo un gesto de asentimiento entre mis manos. Lo solté y me acomodé el saco. El se pasó una mano por la mejilla.
– Cuando querés sos bien melodramático, eso te pasa por todas esas películas que mirás.
– Y, aprendo rápido, ahora dejá de darme vueltas y hablá.
– Roberto nunca supo nada, la que manejaba todo era Yamila, la jermu, que se había recibido de contadora conmigo. Roberto era un perejil, un idiota, creía que la plata venía de ese estudio pedorro de la calle Viamonte y que él era el único que se movía a su esposa. Pobre, ahora me da un poco de lástima, pero en ese momento nos cagábamos de risa con la Yamila cuando llegaba de la oficina y yo estaba en la cocina calentándole la pava para el mate. Primero agarramos un par de colegios de la zona sur. después le encontramos el gusto a la guita y empezamos a distribuir en un par de boliches. Después entraste vos, con lo de la cooperativa, no sé qué más querés que te cuente…
– Todo.
– Roberto empezó a sospechar al tiempo, te digo que era un perejil y un idiota, pero hasta un idiota se termina dando cuenta. Le hizo un par de preguntas a la Yamila, hasta me encaró una noche en la puerta del departamento. Obvio que no le dijimos nada. Pero no se quedó tranquilo, empezó a revisarle los papeles, a hacer preguntas, hasta fue al estudio de Viamonte. Una cosa llevó a la otra…
– Y los cagaste matando a los dos.
– No, ese día yo había estado con el Turco, que en paz descanse, en el kiosko del otro finado en la avenida Gaona. Llegué con la bolsa de la semana y me los encontré a los gritos en el cuarto. Ella en bolas y él con un chumbo que vaya uno a saber de dónde había sacado y otro tipo hecho un desastre de sangre en la cama. Ahí me di cuenta que yo no era el único pata de lana en esa casa. La cosa es que Roberto estaba sacado, la Yamila se le abalanzó pero él disparó dos veces más y ella cayó como una bolsa de papas. Justo ahí se dio vuelta y me vio. No pensé mucho, tampoco daba para andar explicando nada a esa altura. Quedó tirado con un agujero del 45 en medio de la frente.
-El de la cama era Ramírez…
– Exacto, era Ramírez.
– Y te llevaste la guita.
– No, si la iba a dejar para que la cana le pague el entierro a esos tres.
– ¿Y la otra torta? La que habíamos arreglado con Ramírez…
– ¿Vos creés que si me hubiera quedado con eso me hubieras encontrado en el subte?
– Si vos no te quedaste con esa guita quiere decir que…
– Siempre pensé que te la habías llevado vos, es más, te busqué y como nunca más te vi pensé que te habías pirado a una isla con tres locas de por vida.
– Nunca supe dónde la había guardado Ramírez…
Sus manos volvieron a jugar con la cucharita. Seguía mirando el mantel. Pidió otro café. Lo dejé que se lo tomara solo. Me fui caminando en silencio. Afuera llovía de nuevo.