Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Uno llega a una edad en que o hace dieta o asume definitivamente que el único crecimiento posible será el longitudinal. Y aunque la creencia popular le adjudica esta afición estéticoculinaria estrictamente a las mujeres, somos unos cuantos los que vamos rebotando de régimen en régimen, y nunca mejor utilizado ese verbo. Y así nos vamos enterando cuántas calorías tiene una manzana, cuántos carbohidratos podemos consumir y qué cornos es una proteína. Información tan alejada de nuestros intereses como la conformación de la corteza de Saturno, pero bueno, que si la naturaleza no ha sido benigna con nosotros, por lo menos vamos a dar pelea con lo que podamos.
Es así, fiel lector, que uno empieza a mirar con otros ojos la góndola de verduras del supermercado, quitándole tiempo a la de vinos y a la de ferretería. Y también comienza a enterarse de algunos datos, que por desconocidos, no dejan de ser interesantes. Como ser que el ajo favorece a la memoria, también es bueno para la defensa contra las infecciones, invaluable en lograr un mayor equilibrio del sistema nervioso y hasta colabora en el buen estado de la piel; una barbaridad el ajo, mire usted. Además es considerado como arama contra el colesterol y antibiótico natural. Eso sí, si cree que tiene una infección, querido lector, mejor vaya a ver un médico y no se automedique con cuatro cabezas de ajo cada seis horas, porque además de seguramente no mejorar, va a oler muy, pero muy mal.
Otra historia interesante data del siglo XV, y cuenta que cuando las papas llegaron de América fueron consideradas venenosas. ¡Vade retro, papa del demonio! Hasta que Parmentier, un farmacéutico francés, se encargó de promocionarlas durante el reinado de Luis XVI y de ahí hasta las papas a la francesa no pararon. Las que sí nomás eran venenosas eran las zanahorias. Tan naranjas, tan bonachonas como se las ve en estos días, se trataba de una hortaliza de lo más peligrosa. Así fue como hortelanos franceses y alemanes fueron, mediante una paciente selección y diversos cruces, neutralizando su ponzoña y finalmente obtener esta rica y vitamínica raíz comestible.
Por otro lado es bien sabido que el chocolate fue uno de los descubrimientos más sabrosos de la conquista de América, más precisamente de la península de Yucatán, donde los aztecas lo preparaban de diversas formas. El cacao, en esa civilización americana, hasta era utilizado como elemento de canje, considerando a las semillas como verdaderas monedas; tan verdaderas que hasta tenían falsificadores. El asunto era que estos buenos señores, más amigos de lo ajeno que de lo propio –que en todos lados se cuecen habas, aunque sean la mar de desagradables- agarraban las semillas, vaciaban el cacao de su interior, lo rellenaban con barro y salían a reventar el mercado. Y en esa época no había luz ultravioleta que valga, “cachuachihiua” las llamaban a estas falsas y emlodadas semillas.
Otra plantita de lo más generosa es la uva; según dicen, gracias a su excelente fuente de antioxidantes, es capaz de luchar contra el envejecimiento y los procesos inflamatorios. Eso sí, nada de dejar el hollejo y las semillas, la idea es comer las uvas con su piel y masticar bien las semillitas, por más asco que le de a uno. El que quiere celeste, que le cueste, o como decía la tía Carlota, que mezcle azul y blanco.
Con los higos es otro cantar, se conocen hace pila de años; ya Platón era un amante ferviente de estas brevas, de hecho en algunos lugares del mundo, dada esta anticuaria predilección, los higos son conocidos como el “alimento de filósofos”. Aunque si hablamos de antigüedad, las palmas se las llevan las castañas. Estudios recientes demostraron que ya se consumían en el Paleolítico.
La historia de cómo se descubrió el queso creo que ya la conté; la de ese viajante árabe, que transportando leche en bolsas de piel de cordero, después de unos días quiso tomar un trago y se encontró que el bamboleo, la temperatura y el tiempo la habían transformado en el manjar que hoy todos conocemos. Pero el yogurt tiene una historia más reciente, comenzó a comercializarse como medicamento a comienzos del siglo XX, cuando el biólogo ruso Ilia Metenkoff, investigando las causas del envejecimiento prematuro de los seres humanos, descubrió que en el intestino humano existían bacterias que producen putrefacción, pero que este problema no existía entre los centenarios habitantes del Cáucaso y de otros lugares que tomaban leches fermentada.
Y así uno va, adelgazando y aprendiendo, que tampoco es poco.
Los helados, de la China; el pan fermentado, de los egipcios; y las pastas, las pastas no engordan, el que engorda es el que las come, ¿no?

Nota del autor: Información recogida de la página http://patilandia.bligoo.com