Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

A ver, yo quería escribir esto con mucho más tiempo. Sentarme, servirme un café, poner un poco de música, si es posible ese disquito que conseguí con los hits de Earth, Wind and Fire, aunque Disney haya hecho estragos con un par de temas de la mano de ese pingüinito de pies alegres, cerrar la puerta del estudio y dedicarle un par de horitas a este, nuestro encuentro semanal. Pero, no siempre salen las cosas como uno quiere, ¿no, fiel lector?
Porque al principio, cuando no las encontré en su lugar, me dije que podían estar en uno de los estantes de la biblioteca. Pero tampoco estaban ahí, lo que me llevó a pensar que podrían estar en algún bolsillo, pero no, tampoco, rebusqué en camperas y pantalones sin éxito. Ya a esa altura las posibilidades eran inconmensurables, como la de que mi pequeño párvulo de dos años las hubiera agarrado y dejado en cualquier, y cuando digo cualquier, lo hago con la mayor literalidad de la palabra, lugar de la casa.
Usted, querido lector, ya debe haberse imaginado a qué me refiero, sí, ¡dónde están las putas llaves! fue el grito mil veces repetido que se escuchó nuevamente en mi hogar. Estoy completamente convencido de que las llaves, junto a los controles remotos, y en menor medida, los celulares, son adminículos con cierta conciencia y vida propia, lo que les permite alejarse furtivamente de nuestras miradas y ocultarse en los escondrijos menos pensados. Eso o efectivamente existen los duendes, una de dos. Porque no puede ser que siempre desaparezcan por arte de magia y luego retornen a nuestra terrenal existencia como si nada extraño hubiera pasado. Si hasta una vez encontramos las llaves del coche al fondo del tacho de basura, por favor, no me pregunte cómo se nos ocurrió buscar ahí.
Un buen invento sería que los controles y llaveros tengan ese timbrecito que tienen los teléfonos inalámbricos, que uno aprieta el botón en la base, que está enchufada a la pared, y el coso empieza a sonar avisando: “¡Estoy debajo de la revista al lado del inodoro! ¡Ey, sáquenme de acá!”. ¿No sería genial?
La cosa es que para cuando por fin encontré la maldita llave del estudio ya era tardísimo como para andar meditando mucho, no me hice el café, a la miércoles con Earth, Wind and Fire y los cuarenta morochos que cantaban en los coros y me tuve que sentar a las apuradas para que esta columna no quedara en blanco, así sin nada, que eso no queda bien en un diario que se precie.
Y como el tiempo me lo consumí en poner toda mi casa patas para arriba –la que tendré que volver a ordenar cuando termine esto, válgame dios- voy a tirarle por la cabeza un par de datos rápidos que son muy ajustados a esta ingrata situación que estoy viviendo.
Empecé investigando a quién podía echarle la culpa de mis problemas y terminé descubriendo que, como la mitad de las cosas que conocemos, las cerraduras las inventaron los chinos, cuándo no. Hace más de cuatro mil años estos tipos descubrieron que con cerrojos la gente afanaba menos, ¿o se pensaba que la sensación de inseguridad es propiedad de nuestros tiempos?, después su uso se fue extendiendo primero hacia Egipto y Babilonia, y después a lugares tan distantes como Japón y Escandinavia. Aunque el cerrojo más antiguo que encontraron es un dispositivo egipcio con llave fabricado en madera, descubierto en las ruinas de Nínive, en la antigua Asiria.
Lo de la cerradura y las llaves metálicas, tubulares y con una paleta en su extremo, son recién un aporte del Imperio Romano. Los que también idearon “la vuelta de llave” como sistema de seguridad en los cierres. Pero no se quedaron ahí, parece que a los romanos le gustó eso de andar cerrando puertas, porque también crearon la miniaturización de estos artilugios, los necesitaban para cerrar las pequeñas cajitas donde guardaban los venenos destinados a sus adversarios, creaciones especializadas que le dicen.
En la Edad Media los artesanos se dedicaron más a las formas que al contenido, porque sólo se dedicaron a agregarles relieves y perforaciones, más dirigidas al diseño que al funcionamiento, lo único que se agregó por aquellos años de príncipes y caballeros fue el pestillo.
Ya en nuestra época se esmeraron en crear infinidad de posibilidades para cerrar las cosas, los mecanismos de cierre son electrónicos, muchas veces utilizando un rango de frecuencias para su ejecución, complejos algoritmos y códigos encriptados. Si hasta algunas llaves se diseñan a través de la fabricación asistida por ordenador gracias a la tecnología láser, consiguiendo así elementos únicos e irrepetibles. Sin contar los detectores de huellas dactilares, dibujos en el iris, y hasta el ADN.
Pero lo que es ayudarme a mí a encontrar mis llaves, ni ahí, me cache en dié.

Nota del autor: Datos extraídos de las páginas web http://www.cienciapopular.com