Por Juana de Arco*

Los que sobreviven al rigor de la tierra y sus tempestades, aprenden o aprenden, y así ayudan a dar un paso en la adaptación de la especie recalculando el rumbo a costa de cachetazos. Esas experiencias siempre se trasmiten, porque si algo entra en la memoria colectiva son las malarias colectivas incontrolables, como los terremotos o los tsunamis. En ese proceso de aprendizaje, el relato mágico es por excelencia la grabadora comunitaria, por tratarse de un apredizaje dialógico y casi siempre con vetas divertidas a la luz de otras circunstancias.
Es por eso que en Chubut, largos y duraderos serán los relatos sobre esta temporal que nos sopapeó en las comodidades, nos desahució en las pertenencias, y nos puso a discutir de obras y prioridades públicas de un hondazo.
En esta oportunidad encaramos este relato que nos ocupa sencillamente por una cuestión de tiempo y de aporte a la historia. De tiempo, porque creemos que le quedan otros 30 años (ya que esta mas relajado en cámara) para que un autor ahora en boga como Raúl “Bulín” Fernández, resignifique lo que pasó, tras su obra primigenia “Memorias de un militante” con el que sintetizó diestramente los aconteceres del Esquel de la despiadada dictadura militar. Es por eso, que es pa´ darle tiempo al cordillerano, que si el hombre hubiera participado de la revolución cubana y teníamos que esperar su obra, le aseguro que aun no se conocería al Che Guevara.
Y se trata de un cuento verde, no por las barbaridades que mas de uno se debe estar imaginando, sino, porque esta semana otro ensayista relató la historia, pero contando una ´epopeya´ casi heroica acodada a la fe. Un intento del ex diputado José Karamarko, que sin el contrapunto de un Risso, es como una vedette sin senos: pura bijuterie. Igualmente un relato valorado, pero sin madurar, entendiendo que desde la ortodoxia peronista resulta desconocedor absoluto del valor del peronismo revolucionario “generando las condiciones propicias para el desarrollo de la guerrilla rural en la meseta patagónica”, que es lo que fue la cruzada que vivieron el ex comandante Jerónimo García (ahora Peruzzoti civil), el medalla de honor comisario de la policía del Chubut, Honorio Muñoz; y el defensa civil todo terreno Miguel Mongiliardi, tres experimentadísimos verdes chusoteaneos con pulsera tatuada, que le hicieron honor a la Orden de Mario: “caminar el territorio”, literalmente. Treinta kilómetros más menos debieron patear en el barro y a la luz de los celulares a falta de linternas, luego de caer de trompa en un zanjón la camioneta en la que se desplazaban por querer cortar por un camino de tierra bajo condiciones climáticas extremísimas, pero confiados en un asesoramiento de otros circulantes que al final, los mandó casi al muere. Venían de Las Plumas y Cerro Cóndor de ver como estaba la cosa y llevar algunos víveres, y prefirieron enfilar hacia Camarones por cuestión de distancia, pero también de polleras.
Es que allá la cosa estaba áspera y la joven intendenta que mantiene el bastión de Simón de Alcazaba y Sotomayor, estaba con el agua al cogote y sin logística experimentada. ¿Cómo le iban a sacar el cuerpo entonces a la dama, un revolucionario literario, un policía que siempre le puso el pecho a las balas y un vaqueano adiestrado para emergencias civiles? Que además evaluaron -in situ- la situación política y sus consecuencias, ya que si a la Loyola se le ahogaba alguno, corría riesgo de no repetir mandato en 2019. Es que la alcaldesa llegó al sillón por una diferencia de votos de 30 cristianos, y todo suma. Bue, así la cosa, con esto se cierra el porqué del origen de la ´epopeya´, y pasamos a la peripecia en sí. Que a decir verdad, fue más psicológica que física, porque terminaron todos sanitos y salvos, al fin y al cabo, un mérito de entrenamiento que lucieron los tres sextagenarios que entraron en acción y demostraron sus dotes intactas para ir al frente de batalla, logrando el mérito de dejar plantado el principal Comando de Resistencia al Cambio Climático en Chubut.

Tres mosqueteros que fueron cuatro

Foto: Camioneta enterrada hasta el eje, las puertas ni abrían, llovía fuerte, se hizo la noche y el camino amagaba a hacerse río. Ergo…o caminaban buscando una guarida, o se hundían con el barco con ruedas. A pie de elefante (por la cantidad de greda que se les iba pegando en los tamangos) y paso nada firme por los resbalones, senderaron los primero diez kilómetros. Cambiaron el aire, dimensionaron que ya no había vuelta atrás, pero no se veía nada para adelante, y aceleraron el paso hasta avanzar otros diez. Para entonces ya estaban absolutamente empapados y preocupados, sin línea de teléfono para pedir ayuda, ni gps, desarmados y a merced del enemigo: la lluvia imparable que creaba ríos en la sequía, lo que comenzó a darles la dimensión del riesgo efectivo que corrían. Y ahí entraron a batallar los nervios que sumado al cansancio les empezó a generar entre pánico escénico, calambres y visiones. Todo junto. Y menos mal. Es que dicen que el comisario se acalambró y debieron descansar, que en eso avistaron una manguera en una alcantarilla que consideraron abastecía algo o a alguien, que después de meter la pata en la alcantarilla les vino la ansiedad, que sumado a la falta de pastillas que se las habían dejado en los bolsos, produjeron en ellos algunas alucionaciones, que finalmente ayudaron a la solución. Por eso de que el soldado entra en acción al límite y buscando su propia supervivencia. La alucionaciones pasan a ser buenas, los expertos dicen que son “una proyección exterior de un objeto psíquico sensorializado”. Y fue cuando entraron a ver pumas, che. Así como se lo cuento. Primero uno, con los ojos brillando humedamente entre las matas y al acecho. Después un segundo que hasta alcanzaron a sentir la agitada respiración entre las sombras. Y finalmente un tercero, y ese sí que los asustó del todo, porque se contorneó cerquita, sumándose a los otros dos en un cuadro aterrador. Pese a que Honorio siempre creyó que eran perros, había una remota posibilidad que los animales se desplazaran ante la inundación evidente del campo, y efectivamente estuvieran siendo rodeados por tres pumas, uno para cada uno pa´colmo. Esta es la parte donde los narradores seguramente disentiremos. Porque yo digo que no fue obra de Dios como dice karamarko, sino del cagaso, que los llevó a correr y divisar la casilla de Vialidad Nacional. Una isla en la tempestad que debieron tomar por la fuerza: rompiendo una ventanilla, por donde aun no se sabe como –y ahí sí apelo al milagro-, entraron tres tipos de los portes de Honorio, Miguel y Jerónimo (en ese orden, para mantener la rigurosidad histórica).
Era el principio del renacimiento. Descansaron, se secaron como pudieron algo las ropas y con lo que había se cocinaron unos fideos. Al día siguiente dicen que un puestero que cubría dos estancias por el mismo precio, vio a lo lejos nomás, que la casilla se movía. Fue cuando al acercarse olió los fideos y supo que había cristianos adentro. “Santa María Purísima!”, grito como pa anunciarse. Y de adentro ni un “Amén”. Ahí supo que mas que cristianos eran políticos, y que eran nada menos que un diputado, un asesor y un militante! Fermín Urrutia pensó dos cosas, o apuraron las elecciones, o esta tormenta realmente se va a poner fiera pa´ que estos estén acá. Y no le erró ni en una ni en otra.
Cuatro días y sus respectivas noches Fermín fue el hacedor de un salvataje largamente agradecido, aunque igual le comieron y le tomaron todo. Acomodados como pa´quedarse, ya instalados en la casa del puestero y al son de la verdulera con variedad de temas (pero no de notas musicales), y tras reiterados relatos donde el gaucho daba a entender cuan precaria le hacen la vida los terratenientes al hombre de campo, pese al agradecimiento que expresan por sus rurales dedicaciones, que nunca se materializan en derrame para el proletariado, y viendo que el entendimiento político es de muy bajo vuelo como perdiz que la roza una Amarok; Fermín sugirió buscar la señal de teléfono en la cabina, un alto que quedaba a una tres leguas a ver si les apuraba el tranco. Y a caminar se ha dicho, pero como el paisano tiene dos tiempos, fue que casi llegando les comunicó que solo había señal de Claro. Y saben que? Todos tenían Movistar. Menos él, que se recotizó nuevamente, aunque todos temblaron al no tener claro si le alcanzaba el crédito pa terminar de explicar lo que sucedía. Fue un poco por estas señales, de fe porque a esa altura ya todos eran devotos conversos, o incluso a los intentos del BLU de Miguel, que al final hubo mei dei y lograron el esperado “Houston, estamos en problemas”. Al día siguiente llegó el avión y rescató, en orden de mérito y de jinetas, y porque venía con otros evacuados, primero, al comandante García. Los otros no se amargaron mucho porque tuvieron tiempo de comerse también el piche que Fermín cazó después de venir de darle de comer a las gallinas del otro puesto. Y le salió blandito blandito, porque le calculó el tiempo con su reloj nuevo. Cuando fue izado el último de los ‘mosqueteros’ rumbo a Rawson, Fermín además tuvo la deferencia de recuperarle los bolsos y alcanzárselos hasta Trelew, a su casa que tiene en un humilde barrio, y donde no vive muy diferente que en la nada de la estepa, donde aprendió a pagar de su bolsillo la dignidad que da el farol, porque la vela es pa´ muertos. Ésta, señores, es la verdad de la milanesa de uno de los tantos eventos que ocasionó el temporal, y que podemos contar con una sonrisa, porque podría haber sido una tragedia…sobre todo si el avión no llegaba y estos tres se le aquerenciaban a Fermín. Un hombre que generó las condiciones para el primer bunker anti Cambio Climático, y que por eso pasará a la historia chubutense como el “Comando Fermín Urrutia”. He dicho…

* Soy Juana de Arco, amiga de Juan de la Sota, fiel del Furia, seguidora de la Sombraonline y ceniza de tantos…