Por Carlos Alberto Nacher
cnacher1@hotmail.com

…Ella continuaba mirándome mientras me hablaba o mientras esperaba mi respuesta. Su rostro parecía negar lo que sus palabras afirmaban. Me miraba con una expresión distante y apasionada a la vez. Yo estaba extenuado. No podía seguir sosteniendo su mirada, era muy profunda y brillante. El color de sus ojos era exactamente igual a lo que en ese momento miraba. Eran como un espejo donde la luz rebotaba y el objeto mirado se reflejaba en ellos. Tan cerca del mar estábamos, que sus ojos por momentos eran azules mientras ella miraba a través de la ventana. Cuando se volteó para hablarme, la tenue oscuridad del bar tiñó a sus pupilas de una coloración cercana al negro. A medida que íbamos conversando, su expreso desinterés hacia mi, dicho esto por ella sin sacarme la vista de encima, pusieron a sus ojos grises, quizá reflejando mi opaca existencia hasta ese momento y en lo sucesivo.
Sin sentarme ni acercarme, volví a arremeter.

“Pero, cómo puedo no interesarte si no sabés quién soy.”
“Ya te vi, no te digo, ya sé quién sos. Si lo hubieras pensado un poco, ayer hubieras seguido caminando sin detenerte y yo entonces te hubiera amado. Pero no lo hiciste así, tuviste que mostrarte abiertamente ante mí, entonces ahora ya es tarde. Pero podemos seguir hablando, podríamos ser buenos amigos, ¿No te parece?”
“No sé. Anoche soñé con vos. Yo quisiera que me consideraras de otra manera. O al menos que lo intentaras.”
“Ya te lo dije, mis ojos son mi cerebro y mi alma. Estoy vacía por dentro, y solamente soy un reflejo de lo que los demás quieren. Pero no soy complaciente. Para qué querrías amarme a mí, ¿simplemente por mi mirada?. No llegaríamos a ninguna parte. Seamos amigos y así podríamos mirarnos cuando quisiéramos, sin necesidad de que eso significara algún compromiso escabroso.”
“Pero es que tus ojos… me dicen otra cosa” Esta última frase la pronuncié casi resignado, quitándole la vista.
“Mis ojos no hablan, nunca hablarán. Mis ojos son el reflejo de lo que vos quisieras. Ya te lo dije, creo. Pero yo sí hablo, y te digo que no insistas. Además hay otro hombre en mi vida.”
Al decir esto, rápidamente volvió a llevar su mirada hacia el ventanal, hacia el mar. Pero esta vez sus ojos no eran azules, sino verdes. Del lado opuesto, por la entrada del bar, apareció un hombre de unos 50 años, con un bastón y lentes negros. Tanteaba suavemente el piso y los objetos a medida que avanzaba. Se dirigió directamente hacia nosotros. Ayudándose de algún sentido que desconozco, se colocó a espaldas de ella y apoyó una mano en su hombro.
“¡Amalia! ¿Cómo estás?” dijo con una sonrisa.
Ella volvió a mirarme. Sin parpadear, con sus ojos paralizados en mi, contestó: “Bien, muy bien, Augusto.”
Entonces comprendí que no tenía nada más que hacer allí. Sin decir nada, me levanté y salí del bar.
Mientras me iba y el hombre ciego se sentaba en una silla a su lado, ella seguía mirándome.
En los días y las noches siguientes, permaneció en mí una sensación de que estaba siendo observado continuamente por alguien, tal vez por ella.
O, quizá, por alguna otra mujer que me amaba aunque yo nunca lo fuera a saber.

FIN