A 41 años del último golpe de Estado, sus consecuencias aún subsisten. Cómo hacer para conservar la memoria individual y colectiva por lo sucedido y al mismo tiempo no quedar atrapados en un estado de dolor permanente. Lo analiza el sociólogo Daniel Feierstein, especialista en genocidio.

Las incesantes vueltas de todos los jueves en la Plaza de Mayo, las marchas que cada 24 de marzo manifiestan contra el olvido y el perdón, el trabajo constante para enjuiciar a los culpables, la búsqueda sin pausas de los entrañables nietos —hijos apropiados a los desaparecidos—, el recuerdo de familiares y amigos de las víctimas… Todo en busca de rescatar de un potencial olvido, y más allá de la efeméride, el drama que partió en dos la historia argentina. Pero ¿cómo ejercer el noble acto de la memoria sin que se vean afectadas otras instancias de la vida?

Lo explica Daniel Feierstein, sociólogo y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, investigador del CONICET, fundador y director del Centro de Estudios sobre Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, entre otros cargos a nivel nacional e internacional, y autor de El genocidio como práctica social. Entre el nazismo y la experiencia argentina (2007) y Memorias y representaciones: sobre la elaboración del genocidio (2012), entre otros libros y publicaciones:

“Distintas representaciones del pasado producen distintos efectos en las posibilidades de elaboración del mismo. Varias cuestiones son cruciales en este sentido para no quedar circularmente atrapado en el dolor: articular las vivencias con otros, comprender el sentido colectivo de las acciones sociales, traducir en acciones las respuestas ante el dolor, poder compartir dichas acciones con otros, idealmente con el conjunto social. De allí la importancia de la justicia, como instancia que permite la elaboración colectiva del trauma y la acción frente a las consecuencias del mismo”.

¿No recordar deliberadamente es un recurso saludable? ¿O es inevitable que, quizá inconscientemente, la memoria nos alcance a todos?

D.F.:- Jamás es bueno un intento consciente de olvido. Si el olvido es inconsciente, producto de la represión psíquica, a veces puede jugar roles importantes, en tanto preserva la subjetividad del recuerdo de hechos que nuestra identidad no hubiese podido procesar sin quebrarse en el momento en el que ocurrieron. Sin embargo, cuando dicho olvido es consciente funciona ya no como represión psíquica sino como renegación (bajo la brillante fórmula de (el psicoanalista Francés Octave) Mannoni de ‘lo sé y aun así…’. Ese saber que no permite actuar en consecuencia porque busca hacer como si no supiera, ‘olvidar conscientemente’, siempre ha sido negativo tanto para la identidad individual como para las identidades colectivas. Jamás la renegación produjo ninguna buena elaboración de las situaciones traumáticas sino que, por el contrario, nos ubica ante el mundo en una situación favorable a la repetición o la revictimización.

¿Cómo interactúan la memoria y la resiliencia?

D.F.: -Son dos planos distintos. La memoria se vincula a la capacidad de representarnos de distintas formas el pasado vivido. La resiliencia da cuenta de la capacidad del aparato psíquico de resistir los embates que pudieran destruirlo, aunque de todos modos hay distintos cuestionamientos en el plano de la psicología al uso de este concepto proveniente de la física.

¿Cómo funciona la memoria colectiva cuando las memorias individuales recuerdan de diferente manera los mismos hechos?

D.F.:- Las memorias individuales nunca están aisladas. Ya (el sociólogo francés Maurice) Halbwachs destacó que se inscriben en marcos sociales de memoria. Esos marcos son lo que se conoce como memoria colectiva y tiene que ver con sedimentaciones comunes de los modos de interpretar el pasado, que a su vez constituyen los límites dentro de los cuales se inscriben nuestras memorias individuales. Los marcos sociales de memoria se saldan en disputas por la hegemonía, las distintas interpretaciones del pasado confrontan en una temporalidad de mediano a largo plazo y van delineando los ejes de comprensión del pasado que una sociedad acepta como viables o que configuran el sentido común de una época.

¿Cómo se construye la memoria en aquellos que no vivieron los hechos por ser muy pequeños o porque no habían nacido? ¿Cómo se transmite de un modo “objetivo”?

D.F.: -No existe la objetividad en lo que hace a la memoria. Ni a nivel individual ni a nivel colectivo. Ni en los que vivieron los hechos ni en los que eran muy pequeños o no habían nacido. El pasado tiene varias interpretaciones posibles (no infinitas, porque debe sustentarse en elementos materiales, pero sí hay varios modos de articular esos elementos). Quienes vivieron los hechos contemporáneamente, pueden confrontar las interpretaciones con sus propias sensaciones subjetivas y evaluaciones en el momento de los hechos (aunque muchas veces incluso en los contemporáneos se dan situaciones de extemporaneidad). Quienes eran pequeños o no habían nacido, llegan a la disputa por las interpretaciones sin una evaluación subjetiva construida en el momento de los hechos, pero ello no implica que no se inscriban en esos debates y que no incidan en su construcción identitaria, muy en especial cuando se trata de pasados que juegan un rol fundamental en la constitución o destrucción o transformación de la identidad de un pueblo, como ocurre con las prácticas sociales genocidas.

¿Existe una especie de “trauma heredado” en quienes tienen memoria de la historia a partir del relato de quienes sufrieron el trauma en persona o por el contexto?

D.F.: – Por supuesto, esto está muy trabajado en distintos hechos históricos o en traumas familiares. La transmisión generacional no sólo opera en el plano verbal sino que es mucho más profunda en los planos no verbales. Un padre, una familia o una generación aterrorizada o traumatizada transmiten sin dudas esa experiencia pero no necesariamente en lo que dice sino en el traspaso de esos terrores, esas imposibilidades, esos prejuicios, esas limitaciones, a la generación siguiente. El problema de esta transmisión generacional del trauma es que por lo general no se tiene conciencia de lo que se recibe (precisamente porque no fue explícito) y requiere un trabajo muy complejo (pero a la vez potente) de diálogo transgeneracional para hacer surgir dichos elementos, para permitir verbalizarlos y asumir las consecuencias del terror en las distintas vivencias generacionales.

Por otro lado, ¿cómo se construye esa memoria cuando los hechos son definidos como “genocidio” o “guerra”, por ejemplo, según quien los refiera?

D.F.: – Las distintas calificaciones de los hechos dan cuenta de distintos tipos de interpretación de los mismos, de distintos modelos causales de explicación de lo vivido y, quizá lo más importante, de distintas implicaciones subjetivas. No es lo mismo representarse dos violencias más o menos equivalentes (la estatal y la guerrillera, lo que está en la base tanto de las representaciones de guerra como de las teorías de los dos demonios) que plantear el ejercicio de una sola violencia que buscó transformar la identidad de un pueblo, que es la base detrás de la calificación como genocidio en el caso argentino. A su vez, no es lo mismo plantear ese genocidio como afectando a determinados grupos políticos (los miembros de ciertos grupos de la izquierda armada) que observar sus efectos en la identidad de todo un pueblo (a partir de la destrucción de sus organizaciones gremiales, estudiantiles, barriales, entre otras). En ese sentido, incluso en la representación de genocidio, la discusión sobre cuál es el grupo afectado también produce efectos importantísimos en los modos de elaboración del terror. Eso queda totalmente claro en estos meses, cuando otras narrativas vuelven a la escena, buscando quebrar las representaciones que concebían a la violencia como un proyecto de transformación de la identidad argentina y vuelven a hacer aparecer dos violencias opuestas y simétricas, se sostenga o no la diferencia de la violencia estatal.

¿La idea de “hartazgo” frente a los juicios a victimarios de hechos del pasado es indiferencia individualista (“a mí no me tocó”, “en algo andarían”) o una especie de genocidio de la memoria colectiva?

D.F.: – Ni una cosa ni la otra, creo yo. No creo que haya un ‘hartazgo’ real sino que el concepto de ‘hartazgo’ constituye parte de una estrategia más amplia para revertir las construcciones que ha logrado el pueblo argentino en sus marcos sociales de memoria. Freud planteaba, en Análisis terminable e interminable, que nuestra capacidad de revisión y transformación de nuestra identidad es infinita. Raramente podríamos ‘hartarnos’ de dicho trabajo. Lo que puede llegar a ocurrir es que en ciertos momentos de nuestra vida consideremos que la síntesis a la que hemos llegado resulta funcional y nos hace bien y detengamos un poco ese proceso de interrogación. Si ese fuera el caso no se trataría de ‘hartazgo’. Se podría plantear que, con el juzgamiento de los responsables del genocidio y con su representación como destrucción y reorganización de la identidad nacional argentina, hemos llegado a un punto de equilibrio que nos permite elaborar algunas de las peores consecuencias del terror y que quizás debiéramos ceder el espacio a otros procesos de elaboración. Pero no es nada de esto lo que proponen quienes hablan de ‘hartazgo’, sino que lo que buscan es retroceder en todas estas conquistas y renegar de la experiencia genocida. Por tanto no hay ‘hartazgo’ alguno sino la propuesta de seguir interrogándose (de hecho es lo que hacen) pero clausurando las voces de las víctimas y recuperando las voces de los victimarios (supuestamente porque ‘no habrían sido escuchados’, como si las voces de víctimas y victimarios de un genocidio tuvieran el mismo valor ético o cognoscitivo). No se trata entonces de ‘hartazgo’ sino de una estrategia deliberada que busca utilizar ese concepto para arribar a una revisión revictimizadora y retraumatizante del pasado, en lugar de proponerse seguir avanzando en procesos de elaboración colectiva de las consecuencias del terror.

Fuente: revista cabal- Foto: Shutterstock