Javier Arias
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El tema del trastorno obsesivo compulsivo es una fuente inagotable a la hora de escribir guiones para la televisión y el cine; desde Jack Nicholson en Mejor Imposible hasta el actual y conocidísimo Sheldon Cooper que personifica Jim Parsons en Big Bang Theory, las manías de contar baldosas, lavarse las manos ochenta veces por día o golpear la puerta siempre la misma cantidad de veces es una estrategia por demás exitosa para los muchachos de Hollywood. Es que sin dudas es un terreno probadamente interesante a la hora del entretenimiento, más allá de los males que esta enfermedad psicológica acarrea a quienes la padecen y sus familias y conocidos.
Y como esta columneja lo que busca es que usted, atento y fiel lector, tenga unos minutos de solaz y entretenimiento sano y familiar, y considerando que los guionistas de series y películas yanquis la saben mucho más lunga que uno, vamos a tratar, lo más disimuladamente posible, de copiarlos sin ningún tipo de remordimientos morales y adoptar sus más miserables herramientas de seducción. Por ejemplo, y tomando una parte de los consabidos síntomas del TOC, hoy vamos a enumerar una pequeña lista de los objetos más asquerosamente roñosos con los cuales nos toca convivir diariamente.
Arranquemos por el más obvio y común de todos los objetos que tocamos cada uno de nuestros días, exactamente, la plata, los billetes y monedas. Si bien es uno de los elementos más requeridos de nuestra capitalista sociedad, tendríamos que considerar la cantidad ingente de gérmenes que tiene nuestro amigo billetín. Desde la imprenta, al banco, de ahí a una mano, y a otra y a otra, ¿y a quién se le ocurre andar lavándoselas para ir a comprar cigarrillos? Un mundo de bacterias a la orden del día, ¡llegaron a encontrar ciento treinta y cinco mil bacterias en un solo billete!
Segundo en nuestra lista podríamos poner a los picaportes, no hay otra forma para abrir una puerta que usar nuestras manitas…
En tercer lugar, como dicen tantas propagandas de limpiainodoros, vamos a colocar al trono de porcelana blanca, huésped de infinidad de bichos de distinto calibre.
Pero, escapándole a los lugares comunes, como cuarto elemento hediondo y lleno de insectos diminutos vamos a mencionar al carrito del supermercado. Y uno que se la pasa lo más divertido corriendo carreras entre los pasillos de las conservas. Ni pensar en el chiquito que aburrido sentado en ese asientito empieza a chupetear la manija de plástico… ¡Uácala!
Bueno, bueno, no se me ponga así, es verdad, lo del chiquito estuvo de más, una mala para mí, sepa disculpar el exabrupto, sigamos, circulen, circulen, que acá no pasó nada…
Vamos por el quinto puesto de cosas sucias que tocamos a diario, y salta uno que me dan ganas de dejar de escribir ahora mismo, el teclado de la computadora. A menos que usted sea de esas personas que meticulosamente se lavan las manos antes de ponerse a escribir y que además nunca preste su computadora a nadie olvídese de que esas teclas estén libres de gérmenes y virus de los más asquerosos. De hecho tengo un amigo que entre sus servicios informáticos tiene la limpieza de teclados, y obviando ciertas zonas del basurero municipal, creo que en ellos ha encontrado las cosas más ridículamente nauseabundas que usted, querido lector, se puede imaginar.
Puesto número seis, el teléfono celular. Varias investigaciones demuestran que los teléfonos móviles son un verdadero caldo de cultivo tecnológico para decenas de miles de gérmenes, principalmente debido al calor que generan, así como las bacterias que comparte con las manos y la cara.
En séptimo lugar está la llave de luz, y no la de mi casa especialmente, sino todas las llaves de luz, ¿cuántas veces se le ocurrió pasarle un trapo a esa perilla que acciona ni bien entra a casa cuando llega de la casa y de acariciar a ese perrito que vio en la esquina? ¿Y las esponjas de lavar los platos? Uno pensaría que justamente estarían libres de todo pecado, pero nones, son nuestro elemento ocho en esta lista impúdica. Siempre húmeda, llena de micro grietas, un lugar de lo más acogedor para esos bichos que ya comienzan a ponerme nervioso. Dicen que una solución es meterlas sesenta segundos en un microondas y que hasta le mejoran el olor, pero qué quiere que le diga, fiel lector, yo a esta altura desconfío de todo y en vez de meterlas al microondas estoy pensando en tirar todo al fuego purificador.
¿Y qué piensa si le digo que el control remoto está en nuestro lugar nueve de la roñosidad enlistada? Es medio lógico, ya que uno mientras come un sándwich pletórico de mayonesa al mismo tiempo le da a las teclitas hasta enganchar justamente la serie de Jim Parsons, y después lo agarra nuestro pequeño párvulo que acaba de volver del patio de jugar con tierra y así todo el día, toda la semana, todo el… ¡Basta!
En décimo lugar, como para acompañar a la maldita y envirosada esponja, tenemos a la pileta de la cocina, que, al parecer, por más que uno viva lavándola con detergente siempre anda con ganas de cobijar bicharracos varios.
Y sin alejarnos mucho, allí mismo en la cocina, descubrimos el puesto once, teniendo como ganadora a la manija de la heladera, una verdadera compuerta al traspaso de bacterias diversas.
Y para terminar, atento lector, no quiero dejar de mencionar nuestro último, pero no por eso menos asquerosamente pringoso elemento, la palanca de cambios.
Y hasta acá llego, porque en este mismo momento creo que algo se movió debajo de la tecla de la “e” y no pinso aprtarla más… Ahora cro qu stá n la “p”… O fu muy ráida o sto stá llno d bichos.
Nos vmos, hasta la smana qu vin, yo ya mismo voy a comrar un nuvo tclado.