Parte 2
Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

La semana pasada habíamos iniciado este camino por las curiosidades de nuestro cuerpo. Hoy, querido lector, quiero dejarle algunos datos más para amenizar sus tardes de este final de verano, que nos tiene entre asoleados días de playa e imparables tormentas de tierra, qué se le va a hacer, el que quiere celeste, que mezcle azul y blanco.
Y hablando de experiencias sensoriales sepa usted, estimado compañero de aventuras, que el cerebro, tan versátil él, puede habituarse a muchas cosas, entre ellas a los olores, incluso a los más horribles. Usted puede mudarse junto a una embotelladora de huevos podridos, que a la, digamos, semana, ya está como si no pasara nada, simplemente nuestro compañero de allá arriba desconecta el switch que corresponde al nauseabundo aroma y directamente dejamos de percibirlo. Aunque por otro lado sepamos que el sentido del olfato se hace más débil a medida que envejecemos, por eso, que si en Navidad el abuelo Rogelio no para de largar silenciosos pero apoteóticos gases intestinales, no crea que lo hace de jodido nada más, es que él ya no huele y cree que nadie se da cuenta. O sea, no lo llame más viejo asqueroso, con un viejo choto alcanza.
Pero, por favor, no lo haga en voz muy alta, piense que aunque no parezca, los niños tienen el oído más sensible que los adultos. Digo aunque no parezca porque dígame si no parecen sordos cuando uno los llama para sacar la bolsa de basura a la puerta. Eso sí, se les rehabilita milagrosamente todo el aparato auditivo cuando llega el circo a la ciudad y pasa con ese camioncito y los parlantes que usted quisiera transformar mágicamente en un revoltijo de cables.
Y hablando de herramientas contundentes, ¿usted sabe, atento lector, cuál es la sustancia más dura que puede producir un animal? Descartadamente no son ni las uñas de sus hijos ni la mirada de su esposa cuando llega tarde de una peña. No, es el esmalte que recubre a los dientes. ¿Será por eso que rechinan tanto cuando duermen nuestros púberes?
Pero si hablamos de competencias corporales anotemos que el músculo más chiquito que tenemos es el que maneja el huesito del oído, llamado estribo, y el más grande, el de la nalga. Algunos los tendrán más grandes que otros, pero eso es cuestión de talle, apenas un detalle. Dato que viene bien hilvanado con el saber que en el estómago caben entre medio litro y 2 litros de alimento. Acá hasta se podría hacer una regla de tres simple, uniendo la aritmética con la anatomía, relacionando litraje de alimentos y circunvalación de nalga.
También me entero que casi la mitad del agua que bebemos la expulsamos a través de la respiración, hecho completamente comprobable con mi último compañero de asiento en el colectivo quien debía de venir de tomar una palangana dosificada en hectolitros
Algo que me suena a cuento chino, por lo que apelo a la concurrencia con conocimientos acabados en neonatología, es leer que antes nacíamos con los ojos cerrados, como los animales, y hoy los niños nacen con los ojos abiertos. ¿Será porque en estos tiempos es mejor estar bien despierto de entrada?
Y volviendo a los adorables querubines, recuerdo cuando mi angelito recién nacido esperaba que le estuviera cambiando los pañales para largar el chorrito certero al ojo izquierdo. Llegó un momento que había adquirido tal práctica, que lograba cambiarlo de costado y con una mano protegiéndome la cara.
Es que por más que uno ame a sus retoños, todo tiene un límite y prefiere esperar un par de años para agradecer los regalos, aunque sean los corbateros hechos de arroz y escarbadientes. Porque una cosa es perfumarse y otra muy distinta es que lo meen encima a uno. Si bien los antiguos romanos no parecían hacer tanta diferencia, ya que los muy cochinos al parecer usaban orina rancia como loción capilar porque prevenía la caspa y mataba los piojos. ¿Qué quiere que le diga? Sigo prefiriendo a los piojos.
Así que ya sabe, amigo lector, si se sube a un colectivo en un día caluroso, este seguro que a la tercera parada ya se va a ir acostumbrando a tamaña y aromática humanidad. Que si esto lo molesta y rechina los dientes, está gastando la sustancia más dura de su cuerpo, y que si le llegan a pasar piojos puede llegar a casa y… No, mejor pase antes por una buena farmacia, que me dijeron, hay unas lociones matabicho alucinantes.

Nota del autor: Información recogida de la página de Caruso http://www.esloqueopino.com