Por Javier Arias
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En la prehistoria había en mi cuadra dos almacenes. En aquellos tiempos en que Palermo era sólo Palermo y no todos esos pedacitos de ciudades importadas con nombres paquetes, ropas caras y cervezas artesanales. Yo a veces iba a la plaza, pocas, pero cruzábamos las calles solos y no nos esperaban a la salida del colegio las camionetas estacionadas en doble fila.
Y nos mandaban a comprar pan, o cien de salame o huevos o harina. Hasta galletitas para la leche nos mandaban a comprar, pero no en paquetes, las galletitas se compraban en bolsitas. Uno se estiraba y miraba las cajas con escotilla que dormían en las estanterías y elegía. De esas con mermelada, un poco de esas con forma de anillitos, y si era domingo, los bastoncitos recubiertos que inexorablemente nos dejaban los dedos manchados de chocolate después de jugar a que los fumábamos como habanos.
Las que sí venían en paquetes eran esas chiquitas, para llevar al colegio. Hecho que dividía los patios en dos grandes grupos, los de Manón y los de Colegiales. Yo era decididamente del bando de las Colegiales, más azucaradas, más texturadas, mucho más atorrantas que esas Manón lisitas, lechosas y nenas de mamá.
Pero como decía, en mi cuadra había dos almacenes. Nada que ver con esos polirrubros que andan dando vueltas ahora, tal vez parecidos a esos minimercaditos, pero definitivamente mucho más familiares. Uno no sólo conocía al almacenero, conocía a la esposa del almacenero y a los hijos del almacenero. Y el almacenero, y la esposa del almacenero y los hijos del almacenero nos conocían a nosotros, entrábamos y nos saludaban por el nombre, preguntaban por mamá, por papá y hasta por la tía que sabían había estado internada.
Pero, no quiero desviarme, en mi cuadra había dos almacenes. Y al salir a comprar la merienda, vaya uno a saber por qué, siempre optaba por uno de los dos. De hecho, yo me preguntaba cómo podía ser posible que hubiera gente que fuera al de al lado, sentía íntimamente que eran de otro planeta, que esos nueve metros que los separaban eran órbitas espaciales, una frontera infranqueable de costumbres, credos y modos de ver la vida. Pero, obviamente había gente que iba, sino no se entendían los años de prosperidad que se reflejaba en ambos almacenes. Con el paso del tiempo y a lo lejos comprendí que era como con los pastelitos de batata. Siempre preferí los pastelitos de batata, si había de ambos, los de membrillo quedaban desolados hasta que el hambre era más fuerte que las preferencias y recién ahí le entrábamos con mi hermano. Pero, si podía elegir, el de batata; hoy mis papilas han evolucionado y ya no soy tan talibán a la hora de comer pastelitos, pero cuando era chico sí, nada de membrillo. Debe ser algo genético, porque a Francisco, el menor de esta casa, le pasa lo mismo.
Igual que con los almacenes, salía de casa, doblaba a la izquierda y entraba en lo de don López, jamás en lo de don Tino. Hasta que un día, no recuerdo por qué, lo de don López estaba cerrado. Recuerdo esa sensación de desconcierto, esa turbación que me mostraba que el mundo podía no ser siempre como uno lo imagina, como uno lo espera. Con la plata en la mano miré un poco más allá, lo de don Tino estaba abierto. Entré con recelo, esperando que me cayeran monos y corsarios por la espalda. Los olores eran otros, como más ácidos, más encurtidos. Don Tino me miró y no me saludó por el nombre, me preguntó qué quería, hice la transacción lo más rápido que pude y me fui corriendo, como si se tratara de algo prohibido, casi como un pecado original.
Al tiempo, don López murió y su almacén con él, la familia no pudo sostenerlo, se transformó en zapatillería. En cambio, don Tino, que también espichó, sí dejó una herencia de trabajo almacenadoril. Su hijo lo sucedió detrás del mostrador y la cortadora de fiambres. Y yo, ya de grande, obligado por las circunstancias, empecé a comprar en lo de don Tino junior, quien nunca supo mi nombre ni yo, obviamente, el suyo.
Mi relación con don Tino junior nunca pasó de ahí, pero el olor seguía siendo ácido, encurtido.
Hoy ya no están ninguno de esos almacenes, yo tampoco vivo en la calle Salguero, pero cuando voy de visita miro las vidrieras de zapatos y recuerdo a don López y a don Tino, y me pregunto si ellos se conocían, si a la noche se juntaban para compartir un Cinzano, y si sabían de ese universo que habían creado, dos planetas orbitando en paralelo, uno de batata y otro de membrillo, dejando una estela de recuerdos de galletitas, de salame y de huevos.