Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Ahora que los atrapé con un título tan amarillista, sigamos con mi columna sabatina, ¿no se me va a ir justamente ahora, no?
¿Se acuerda de la rubia de blusa escotada de la semana pasada? ¿No? Pero, ¡qué vida agitada que llevan algunos! Bueno, no importa, como dicen, el mar está lleno de peces, y las historias curiosas se agotan y hay que recargar el bagaje anecdotario para seguir con esta dura actividad que es la seducción.
Y si bien tengo un par de ideas para regalarles, como la forma ideal para pelar papas hirviendo sin quemarse los dedos, esta semana les voy a contar algunas curiosidades animales, que tan bien caen en las veladas familiares y tanto éxito acarrean en las mesas femeninas, al ritmo de “¡Ahhhhh… Qué lindo!”
Empecemos por los osos, que son peluditos y mononos. Por lo menos en las fotos y en los zoológicos, donde están prudentemente atrás de una reja así de alta. ¿Sabían por ejemplo que todos los osos polares son zurdos? Yo tampoco, es que nunca vi a ninguno escribiendo una carta.
¿O que las estrellas de mar no tienen cerebro? Todo lo que hacen lo controlan por una red de nervios. Que si lo pienso un poco juraría que conozco un par de personas con esta particularidad.
Otra de osos, para no perder la ternura. El oso koala nunca bebe líquidos. Pero no piense que es por alguna promesa, sino que este estado de abstinencia se debe que todo el líquido que necesita lo obtiene al masticar hojas de eucalipto, las cuales están formadas en un cincuenta por ciento por agua.
Y siguiendo con los mamíferos de esas latitudes, veamos al canguro, lo asombroso del canguro, no sólo es que salta, que tiene una bolsa, las orejas, ni siquiera su tamaño, sino lo extremo de su crecimiento. Al nacer, no es mucho más grande que un poroto y al llegar a la edad adulta aumenta 60 mil veces su tamaño, lo que lo hace el animal que más crece desde el nacimiento a la adultez. Aunque muchos de mis amigos y yo mismo estemos tratando de refutar esto a fuerza de grasas y carbohidratos.
Pero esas cosas pasan en tierras extrañas y lejanas como Australia, un poco más acá, por ejemplo en Telsen hay una rana que cierra los ojos cuando traga. Que a decir verdad parece que lo hacen todas las ranas, no sólo la de Telsen, pero yo la vi a esa sola.
Y si bien nosotros tenemos a las ballenas francas, que son más que nada calladitas, dicen que el canto de la ballena azul puede alcanzar los 188 decibeles, más o menos tan estruendoso como un cohete espacial. Pero, como nunca escuché ni a una ballena azul y mucho menos a un cohete espacial, no me animaría a asegurarlo.
¿Y vio que dicen que la naturaleza es sabia? Bueno, ni tanto, el castor es una prueba que hasta la naturaleza se puede equivocar. ¿Vio que estos simpáticos bicharracos se la pasan talando árboles con los dientes? Dicen que pueden cortar un tronco de 25 centímetros de diámetro en sólo seis minutos. Pero no lo hace porque es simpático, sino porque si el castor no se dedicara a limarse los dientes de esta forma, estos crecerían hasta atravesarle la mandíbula inferior. Duele de solo pensarlo.
Dejemos al castor con sus problemas odontológicos y viajemos a África, a la tierra de los safaris y de las estepas. Allí podremos encontrar a diferentes felinos, entre ellos a los tigres, esos hermosos animalejos de rayas negras y amarillas. Y algo interesante de estos gatitos es que esas rayas no se limitan a su abrigo, también tienen la piel rayada. ¿Que no me creen? Le apuesto un millón de pesos a que si, pero con una condición, que depile usted mismo al mishino. Ni agarrándolo dormido, ¿no?
Y hablando de sueño, ¿sabía que las hormigas no duermen? ¿Y que la Jirafa duerme tan solo siete minutos por día y lo hace de pie? Después se me queja cuando suena el despertador a las siete.
Ahora una de sexo. Enhorabuena dirá usted, no, no se alegre que iba a hablarle de los quelonios. Si usted tiene una tortuga y nunca supo si llamarla Manuelita o Clodoveo, sepa que para descubrir el sexo de una tortuga se lo puede hacer reconociendo el sonido que hace, el macho gruñe, la hembra sisea. Eso si, si lo ven tirado en el piso diciéndole a la tortuga que le responda con un gruñido o un siseo, y después se despierta en un neuropsiquiátrico no me venga a reclamar a mí, que seguramente ya lo venían midiendo con la camisa de fuerza.
Pero, está bien, está bien, que si le hablo de sexo siempre se me pone así y si no le tiro un hueso después me anda reclamando. Les voy a contar algo de las almejas. Veo que el tema le interesa, ya se va acercando, es bueno saber que la almeja puede cambiar de sexo cuando se le antoje. Casi, casi como los humanos, y para hacerlos más parecidos aún parece que el cambio de masculino, que es como nacen, al femenino, sólo lo pueden hacer una vez. La operación es irreversible. No me pregunten por qué.