Por Marisa Rauta

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”, decía Borges para referirse con magnífica prosa a ese proceso mental y función clave de nuestro cerebro ocasionado por la conexión sináptica entre neuronas que nada más y nada menos, nos permite recordar.
Para recordar la memoria codifica, almacena y recupera, y lo hace por los sentidos, a corto y largo plazo, dicen los letrados. Según la teoría “lapsus de juicio absoluto” de Miller, en la memoria a corto plazo sólo podemos almacenar siete ítems, con una variación de aproximadamente +/-2, esto se debe a que la memoria a corto plazo tiene una capacidad limitada para procesar los estímulos que han sido generados mediante la percepción de un elemento determinado. Pero ojo. Una de las consecuencias más comunes de la memoria a corto plazo es la pérdida de los recuerdos, esa maldita enfermedad que se llama olvido.
Por suerte, también hay memoria a largo plazo, declarativa, procedimental, episódica, semántica, explícita e implícita. Se podría decir que es la que nos sostiene en realidad en nuestra vida y nos automatiza cosas lindas, como andar en bicicleta, y nos salva del virus del olvido, ayudándonos a sanar los dolores con la expresión, que es el arte de ser nos-otros.
Fue desde mediados de este siglo que comienza la consolidación del vasto campo multidisciplinar de los Estudios de la Memoria (Memory Studies), por culpa del olvido, y tambien cuando se empieza a reconocer que la expresión artística es una de las mejores posibilidades para algún cambio de paradigma, en la percepción de la memoria según contextos históricos, políticos y culturales que permiten muy pero muy acabadamente determinar lo colectivo. Es tal vez la soga más fuerte para tirar de los pilares de nosotros, instantes efímeros de felicidad pero también de la ausencia, el trauma, el olvido, la pérdida de la identidad, y porque no, de la post-memoria.
La creatividad no es la producción de algo completamente novedoso. La creatividad es la combinación de elementos que ya existían, pero se encontraban separados. Por eso aunque no sea original, es mágico, porque siempre une, liga, amalgama, fusiona, abraza.
Pensar el 24 de marzo, definido en nuestro país después de 41 años como el `Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia´, para conmemorar el aniversario del golpe cívico-eclesiástico-militar que se produjo en la Argentina en 1976, y donde se recuerda a los muertos y desaparecidos civiles como un gran escenario, es todo un cambio de paradigma.
Para los que olimos el hedor de la sangre silenciada y presentimos las mordazas de nuestros viejos, tristones sobrevivientes de un dolor colectivo irresuelto, tabú de sobremesas, posiblemente el único camino hasta hace poco, era el de la oralidad, sonidos atragantados de parcialidad, inasibles. Dicen los entendidos que por ejemplo cuando un emisor dice “permanencia”, el receptor entiende el sentido solamente cuando “nencia” está pronunciado, y el sonido “perma” ha dejado de existir. Toma existencia sólo cuando deja de existir, o sea… No se puede volver a percibir la forma exacta, tiene que ser repetida, porque lo oral tiene una limitación temporal, como el lamento, la orden, la protesta, el grito. A todos se los lleva el viento.
Para otros el camino alternativo que encontramos fue la escritura, ese desgarro del blanco con chorreo de negro que muchos adoptamos para codificar ideas y materializar la “segunda memoria”, como decía Barthes.
Pero hay más remedios y caminos, más masivos, más cálidos, mas amorosos. Están en el arte, que es un proceso creativo y sanador por excelencia y siempre suma.
Lo supieron y debatieron en todas las épocas: “el arte es el recto ordenamiento de la razón”, decía Tomás de Aquino; “el arte es aquello que establece su propia regla”, apuntaba Schiller; “el arte es el estilo”, marcaba Max Dvořák; “el arte es expresión de la sociedad”, recitaba John Ruskin; “el arte es la libertad del genio”, se jactaba Adolf Loos; “el arte es la idea”, sintetizaba Marcel Duchamp; “el arte es la novedad”, mejoraba Jean Dubuffet; “el arte es la acción, la vida”, engrandecía Joseph Beuys; “el arte es todo aquello que los hombres llaman arte”, apretaba Dino Formaggio; “el arte es la mentira que nos ayuda a ver la verdad”, estampaba Pablo Picasso; “ el arte es vida, vida es arte”, plantaba Wolf Vostell, y punto. Es vida.
Los 24 de marzo en general me pesa la muerte, el vacío, los cuerpos que me faltan, el tiempo que me falta, los amigos que me faltan, los padres e hijos que me faltan, los dolores de argentinidad que me sobran.
Pasado mi medio siglo ya no me alcanzan las palabras, ni todas las veces tengo letras para los veinticuatro. Apelo a veces a la magistralidad de mis sanadores de alma, y repito y rescribo el jarabe con el que me alivió Galeano: “Recordar: Del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón”. Por eso cada 24 digo, porque debo decir para tirar de ese re-cordis, y volver a pasar por el corazón la violencia que se llevó parte de esta patria nuestra.
Hoy pienso que afortunadamente, cuando las palabras se me ponen agrias y prefiero el silencio meditabundo, del corazón me salieron sin embargo dos vueltas interminables que ahora sé, pelearán por mi contra el olvido, más allá de mis latidos, y posiblemente de los suyos. Son el otro camino, el cambio del paradigma, la búsqueda del sentir, no del entender. Y aunque son mi estirpe, son latidos míos y de muchos. Resuenan como tambores que te interpelan y atraviesan. Te tiran con el cuerpo y las sonrisas, te rodean, te provocan, te gotean sudor y lágrimas, y futuro en movimiento. Te conmueven con sus cientos de cuerpos flotando sobre la música y la energía del hoy y ahora. Esa percepción estética hoy se derramará como bálsamo sobre tanta herida por las calles de Buenos Aires. Es un colectivo de artistas sanadores que proponen “El Fin de un Mundo”. Lo dicen casi todo de otra manera, y te atraviesan de ganas de `nunca más´. Porque no solo bailan y cantan y se manifiestan y luchan, sino que te atraviesan de verdad, te activan, te involucran. Allí estará el pueblo -los “nos”- que tal vez como yo se quedaron sin palabras o sin letras, mirando, acompañando; pero afortunadamente también estará estos “otros”, que viene evocando más que doliendo con cada una de sus células. Allí, tomando la posta para que la vida nos siga pasando por el corazón, estará mi hija, y tantos otros hijos y nietos, que poniendo el cuerpo arrasarán otro poco la ausencia. Lo que somos y seremos, es acción, por eso bailan.

Fuente: https://es-la.facebook.com/ProyectoFinDeUnMundo/

Foto: Andrés Manrique