Por Javier Arias
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Anoche me volvió a pasar. Y cada vez que me pasa pienso lo mismo, caigo como un chorlito en la trampa y sigo de largo, como si fuera la primera vez. Lo que sucede es que soy un tipo sumamente crédulo, le creí a mis padres, le creí a mis maestros, le creo a mis amigos, le creo a los policías, a los políticos y a los empleados municipales, le creo al Poder Judicial y a la señora que espera el colectivo.
Y me creo a mí mismo, a punto de dormirme, cuando todos se han ido de nuestro lado, cuando sólo las sábanas acompañan ese paso tan parecido a la muerte, en ese momento soy el scout más crédulo del planeta, podría venderme un lote completo de buzones a mí mismo.
Con los ojos cerrados y al borde del abismo es cuando tengo las ideas más fabulosas, las creaciones más majestuosas e imposibles, esas que llevadas a la práctica generarán los negocios más efectivos y exitosos, que llevadas al papel serán las obras más leídas, las prosas más geniales. Imagino introducciones completas, con metáforas alucinantes, entreveo un desarrollo completo, con personajes interesantes, con historias eternas y sus relaciones, y hasta desenlaces maravillosos, a veces con puntos suspensivos, a veces con puntos finales, pero siempre con una cadencia perfecta, con un ritmo que me hace sonreír sobre las sábanas.
Y me creo, como un papanatas, sin moverme me creo, me creo que esa historia es la que voy a estar escribiendo en este momento, un día después, cuando me enfrente a la puta hoja en blanco de todos los martes. Porque esa historia es la historia que debe contarse, porque sé que es la historia perfecta, porque tiene esa idea primigenia que llamará indefectiblemente a la lectura, porque arranca con las incógnitas necesarias, pero con el balance justo de incertidumbre y deseo, porque atrapará a cada uno en su telaraña de descubrimientos y vueltas de tuerca inesperadas y porque, finalmente, acabará con un cierre redondo, sin fisuras, dejándonos con la misma sonrisa que yo tenía anoche en mi cama, satisfechos de haber invertido ese tiempo en su lectura.
Y yo me creo, como le creí a esa primera novia y me quedé fumando mi primer atado de Derby Light en la parada del 12 frente al cine América, pucho tras pucho, hace siglo y medio. Hoy el 12 ya no pasa por ahí, ni siquiera existe el cine América y Nancy es una señora gorda con diez hijos en su haber. Yo me creo como un imbécil, en ese instante que sé que tengo entre manos el mejor cuento de la historia y me duermo con una felicidad inconmensurable, porque me prometo despertarme para escribir. Y me duermo sabiendo que el mundo será mío, que no existen las injusticias, que los amaneceres son todos soleados, que la vida es bella, y que yo soy de cumplir mi palabra.
Y acá estoy, otra vez defraudado por mí mismo, tratando de desmenuzar laboriosamente esa historia que ni siquiera en jirones puedo rescatar. Nada quedó de las frases magníficas con adjetivos y sustantivos y sin gerundios, nada de ese nudo intrincado retorciendo personajes y mucho, pero mucho menos, de ese final que nos dejaría al mismo tiempo pensando y pletóricos de esperanza y felicidad.
Porque yo me sigo creyendo, como les creo a los bomberos y a los panaderos, sigo creyendo cuando me digo que voy a recordar cada palabra, cada giro, con tal de no salir de las cobijas, de no escapar de la calidez de mis sábanas, me sigo creyendo, indefectiblemente, cada noche.
Y hoy, de nuevo, no consigo ni una palabra, con la extraña sospecha de que esa historia, la de anoche, es la misma de las otras noches, de cada noche, y que el día que realmente la recuerde ya no podré nunca más conciliar el sueño.