Javier Arias
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Camino por la playa, esquivando las olitas y pienso que no puede ser que hasta ayer estuviéramos recogiendo las reposeras de la playa y hoy ya estemos a punto de desenvolver los huevos de Pascua. ¿No le parece que de repente alguien le hubiera puesto una gigantesca turbina al costado de la línea del ecuador y el globo este esté dando más vueltas que las permitidas por cualquier reglamentación de tránsito conocida?
Pero, de nada sirve tanto llanto desmoralizador, así que mejor apechugarla, poner la mejor cara y enfrentar lo que venga con un espíritu positivo. Así deben haber pensado cierto americanos de por allá arriba, que le buscaron la vuelta para reírse de sí mismos, sino no se explica eso del premio Stella.
Y usted, estimado lector, me dirá oportunamente, ¿y qué miércoles es el premio Stella? Es así, se sabe, o por lo menos los que dicen saber afirman, que un correcto y eficiente sistema judicial es la base para la prosperidad de un país, por contrapartida –y de eso también conocemos por estos lares- muchos países tienen sistemas corruptos que suponen un lastre a su desarrollo y finalmente en otros es justamente la falta de estos medios la que imposibilita la existencia de cualquier estado de derecho. Pero también existe otra posibilidad, que seguramente no figura en ningún libro de leyes que se precie de serlo, donde el sistema imperante hace que la estupidez de sus ciudadanos convierte a la justicia en una verdadera bomba de relojería para la economía de un país.
Y el premio Stella es un ejemplo perfecto de la exposición de este tipo de mecanismos. Es sabido que Estados Unidos es uno de los peores países para ser demandado, siendo sus casos cada vez más ridículos, logrando que nuestra capacidad de asombro esté cada vez más minada y es necesario un verdadero escándalo para lograr llamar la atención.
Y justamente para alertar sobre esta problemática, crearon este galardón, que premia a las decisiones judiciales más ridículas. El homenaje lleva el nombre de uno de los casos más resonantes de la justicia estadounidense, es el nombre de la cliente del McDonalds que se quemó con uno de sus cafés y logró que un tribunal condenara a la cadena de hamburguesas. La sentencia del jurado marcaba una indemnización de más de dos millones y medio de dólares. Aunque después de la apelación quedó reducida a “sólo” 600.000 dólares. ¿Ahora entiende por qué belines los vasos de esa cadena dicen expresamente que tengamos cuidado porque el café puede estar caliente? Nunca mejor dicho que el que se quema con café, ve un abogado y llora.
El premio se lleva concediendo desde 2002, siendo su último ganador ha un tipo que dice parecerse a Michael Jordan. ¿Usted qué hubiera hecho? ¿Ponerse un negocio de ventas de autógrafos? ¿Aprovechar y manguearle a sus “fans” invitaciones al cine? No, el buen señor fue adujo que por esto la gente lo confunde con el famoso jugador, provocándole un sufrimiento emocional y demandó a Jordan y a Nike por más de 800 millones de dólares. Dígame si no es para premiarlo…
Pero estas cosas no sólo ocurren en Estados Unidos, en todo el mundo hay casos de demandas absurdas, el tema es que en Estados Unidos seguramente se consigue un tribunal que les dé la razón.
Así es que, el diario británico The Times publicó las diez demandas, extrayendo casos de China, Brasil o Rusia, logrando un conglomerado de demandas estrambóticas y curiosas. Sería un despropósito transcribirlas todas, pero les acerco un par de ellas que pueden llegar a hacer las delicias de cualquier tarde de sábado de lluvia.
Por ejemplo, el caso del rumano Pavel M. es emblemático, Pavel fue condenado a 20 años por asesinato, entonces demandó a Dios basándose en que, en su bautismo, firmó un contrato en el cual Dios se comprometía a mantenerle alejado de los problemas. Pero el Creador no se libró con esto de las cartas documento, hace poco tiempo un senador estadounidense lo demandó también por causar “catástrofes” en el mundo.
También existen demandas, que más allá de sus utópicas motivaciones, no carecen de una fuerte verdad, como es el caso de Marina Bai, una astróloga rusa, que demandó a la NASA por “interrumpir el equilibro del universo”. Reclamó que la sonda espacial Deep Impact, que debía impactar con un cometa a finales de ese año para recoger el material que resultara de la explosión con fines científicos, era un “acto terrorista”.
Por último no quisiera privarlos de la historia de Cathy McGowan, de 26 años, ciudadana británica, quien ganó un concurso en un programa de radio por contestar correctamente a una pregunta. Demandó a la emisora porque el premio era un Renault Clio pero, cuando fue a recogerlo, le entregaron un coche de juguete. ¡Piratas, entreguen las Malvinas y el Clio!

Nota del autor: Datos extraídos de las páginas web http://www.elblogsalmon.com/ y http://www.20minutos.es