Por Carlos Alberto Nacher
cnacher1@hotmail.com

…”Quiero saber, digo, quisiera saber… qué estabas mirando ayer y qué estás mirando ahora“.
Ella hizo un breve interludio y giró su cuello hacia mí. Me miró directamente a los ojos, sin ningún aviso previo. En un instante levantó los párpados y su mirada chocó contra mi rostro. Quedé paralizado, esos ojos no era de este mundo.

“Estoy mirando hombres” dijo sin sacarme la vista. El lugar comenzó a dar vueltas. Yo trataba de decir algo, de analizar esa frase de ella de alguna forma objetiva y responder en consecuencia. No esperaba ese tipo de respuesta. Finalmente dije: “¿Y por eso me estás mirando ahora?”.
“No sé” contestó. “Yo miro a hombres que no me miran, es decir, los miro cuando no me miran. Ellos nunca se dan cuenta que los estoy mirando. Por ejemplo, ayer te estuve mirando a vos. Venías caminando por la vereda de enfrente, cruzaste en la esquina del semáforo y luego apareciste rápido frente a mí. Muy rápido apareciste, seguro que corriste o te apuraste un poco.”
Era verdad, yo no me había dado cuenta de que me había observado. Es más: estaba seguro de que había hecho todo lo posible para que me viera y que, no obstante, ella me ignoraba por completo.
“Está bien. Supongamos que vos mirás hombres sin que te vean. Entonces, ¿cómo calificarías este caso? Es decir, ¿en dónde se encuadra el hecho que nuestras miradas se entrecrucen ahora mismo?”
“En que no me interesás. En realidad, no me interesás como ayer, cuando te miraba sin que vos lo supieras. En ese momento tenías algo mágico, digamos, algo que yo podría imaginar sin conocerte. Todos los hombres tienen algo mágico. Eso hasta que una los conoce. Luego, poco a poco, la magia va desapareciendo. Sin embargo, cuando un hombre me interesa trato de no mirarlo casi nunca. De esa manera, parezco tímida, y no me importa parecerlo. Lo importante es que no me descubra.”
Ella tenía convicciones raras. No podía comprender cómo se hacía para no mirar a alguien a quien se ama o, al menos, por quien uno se interesa. No llegaba a entender cómo ella no tenía sensaciones similares a las mías, que había soñado con sus ojos toda la noche, con sólo haberla visto aquel mismo día durante un breve lapso de tiempo. Cómo hacer para no mirar, cómo evitar la mirada del otro. Qué extraño era todo eso.
Ella continuaba mirándome mientras me hablaba o mientras esperaba mi respuesta. Su rostro parecía negar lo que sus palabras afirmaban. Me miraba con una expresión distante y apasionada a la vez. Yo estaba extenuado. No podía seguir sosteniendo su mirada, era muy profunda y brillante. El color de sus ojos era exactamente igual a lo que en ese momento miraba. Eran como un espejo donde la luz rebotaba y el objeto mirado se reflejaba en ellos. Tan cerca del mar estábamos, que sus ojos por momentos eran azules mientras ella miraba a través de la ventana. Cuando se volteó para hablarme, la tenue oscuridad del bar tiñó a sus pupilas de una coloración cercana al negro. A medida que íbamos conversando, su expreso desinterés hacia mi, dicho esto por ella sin sacarme la vista de encima, pusieron a sus ojos grises, quizá reflejando mi opaca existencia hasta ese momento y en lo sucesivo.
Sin sentarme ni acercarme, volví a arremeter.

Continuará…