Por Carlos Alberto Nacher
Cnacher1@hotmail.com

La primera vez que había reparado en la mirada de aquella mujer, ella estaba sentada tomando un café, contra el ventanal de la confitería Havanna. Era de tarde y mientras sorbía lentamente no sacaba la vista de la avenida contigua a la playa. Había bastante tránsito, era la hora de mayor movimiento de la ciudad y las colas de autos no paraban de formarse detrás del semáforo. Yo iba caminando por la vereda de enfrente, pero al verla crucé la calle para pasar por al lado de donde ella estaba. Al cruzar, en la esquina, no podía verla, así que apuré el paso por miedo a que en esos pocos instantes de pérdida de contacto visual, se hubiera ido. Pero no. Al sortear una columna de mármol muy enclavada dentro de la acera, de repente apareció ante mis ojos. Continuaba mirando en la misma dirección que antes, parecía que su mirada intentara descubrir algo que estaba más allá de la avenida, podría haber sido en el mar, y no corría la vista de aquel punto aparente. Me fui acercando más sin quitarle los ojos de encima. Pasé a escasos centímetros de su presencia, ventanal de por medio, y en un momento me interpuse entre sus ojos y aquel punto imaginario del horizonte. Ella ni siquiera parpadeó. Era como una estatua, una hermosa estatua que apenas delataba su realidad humana por el movimiento ondulante del cabello, movido por el remolino de aire que generaba el aire acondicionado del local.
Pero no me vio, creo. Ni siquiera parpadeó o cambió la dirección de sus ojos ante mi presencia. Retrocedí un poco, y en una actitud absolutamente ridícula volví a ponerme como objetivo de su mirada. Ella no se movió ni hizo un sólo gesto. Me sentí mal, casi humillado. Pero era lo normal, me dije. No podía esperar nada de una mujer desconocida y menos aún con mi estúpida actitud de obligarla a mirarme. Ni que fuera un niño. Pero ella no hizo nada, ni siquiera un breve gesto de fastidio.
Por la noche en casa, encendí el televisor. Daban una película bastante nueva pero aburrida. Me detuve a mirar a la semipenumbra del techo de la habitación, y de pronto su mirada se dibujó contra la pared. No era su rostro, había olvidado su imagen por completo. Era la profundidad de su mirada la que estaba en la pared. Era como si un terrible par de ojos se abrieran y se invirtieran sus pupilas, pasando a ser yo mismo quien mirase con sus ojos.
Un mar se desplegó a lo largo de toda la recámara, hasta que me quedé dormido.
Al otro día, me encontré de pronto en pleno centro de la ciudad tratando de encontrarla. Caminé en cada cuadra mirando sin disimulo a cada mujer que pasaba a mi lado. Pasaron horas. El mediodía llegó y el sol era calcinante. Pasé innumerables veces por la Havanna, pero no estaba. Le pregunté al mozo si sabía algo de aquella mujer que ayer por la tarde estaba sentada allí, exactamente en aquella mesa, la de la ventana. El mozo me miró con desconfianza y me dijo que no recordaba nada. “Sí, claro” dije como si fuera obvia su respuesta y tonta mi pregunta.
Me senté en un banco de la plaza. Allí, entre las arboledas, estaba bastante fresco y silencioso. Volví a caminar y volví a sentarme varias veces. La ansiedad de verla no me daba tregua. Quería encontrar a esa mujer. Quería tener su mirada.
“Sus ojos tienen el color de lo que miran”. Imaginé este pensamiento y volví a internarme en las calles atestadas del centro. Volví a pasar por la Havanna y, como un fantasma, ella estaba allí. Nuevamente, sentada en el mismo lugar que el día anterior y mirando hacia el este, donde terminaba el mar. Sin vacilar, entré con violencia a la confitería y me paré frente a ella. Esto la sorprendió un poco, solamente un poco, y en un breve instante desvió la vista del horizonte para mirarme.
“Quiero saber, digo, quisiera saber… qué estabas mirando ayer y qué estás mirando ahora”.
Ella hizo un breve interludio y giró su cuello hacia mí. Me miró directamente a los ojos, sin ningún aviso previo. En un instante levantó los párpados y su mirada chocó contra mi rostro. Quedé paralizado, esos ojos no era de este mundo.

Continuará…