Por Carlos Alberto Nacher
Cnacher1@hotmail.com

…Cleptus llevaba la carta de Casiopea en un bolsillo. La abrió, volvió a repasar cada trazo, bajo la luz de entrada del edificio. No la leía, simplemente miraba las formas de los trazos, con la ansiedad con que mira un adolescente una revista erótica.
Un hombre pasó a su lado, con un carro repleto de cartones. “¿Tiene fuego?” le preguntó. Cleptus se sobresaltó por esa inesperada situación. Apretó más la navaja en su puño. “No” respondió secamente. El hombre del carro siguió su camino. Ese momento de distracción bastó para que, al volver a levantar la vista hacia el departamento de Casiopea, Cleptus encontrara las luces apagadas…’

Cerré el libro y me vestí. Ya era la hora de salir de mi pieza. Parecía frío afuera, la radio anunciaba una sensación térmica de -7 grados centígrados.
Apagué las luces y me puse el sobretodo. Aunque dudé por un instante, metí al libro en un bolsillo, pensaba que luego iba a tener tiempo para terminarlo de una vez. Salí a la calle. El aire fresco y húmedo de la ciudad me recibió sin clemencia. Caminé rápido hasta la parada del colectivo, tenía que llegar pronto al ala sur de la ciudad. Mientras viajaba sentado en la parte trasera del transporte, me dejé llevar por las imágenes que se sucedían sin descanso tras la ventanilla: innumerables personas dedicadas a llevar adelante una rutina interminable. Traté de reconocer en cada uno de esos rostros opacos al Cabo Sabino, a Álamo Jim o al Señor Spok, pero reaccioné enseguida, no debía permitir que esa obsesión me llevara al delirio. Volví a mirar, sin ver, al espejo grande del frente del colectivo.
El chofer manejaba girando el torso por completo en cada viraje. Aún faltaba un trecho para llegar al barrio sur. Saqué la novela del bolsillo y me enfrasqué en la lectura.

‘…Cleptus caminó rápido. Unos metros delante de él iba Casiopea, con paso decidido y hablando con alguien por el celular. Estaba muy lejos para entender lo que decía, pero podía imaginarlo. Seguramente estaría hablando con un nuevo amigo, o sería un viejo amigo, ya no podía confiar más. Apuró el paso hasta ponerse a cuatro metros de distancia. Ella no notaba en absoluto su presencia, iba rápido, concentrada en el camino y, al mismo tiempo, en la conversación. Un bocinazo fuerte de un colectivo cercano sobresaltó a Cleptus. No a Casiopea, que seguía caminando y hablando. Ambos doblaron en la esquina en que la calle en la que habían estado se encontraba con una avenida muy transitada.
Casiopea se detuvo bruscamente y sacó una libreta y una birome. Al verla, un fuerte mareo atrapó a Cleptus que también se detuvo, sin poder dejar de mirarla, tratando de adivinar las palabras que creaban aquellas manos.
Había demasiada gente por todas partes. Cuanto más la veía escribir para otros, Cleptus estaba más decidido a acabar de una vez con Casiopea, de terminar con ella y con su traición…’

El colectivo se detuvo bruscamente. Fue una frenada a tiempo que evitó una eventual colisión con un carro de madera con ruedas de automóvil puesto casi a mitad de la calle, mientras su dueño hurgaba la basura puesta en bolsas plásticas. El colectivero se asomó por la ventanilla y le gritó algún insulto al pordiosero. Miré al exterior, ya faltaban pocas cuadras para mi destino. Y aún seguía con ese vacío que me venía persiguiendo desde tiempo atrás, esa ausencia de espectativas en una vida monótona y predecible por completo. Era evidente, esto no era Nueva York. Me acomodé el sombrero con la punta de los dedos y aflojé un poco el cinto de tela que sostenía mi sobretodo a la cintura. Había salido el sol, pero unas densas nubes cercanas amenazan con ocultarlo otra vez. Una llovizna fina comenzó a golpear a los cristales del colectivo, mientras el sol aún sostenía una luminosidad pobre sobre el asfalto. Como por inercia, mientras esperaba que el colectivero finalizara sus insultos y el pordiosero retirara el carro de la mitad de la calle, retomé la lectura del novelón. Con aburrimiento, abrí en cualquier página posterior a la que había dejado.

Continuará…