Por Javier Arias
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Hace mil años, cuando tenía pelo y muchas más ganas, los días parecían más azules y las pesadillas mucho más lejanas.
Éramos tres amigos que desafiábamos el tiempo, las ordenanzas maternales y hasta las leyes de la gravedad, con más fracasos que éxitos en este último apartado, a decir verdad. El mundo era un gran parque de juegos, delimitado por las fronteras de nuestro club de la infancia, pero lo suficientemente grande como para sentir que el horizonte nos pertenecía, o por lo menos quedaba lo suficientemente lejos para no tener dueño. Desde las tierras salvajes de las caballerizas a las calles urbanas del patio de comidas, desde el confín desconocido de la plaza olvidada de juegos hasta los salones señoriales. Un universo completo para nosotros solos que transformábamos cada día de esos veranos eternos.
Y si bien conozco a varios que detuvieron su memoria en esos días, que hicieron de las memorias de esos días la mejor época de sus vidas y después todo fue, más o menos cuesta abajo, sin lograr nunca la construcción de recuerdos que pudieran opacar esas tardes siempre más doradas, debo reconocer que nunca nadé en ese lago. Pero algo en estas últimas horas hizo que se vinieran de golpe Sebastián y Nito a este presente tan en crisis.
Porque un día cualquiera ese universo colapsó. No recuerdo los motivos, debían ser tan inocentes como el resto de las estructuras de esos tiempos, el hecho fue que las estrellas eclosionaron una tarde y con Nito discutimos, enfrentamos nuestros pequeños egos en construcción, y salió cada uno con rumbo enfrentado, dejando a Sebastián como un planeta perdido, sin órbita definida.
Pasaron un par de semanas y cada uno fue por su lado, tratando de construir nuevos mundos con nuevos reyes y nuevas reglas. Y un día, volviendo de las tierras yermas del oeste me encontré a Sebastián en una de las escaleras de marmol, a un costado, cerca de la entrada de los vestuarios y frente al taller de raquetas, llorando.
Nunca lo había visto llorando, ni cuando se había golpeado la rodilla cayendo de las moreras el año anterior. Me senté al lado y no dije nada. Levantó la cabeza de entre sus brazos y me miró. Después de un silencio que hoy me parece duró dos eras glaciares me dijo que no quería seguir jugando solo, que él no estaba enojado ni conmigo ni con Nito, pero no quería estar con ninguno de los dos por separado, pero que tampoco quería jugar solo, y eso, visto desde mi casi medio siglo, debía ser un conflicto que en la tierna conciencia de un chico de 9 años debía ser insalvable, una grieta tan ancha que no encontraba un puente para lograr saltarla, y hasta ahí había llegado, hasta esa escalera de mármol, solo, con sus pantaloncitos y su gorro de colonia de verano.
Mentiría si contara ahora qué pasó después, la memoria es un juguete con sus propias reglas y hasta ahí llegan las imágenes. Sé que volvimos a jugar los tres, sé que a Nito lo sigo viendo aunque a Sebastián lo arrastró el río de la vida. Lo que se me escapa es cómo volvimos a suturar ese universo perfecto de tres. Y maldigo ese capricho de los procesos mnemotécnicos de mi caprichosa conciencia, porque hoy sin dudas necesito de toda la sabiduría de ese chico de nueve años para hilvanar este entuerto que nos rodea.
Y, por fin, en este mundo de fronteras inciertas y horizonte lejano, volver a jugar todos juntos.