Por Javier Arias

Arrancó el marzo que esperábamos. Y arrancó medio atravesado, como todo marzo, o tal vez más que otras veces. Salí a la calle para enfrentar los primeros fríos con la cabeza medio abierta, pero en el peor sentido, tratando de mantener la unidad interna y a la vez la lucha en las veredas, tarea que parece fácil pero que cotidianamente nos confronta con realidades tan distintas como cercanas y no siempre se puede mantener la ecuanimidad del análisis calmado; y el diálogo intimista que requieren ciertas cosas termina en monólogos públicos en las redes sociales, que más de las menos lastiman al cercano antes que construir puentes hacia los extraños.
Con estas ideas chocándome entre los parietales me acerqué a la plaza, donde como esperaba, vuelvo a encontrarme con esas caras que sé propias y esos abrazos que nos unen en estas ocasiones.
Pero sigo retorcido por dentro, me preguntan dónde dejé la moto y confundo, en un acto fallido sin igual, la avenida Brown con mi otro bajo de mi otra ciudad y respondo casi sin pensar en Paseo Colón. Y me corrijo con una sonrisa triste de VYQ frente a mi interlocutor, más NYC que la estatua del Indio, tratando de explicarme, pero la embarro más, reconociendo mi exilio interno y mis propias contradicciones.
Me salva Verónica, que se había olvidado que le había pedido que me consiguiera una jarra de cerveza, growler le dicen ahora, de esas que me encantan y que no tengo, me promete que mañana pasa por casa y sigo marchando con todos, por nuestra educación y por nuestros maestros.
Miro las caras, faltan algunos, ¿estarán en su casa? ¿se habrán olvidado? Busco el celular para filmar los pasos, y el sólo hecho de pensarlo me recuerda una imagen vívida, una especie de epifanía. Durante la Semana Santa pasada estuvimos en Sevilla, y en una esquina de la noche de la Madrugá, la procesión de la Macarena nos detuvo frente a un balcón, justo enfrente de donde el palio de la Virgen se detuvo para que puedan descansar unos minutos los sufridos costaleros. Y en medio de los vítores se escuchó la voz de una mujer salida casi desde el cielo, entonando un cante flamenco dedicado a María que erizaba la piel. Y yo, ahí abajo, tuve la rapidez de sacar mi celular y grabarlo. Y ahí, en plena marcha en la plaza San Martín de Puerto Madryn, me dí cuenta de que ese celular con el que había grabado a la cantaora me lo habían robado en Buenos Aires en junio. Recordé ese día en Avenida de Mayo, cuando un poco defraudado, más conmigo que con nadie, me conformé pensando que al fin de cuentas era sólo un celular, y que quien se lo había llevado seguramente le daría mejor uso que yo. Hasta que ayer a la mañana me di cuenta que también se había llevado ese momento único de Sevilla y recién ahí sufrí la pérdida de hacía meses.
Y seguimos marchando, y me fui, volví a casa.
Hoy nos volvimos a encontrar nuevamente en esa plaza, casi los mismos, pero menos, seguimos reclamando derechos. Camino al lado de Juan, al lado de Alex, de Roberto, de Natalia y de Caro. Le pregunto por este miércoles, por el tercer día del 6, 7, 8 renovado. Me dicen que no es una marcha para hombres, es por el Día de la Mujer. Lo sé, respondo, pero ayer era por los maestros y yo no soy maestro y estuvimos juntos. No es lo mismo, me responden, y seguimos charlando, debatiendo, compartiendo, seguimos aprendiendo paso a paso, en la calle, en las veredas de nuestra ciudad, que es esta y que es la otra, la del bajo en Paseo Colón. Pero las preguntas siguen siendo las mismas, y por suerte, las respuestas también.