Javier Arias
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Uno se vuelve viejo cuando deja de compartir los dibujos animados con sus hijos. Por eso me esfuerzo para tratar de seguirles el tranco, pero la verdad, voy a confesar que ya me sacaron bastante ventaja, porque no es sólo sentarse a compartir media hora de los Simpsons o poner un DVD de Avatar, ellos ya tienen Hora de Aventura, Ben 10 y no sé cuántos más que desconozco; sin hablar, por supuesto, de la cantidad inconmensurable de mangas que lee la adolescente, en sus libritos de bolsillo y que, fieles al idioma original, están impresos de atrás para adelante y se leen de derecha a izquierda. Realmente seguirles el paso es más una carrera de obstáculos que una simple competencia de fondo.
Encima uno lleva sobre sus espaldas algunos recuerdos que han quedado perdidos a la vera de la historia de los dibujitos del domingo a la tarde. La Pantera Rosa, Meteoro y Astroboy los más antiguos hasta los Thundercats o Robotech más acá en el tiempo, fueron quedando en los archivos de las televisoras, reemplazados sin miramientos por un remozado batallón de nuevas tiras que, hoy, muchos de nosotros desconocemos.
De todas formas esto no quita que algunos llevemos, muy secretamente guardado –y algunos culposamente- el recuerdo de tantas tardes tomando la leche al compás de la Hormiga Atómica o el Pulpo Manotas.
En este rescate emotivo no deberíamos dejar de mencionar, querido lector, a pesar de que no haya sido uno de mis preferidos, al gigantesco robot Mazinger Z; que contaba la historia de un grupo de científicos que, para luchar contra las fuerzas malignas del Dr. Hell o doctor Infierno, contaban con este entrañable robot gigante que lanzaba sus “puños afuera”. Convengamos que la base argumental no era, a decir verdad, el fuerte de la serie. Y justamente hace unos pocos días, el 3 de diciembre del año pasado, se cumplieron los primeros cuarenta años de su estreno en la televisión japonesa.
Y si bien después de ese día salieron un montón de series derivadas, comics, películas orientales y muñequitos del tamaño que se quiera todavía son unos cuantos los que están esperando que el gran pulpo de Hollywood se las apañe con el gigante japonés.
Es que, más allá de que nos guste mucho, poquito o nada este coloso mecanizado fue una verdadera revolución en lo que hace a tiras animadas, después de Mazinger Z comenzaron a proliferar como hongos después de una tormenta los robots gigantes tripulados por personas, de hecho se llegó a crear un género propio conocido como “mecha” –que es la abreviatura de “mechanical”. Así, atrás de Mazinger vinieron obras tan conocidas como Robotech, Macross, Evangelion y los propios Transformers.
Como dije, Mazinger no era santo de mi devoción, pero si hablamos con cualquiera que haya pasado su infancia o adolescencia al ritmo de esta tira japonesa seguramente va a pegar el grito de “Pechos afuera”, por la robot femenina Afrodita, que, justamente, tenía los misiles ofensivos en esa parte de su anatomía metalúrgica y lanzaba de a uno sus ataques pectorales. Lo gracioso es que si bien Mazinger Z gritaba “Puños afuera” cada vez que los lanzaba como arma arrojadiza, Afrodita era mucho menos histriónica a la hora de agarrarse a las trompadas con los monstruos maléficos del Dr. Infierno y nunca dijo esa frase. Por otra parte, a pesar del mito de que Afrodita era la pareja del grandote, nada más alejado de la realidad, es más, la pobre Afrodita no tuvo un final feliz, porque terminó destruida por la malvada Diana A. Pero el corazón de Mazinger no estaba del todo solitario, sino que fue Minerva X la que se llevó el premio mayor en el capítulo 38.
Es que fanáticos hay por todos lados y para todos los gustos, sino que lo digan los habitantes de Tarragona, en España, que deben convivir con una estatua de diez metros, un poco menos de la mitad del tamaño real, de Mazinger Z. El mastodonte fue levantado en la década de los ochenta con el objetivo de presidir la entrada al lugar. Treinta años después ya nadie recuerda el nombre del genial político que tuvo esa peregrina idea y hoy se lo puede visitar en la soledad de un pinar abandonado a la vera del pueblo.
Pero menos mal que no lo hicieron en su porte de dieciocho metros robustos, que le daba una potencia de 65.000 CV y le permitía levantar un peso de hasta 150 toneladas. Si no, andá a moverlo hasta el pinar.
Como dato anecdótico, y para demostrar que los frikies no solamente habitan algunas series americanas, en el año 2008 la Agencia de Ciencia y Tecnología japonesa decidió calcular cuánto habría costado construir, en la vida real, a Mazinger Z. El número dio la friolera de casi 725 millones de dólares. Aunque esto, obviamente hubiera sido imposible, porque Mazinger estaba construido con una aleación de metales muy particular, inventada por el genial Dr. Jūzō, basado en un mineral ficticio de nombre “japonium” que, por lógica argumental y nominativa, sólo se encuentra en Japón y que es un elemento indispensable para el procesamiento de la energía fotoatómica que da el poder al robot. Lo peor de todo es que no sólo es difícil de conseguir ese mineral, sino que el yacimiento estaría localizado en un lugar secreto situado en algún punto cercano al Monte Fuji. O sea, estamos fritos.