Por Mariano Kestelboim*

Hay una larga lista de pronósticos apocalípticos fallidos a lo largo de la historia nacional; los más recientes fueron grotescos, a pesar de que hayan podido pasar desapercibidos. Consecutivamente, en 2015 y 2016, consultoras muy reconocidas erraron en el signo de variación del PIB. Y, en 2017, vuelven a la carga sin autocríticas y con vaticinios que, otra vez, parecen poco ajustados a la realidad.
En los hechos, a fines de septiembre de 2014 un grupo de once influyentes consultoras preveía una baja del PBI, en promedio, del -0,9 % para 2015. La única estimación buena fue la del Estudio Bein, que había previsto un crecimiento del 3 %, muy próxima a la suba real (2,65 %); curiosamente, su director, Miguel Bein, fue asesor del candidato oficialista a presidente.
En cambio, los titulares de los centros de estudios que después se integraron al gobierno de Cambiemos habían pronosticado una fuerte recesión para ese mismo año. Uno de ellos fue el de Elypsis, de Eduardo Levy Yeyati, quien asumió en el directorio del banco BICE. Su consultora había anticipado una caída del PIB del 2,5 %. También el director de Empiria Consultores y actual ministro de Economía de la provincia de Buenos Aires, Hernán Lacunza, había previsto esa baja. En un escalón inferior (-2%) se ubicó el titular de Analytica, Ricardo Delgado, economista del Frente Renovador que posteriormente fue designado subsecretario de Coordinación de la Obra Pública Federal, en la cartera que conduce Rogelio Frigerio.
No hubo cambios bruscos en el escenario internacional ni factores climáticos que permitieran justificar los gruesos desaciertos. Al contrario, los sucesos externos con más impacto en la economía local jugaron a su favor.
La economía de Brasil inició su derrumbe en 2015, contrayéndose un 3,8 %, cuando los analistas consultados por el Banco Central de ese país preveían, en septiembre de 2014, que iba a crecer un 1 %. Es decir, si el PIB de Brasil hubiera aumentado como se anticipaba, el error de las consultoras locales hubiera sido más grosero todavía. Las inundaciones afectaron la cosecha esperada y, por lo tanto, también apaciguaron sus errores.
El pesimismo se interrumpió de forma abrupta ante la perspectiva de cambio de gobierno. Para 2016, las consultoras pronosticaron un período de ajuste muy corto y que volvería el crecimiento con vigor desde el célebre segundo semestre. Elypsis fue vanguardista. En su informe de febrero de 2015, titulado “2016: el año del rebote”, preveía un alza del PIB de 4 por ciento. Más eufórica resultó la proyección del economista Luis Secco que, en marzo de 2015, confirmó el vaticinio de recesión también previsto antes por sus colegas y auguró que, en la segunda mitad de 2016, el ritmo de crecimiento sería del “7/8 %”.
Cuando Macri asumió la presidencia, Secco fue nombrado jefe de Gabinete del Banco Nación. Analytica también se entusiasmó; en enero de 2016, con las principales políticas ya en funcionamiento, su nuevo Director, Rodrigo Alvarez, pronosticó un alza del 1 % para ese año. Empiria Consultores presentó la previsión menos favorable; después de su fallida expectativa de recesión en 2015, calculó, en enero de 2016, un virtual estancamiento (-0,1 %).
La meta del gobierno nacional (una suba de 0,5/1 %) también quedó muy alejada de la pérdida de alrededor de 2,5 % con la que cerraría 2016. Menos optimista pero también lejos del resultado final fue el cálculo de un gran grupo de consultoras y bancos encuestados por la agencia LatinFocus que, en noviembre de 2015, habían anticipado, en promedio, que el PIB tendría una baja de -0,3 %.

Siguen las pifiadas?

En 2017 vuelve a reinar el optimismo entre los gurúes más conocidos; prevén un incremento del PIB de entre 3 y 5 %. El más confiado nuevamente es Bein, que llegó a decir que la economía podría crecer por encima del 5%, aun más entusiasta que el gobierno (3,5/3,9 %).
El FMI se mostró menos convencido sobre la fortaleza de la recuperación. En abril de 2016 pronosticaba un crecimiento de 2,8 %, en octubre pasado lo bajó a 2,7 % y hace pocos días lo redujo al 2,2 %. (…)
El modelo de alimentar expectativas positivas para tratar de inducir un comportamiento expansivo de empresas y consumidores, sobreestimando el nivel de crecimiento y recortando las proyecciones a medida que se vislumbran que serán incumplibles, se ha aplicado ininterrumpidamente en Brasil desde 2012. En un escenario donde el gobierno viene empleando medidas de corte liberal similares a las de nuestro mayor socio comercial, deberíamos esperar que la misma estrategia de engañosa promoción del crecimiento se repita en Argentina, como ya empezó a suceder con los recortes en las proyecciones de crecimiento del FMI.
Desde ya, ese instrumento es insuficiente para dinamizar mercados, pero tampoco debe subestimarse. Las previsiones forman expectativas que repercuten en el resultado. Bajo el blindaje mediático instalado que preserva el prestigio de las consultoras, si los analistas coinciden en que habrá crecimiento, aumenta la probabilidad de que lo haya realmente y potencia el efecto de los factores objetivos que lo impulsan. Esto se debe a que los pronósticos inciden en el comportamiento presente de empresarios y consumidores. El consenso de crecimiento en 2017 superior al 3% es una pauta que buena parte de las empresas y de los consumidores aún considera válida y la tiene en cuenta a la hora de invertir, producir y consumir, al menos durante los primeros meses del año. Por el contrario, si hubiera un amplio consenso sobre una caída del PIB, como se decía para 2015, probablemente se tomarían decisiones más cautas. En cualquier caso, aunque las proyecciones sean acertadas o no, cumplen su función de afectar las decisiones.

La real realidad

Ahora bien, los factores objetivos actuales de estímulo de la economía no alcanzan para llegar a tasas de crecimiento del 3/5 %. En primer lugar, el principal componente de la demanda es el consumo privado (equivale al 74 % del PBI) y viene en brusco descenso. La CAME observó que cayó 7 % en 2016. Ahí ya habrá un efecto arrastre negativo relevante en 2017.
Si bien se calcula que el gobierno resignará alrededor de 50.000 millones de pesos de recaudación a favor de los empleados de mayores ingresos por la menor presión del Impuesto a los Altos Ingresos, no todos esos recursos se volcarán a la demanda. Una parte alimentará la burbuja de especulación financiera y la fuga de capitales. Las partidas destinadas a la Reparación Histórica para los jubilados y pensionados (serían alrededor de 62.000 millones de pesos, 0,6 % del PBI) también podrían ser un factor relevante que impulse el consumo.
Con el techo sobre las paritarias del 18 %, será bastante difícil que puedan cerrar muy por encima del 20 %. Y, como siempre, de forma escalonada y sin computar a los trabajadores no registrados que, en recesión, suelen perder más poder de compra frente a una inflación que, con incrementos programados de combustibles, tarifas y servicios básicos por encima del 30 %, será muy difícil que sea inferior al 25 %. Un ajuste previsional en marzo del 11 % solo permitiría que los haberes le empaten a la inflación que se habrá acumulado en los seis meses previos. Por último, como en 2016, la masa de ingresos este año también está siendo afectada por un menor nivel de empleo. Respecto a la producción, las políticas aplicadas beneficiaron básicamente al sector agrícola, rubro dependiente del clima y, por lo tanto, de comportamiento volátil. Por las inundaciones y los incendios, será muy complicado superar el record de producción de 2016. Además, su peso en el PIB (7,8 %) es mucho menos importante que otras actividades más afectadas por el modelo, como la industria que, a pesar de su brusca caída en 2016, aun representó más del doble de participación en relación al PBI (16,4 %) y, mucho más importante aún, genera un empleo registrado cuatro veces mayor que el del campo. Ambos segmentos, pero especialmente la manufactura, han ido perdiendo a nivel global cuotas a manos de los servicios.
Ante la impotencia del modelo para activar la inversión privada en un escenario de capacidad instalada ociosa en la industria superior al 30 % y con abundantes sobrestocks, un gobierno compuesto por funcionarios poco proclives a alentar la participación pública en los mercados, paradójicamente, debe apostar fuerte a la obra pública, financiada con deuda. No obstante, todos los gastos de capital del gobierno nacional, incluidas las transferencias a las provincias, en el Presupuesto Nacional de 2017 solo representan un 2,2 % del PIB e implican un aumento nominal de solo 32,1 % respecto al presupuesto de 2016. Datos para tener en cuenta. Habrá que ver…

* Economista EPPA. Profesor UBA y Undav. Página/12