Sergio Kaminker es doctor en sociología e investigador asociado del Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas del CCT Cenpat-Conicet; en diálogo con el Diario, trazó un análisis de la actualidad en lo que refiere a cuestiones como la discriminación, la xenofobia y el racismo; ello, en el marco de un escenario mundial dinámico y cambiante, tomando como eje la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, y como las posturas del mandatario con respecto a la inmigración han endurecido las posturas de cierta parte de la sociedad norteamericana.
A su vez, el investigador repasó el proceso migratorio más contundente en la provincia del Chubut y en Puerto Madryn, y planteó que, en lo referido al acceso a la tierra y la vivienda, “vemos en la expansión de Madryn que los sectores populares han tendido a irse cada vez más hacia el oeste o noroeste, y los medios y altos cada vez más hacia el sur, y esto aún no representa el nivel de problema que representa en otras ciudades, porque cuando los distintos sectores sociales se empiezan a separar cada vez más, eso empieza a generar otro nivel de problemas, porque se conocen menos, hay menos interacción y menos posibilidades de ‘ida y vuelta’. Ahí es cuando empieza a haber mayores niveles de violencia, de discriminación, mayor dificultad para acceder a empleos que permitan, a ciertos sectores, movilidad social ascendente”.

Diario: – ¿Cuál es el mecanismo social o los motivos que llevan a que una persona o parte de la sociedad tengan conductas xenófobas o discriminatorias hacia otros?
Sergio Kaminker: En Argentina tenemos una definición interesante, desde lo legal, sobre qué es la discriminación, con una Ley que tiene ya más de diez años y que, justamente, cuando uno la lee, muestra que toda discriminación, en general, tiene una raíz estructural y teórica importante. Esto quiere decir que, muchas de las situaciones de discriminación que vivimos en la vida cotidiana, algunas explícitas y otras no tanto, tienen una raíz cultural fuerte o importante en la forma en que se construye la idea de sociedad que nosotros tenemos en nuestras cabezas. Para ejemplificar qué significa esto en nuestro país, a nosotros, los que tenemos más de 30 años, la gran mayoría fuimos enseñados en escuelas donde, muchas veces, salvo que tuviéramos algo de suerte, nos mostraban que los argentinos veníamos de los barcos, que el país era la más europea de las naciones latinoamericanas, y esto tiene dos cuestiones. En primer lugar, a nosotros nos proyecta una idea en nuestra cabeza de qué significa ser argentino y cuál es el modelo ideal de argentino, que, en general, es el descendiente de europeos de determinados países; y, por el otro, eso ha tendido a invisibilizar una serie de poblaciones, que han tenido una historia importante en nuestro país y siguen siendo parte del mismo. En esto me refiero a los pueblos indígenas, a otras migraciones tanto limítrofes como no, y, por ejemplo, a la migración forzada o no africana que hemos tenido en Argentina, que no es solamente la de estos últimos 15 años, sino que es histórica. Eso ha operado de forma tal que ha generado una discriminación y un racismo muy importante en nuestro país, y a pesar de que hasta hace poco no se hablaba demasiado de racismo, por distintas cuestiones como invisibilizar a estas poblaciones, algo que operaba sobre la misma población, que no recuperaba su identidad ya que eso implicaba, en la vida cotidiana, sufrir una serie de situaciones bastante complicadas.

P: – ¿Cómo cuáles?
SK: Hay escritos y estudios muy interesantes sobre la historia de algunos pueblos indígenas en nuestro país, que muestra cómo poblaciones que se dicen, en un momento, “gauchas” o que recuperan en algún momento una identidad bien argentina y clásica, 10 o 15 años después, esa misma persona recupera, sin negar su identidad nacional, tal vez su identidad vinculada a un pueblo indígena. Las estadísticas de la autoidentificación, que están reflejadas en los últimos dos censos nacionales de población, en una encuesta específica que se hizo en 2003 y 2004 sobre pueblos indígenas, muestran unos números interesantes, ya que, si uno ve la encuesta y el censo, pensaría que hay pueblos indígenas que se reprodujeron al 1.000 por ciento en diez años, pero en realidad ello tiene que ver con que hubo una suerte de recuperación de la identidad. Entonces, la discriminación en general que puede verse en distintos ámbitos de la vida cotidiana, suele tener, no solamente en nuestro país sino también a nivel global, una raíz histórica muy fuerte y estructural. Si uno se pone a ahondar un poco más en la historia global, puede decir que está muy vinculada con la forma en la que se dieron los procesos de colonización.

P: – Desde la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, cierta parte de la población de dicho país se vio de algún modo “avalada” para sostener posturas racistas y xenófobas. ¿Cuál es su análisis sobre dicho fenómeno?
SK: Si uno ve cómo está compuesta la sociedad estadounidense, quiénes son los más pobres, quiénes están en determinados puestos de trabajo y demás, se observa que es una sociedad todavía fuertemente racista. Estructuralmente, por más de que hayan tenido un afroamericano como presidente, ello no implica que se hayan terminado algunos puntos de vista y el racismo más estructural, que es este que se suele ver en distintas situaciones de discriminación. La realidad es que el discurso de Trump, si bien recolecta mucho del descontento vinculado a la situación social, también vincula esto a cuál es la visión que se está teniendo en buena parte de los países occidentales, sobre todo Estados Unidos y Europa Occidental, sobre determinadas minorías. Esto es un proceso que algún colega denominó como “racismo cultural”, que tiene que ver con una discriminación muy fuerte, no tanto contra lo que no es americano, sino contra el inmigrante como cuestión central, y muy vinculado a aquél que representa a una cultura un poco distinta. En esto viene pesando muy fuerte una suerte de “islamofobia” muy instalada en los Estados Unidos, y que fue muy clara en algunas de las primeras medidas de Trump. Una de ellas fue suspender, justamente, por 90 días, el ingreso de refugiados que ya tenían aprobado su ingreso a los Estados Unidos, y esto, en el contexto global donde hay más de 65 millones de refugiados a nivel mundial, tiene un peso muy importante. Estados Unidos es uno de los países que más recibe a refugiados que buscan un tercer lugar donde sentirse más seguros, tal vez están en una frontera o en un país limítrofe y no pueden retornar, por ejemplo, a Siria, que hoy es el país que produce más desplazamientos a nivel global. Imaginemos lo que eso modifica en las vidas de las personas que se trasladan.

P: – ¿Los problemas de los Estados Unidos están, realmente, ligados a los flujos migratorios o se trata de un “bluff” discursivo para poder aplicar políticas más duras respecto de los migrantes?
SK: Para ponerlo en contexto, Estados Unidos hace unos chequeos de seguridad con cada una de las personas que solicita el llamado “reasentamiento”, y cualquiera de nosotros se sentiría bastante intimidado y preferiría no irse a Estados Unidos, con tal de no pasar por esas situaciones. Ha sido un discurso, el de Trump, muy fuerte desde lo mediático y lo único que ha hecho fue encender y poner a flor de piel ese racismo bien estructural y esa discriminación que, en definitiva, no está asociada a los problemas que tiene la gente. La realidad es que todos los estudios sobre migración y refugiados muestran que los conflictos asociados a los países de destino están vinculados a lo que sucede en los países de destino, no a los inmigrantes. La criminalización, el racismo, la discriminación, terminan siendo una suerte de utilización de chivos expiatorios de personas que, muchas veces, están en una situación importante de vulnerabilidad, no todos pero sí una parte importante, y que funciona de manera tal ante situaciones que un Estado no puede controlar, como por ejemplo desfinanciar un sistema público de salud como pasó con el “Obamacare”, que venía a responder una demanda de los sectores estadounidenses más vulnerables, o la prohibición de ingreso a un montón de migrantes, cuando en realidad son cuestiones aisladas.

P: – ¿Son económicos los motivos que mayormente predominan en la decisión de migrar?
SK: Parte de la paradoja de las xenofobias en nuestros países es que Estados Unidos, tal como Argentina, son tres o cuatro países que, a nivel global, recibieron proporcionalmente a más migrantes entre el siglo XIX y principios del siglo XX. Entonces, que en nuestros países esté aflorando la xenofobia, es algo paradójico para nuestra propia historia, teniendo en cuenta que hemos sido muy beneficiados en términos de lo que significó la inmigración. Siempre, la misma, en un porcentaje muy alto, es para trabajar y está vinculada directamente con esa necesidad. Después, hay otros tipos de migraciones y, lamentablemente, esta migración que pararon momentáneamente en Estados Unidos y que fue puesta en tela de juicio por un juez, no solamente está vinculada a lo económico sino con conflictos bélicos, muchos de los cuales han sido fomentados por las potencias occidentales, sabiendo que las consecuencias en general no las viven ellos, lo cual es verdaderamente terrible.

P: – ¿Cómo se comportó el flujo migratorio en cuanto a la provincia del Chubut y, también, en Puerto Madryn, en los últimos años? ¿Ello determinó cambios en la infraestructura de la provincia y la ciudad?
SK: Lo que se ve en la historia de Madryn es que atravesó un cambio determinante con la instalación de Aluar, y la obra del puerto que se hizo en los años setenta; ese fue el momento de mayor explosión demográfica. Allí, la ciudad empezó a recibir una gran cantidad de migración, sobre todo interna de nuestro país, pero como parte de los procesos en los que se dieron en nuestro país, parte de la migración limítrofe acompañó, también, ese proceso. Entonces, ya en la década del setenta, por primera vez empiezan a aparecer, por ejemplo, en el Censo de 1980, migrantes limítrofes de distintos países de la región. Cuando uno ve cómo fue creciendo la ciudad, observa que lo hizo rápidamente desde ese entonces en adelante, y tenemos los datos hasta el 2010. El mayor crecimiento se explica por la migración interna de nuestro país, de Buenos Aires, Córdoba y distintas provincias, ya que fue bastante heterogéneo, y, por otro lado, la migración limítrofe, hasta el año 2001, fue también bastante heterogénea.

P: – ¿El acceso a la tierra en la ciudad pude haber determinado ciertas divisiones en la conformación de comunidades y sectores de la población a lo largo y ancho de Puerto Madryn?
SK: La realidad es que en todos los estudios que hay sobre el mercado de tierras, cualquier especialista muestra cómo el mismo nunca funciona con la ley de la oferta y la demanda, porque la tierra no es algo que se pueda producir de la misma manera. Hay algo en el mercado de tierras que es único, que tiene que ver con la ubicación. Y, en general, la renta no sube solamente por el nivel de inversión que uno le pone en producir eso, sino también por esas inversiones que hace el colectivo de nuestra ciudad, como puede ser la inversión en asfalto, en poner una escuela y demás, que son cuestiones que hacen crecer el valor de la tierra y, en general, no vuelven a la comunidad, sino que muchas veces termina siendo apropiada por el privado, que tal vez no hizo nada en ese pedazo de tierra, o tal vez hizo algo y generó algún tipo de inversión. No hay que tener una mirada peyorativa hacia el privado en este punto, sino que hay que tener una mirada más crítica respecto de cómo se construye la ciudad, desde los estamentos que toman las decisiones, quienes deberían regular de forma más adecuada el acceso a la tierra y la vivienda. Lo que vemos en la expansión de Madryn es que los sectores populares han tendido a irse cada vez más hacia el oeste o noroeste, y los medios y altos cada vez más hacia el sur.

P: – ¿Qué consecuencias directas o indirectas podría provocar ese desplazamiento demográfico dentro de la ciudad?
SK: Esto aún no representa el nivel de problema que representa en otras ciudades, porque cuando los distintos sectores sociales se empiezan a separar cada vez más, eso empieza a generar otro nivel de problemas, porque se conocen menos, hay menos interacción y menos posibilidades de ‘ida y vuelta’. Ahí es cuando empieza a haber mayores niveles de violencia, de discriminación, mayor dificultad para acceder a empleos que permitan, a ciertos sectores, movilidad social ascendente, y también está la tendencia a lo que uno técnicamente llama “segregación”, que no es solamente la tendencia de los sectores más pobres a ir a lugares donde les resulta accesible, sino también la de los que más tienen, a autoaislarse, lo cual es tan problemático como lo otro. En la medida en que hay situaciones de aislamiento o de separación más duras, se empiezan a dar estas ideas y representaciones de temor o resentimiento, y estas son las cuestiones que, si se empiezan a dar en la ciudad, pueden empezar a generar otros niveles de conflicto y violencia que, por ahora, en relación a lo que uno puede ver en otras ciudades del país, no estamos en los mismos niveles de violencia.